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Cuando la corte y el poder político se extendía a los conventos 

Patrimonio Nacional centra su mirada en las mujeres de la Casa de Austria para narrar cómo era la vida en los Monasterios Reales de La Encarnación y Las Descalzas, lugares de culto religioso pero también centros de poder.


Esta exposición es solo la parte visible de un proyecto mucho más ambicioso que implica no solo el estudio, sino también la restauración de gran parte de las piezas presentadas.

Cuando Juana de Austria enviudó de Juan de Portugal y regresó a Madrid, fundó el convento de las Descalzas Reales (1557). Allí la hija de Carlos V se retiró hasta su muerte, de manera esporádica, siempre y cuando sus obligaciones se lo permitían. Lo hizo sin renunciar a sus gustos culturales, como demuestra la galería de retratos familiares que consiguió reunir en el cenobio.

Años más tarde, su hermana mayor –la emperatriz María de Austria– hizo exactamente lo mismo: abandonó Viena al fallecer su esposo y volvió a la Corte madrileña junto a su hija Margarita para habitar el convento. El monasterio de Las Descalzas se convirtió así en morada de reinas e infantes durante los siglos XVI y XVII.

Lo que aquellas princesas, reinas y emperatrices hicieron allí y cómo siguieron ostentando parte del poder se cuenta ahora en la exposición del Palacio Real titulada La otra Corte. Mujeres de la Casa de Austria en los Monasterios Reales de Las Descalzas y la Encarnación, organizada en colaboración con la Fundación Banco Santander. No en vano, ambas fundaciones monásticas fueron punto de encuentro de la familia real, pero también de embajadores, nuncios y otros personajes de la corte. También en centro de conexión entre las distintas ramas de las cortes de los Habsburgo.

“Por primera vez, se ha organizado una muestra con piezas procedentes de dos monasterios que formaron parte esencial del programa ideológico de los Austrias”, considera Alfredo Pérez de Armiñán, presidente de Patrimonio Nacional. Un guiño al mundo femenino, concretamente dentro del ámbito religioso, que entronca con el concepto conocido como ‘Pietas Austríaca’.

Lo cierto es que esta exposición es solo la parte visible de un proyecto mucho más ambicioso que implica no solo el estudio, sino también la restauración de gran parte de las piezas presentadas. Además, lleva consigo el compromiso de una nueva forma de instalar ciertas obras en sus respectivos conventos, una vez regresen al hogar (previsiblemente en Semana Santa, según anunció Pérez de Armiñán).

El recorrido por las 11 salas supone, por tanto, un paseo cronológico por las diferentes mujeres que habitaron sendas fundaciones reales. Si bien se perciben algunos puntos temáticos sobre los que se ha querido incidir, como por ejemplo los relicarios conventuales, la escultura –sin duda merece un capítulo aparte– o la ceremonia de la muerte, que aquí se explica con los retratos yacentes de las religiosas fallecidas o el escenográfico túmulo funerario de la princesa Juana de Austria (tela bordada, corona y almohadón incluido).

Un total de 110 obras entre cálices, relicarios, tapices, pinturas y enconchados dan idea del inmenso poder político y artístico de dichos conventos. “La cantidad y variedad de las piezas hacía difícil la selección. Puede haber más de 6.000 objetos conservados y apenas se han escogido un centenar para la muestra”, explica el comisario Fernando Checa, quien ha tratado de buscar un equilibrio entre las obras más conocidas y aquellas que raramente se han expuesto, como es el caso de la colección de telas litúrgicas, que normalmente solo se ven durante determinadas ceremonias, o los relicarios (a menudo ocultos por la clausura de estos dos conventos).

Ese paseo por La otra Corte de la Casa de los Austria viene guiado de la mano de Francisco Bocanegra, autor del montaje, que consigue recrear el ambiente de recogimiento y silencio que se presupone en los cenobios. 

Una de las imágenes que mejor condensa el binomio de religión y poder vivido en aquellos años es el retrato de María de Austria realizado por Pantoja de la Cruz. En él, la emperatriz viste como una viuda y tiene el rosario en la mano, al tiempo que destaca poderosamente la presencia de una corona imperial llena de piedras preciosas (que ciñó entre 1553 y 1581 como consorte de Maximiliano II). Otro conjunto que hay que destacar es el referido a los tapices sobre El triunfo de la Eucaristía, una serie de 20 piezas hecha a partir de los cartones de Rubens que Isabel Clara Eugenia encargó entre 1625 y 1626 para Las Descalzas Reales.

Mención especial merece, como decíamos antes, la escultura; por la relevancia de las piezas presentadas, por la forma de exponerlas y por alguna nueva atribución. El Cristo atado a la columna y el cristo yacente, ambos de Gregorio Fernández, se han restaurado para la ocasión. Además, este último aparece junto a la pintura de Felipe Diricksen La Virgen María entre María Magdalena y san Juan Bautista, tal y como debió de estar originalmente en el Capítulo de La Encarnación.

Precisamente relacionados con este sepulcro aparecen dos tallas de enormes dimensiones que representan a San Agustín y Santa Mónica. Según explica Manuel Arias en el artículo que escribe para el catálogo, se pueden atribuir al propio Ordóñez, pues formarían parte del mismo conjunto.

La otra Corte. Mujeres de la Casa de Austria en los Monasterios Reales de Las Descalzas y La Encarnanción podrá visitarse hasta el 15 de marzo. Sol G. Moreno

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