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Las interacciones entre la cámara y la ciudad moderna en CaixaForum Madrid


Tras su paso por CaixaForum Barcelona llega a Madrid la exposición Cámara y ciudad. La vida urbana en la fotografía y el cine (ver reportaje en el número 46 de ARS Magazine) un ensayo visual en el que la historia de la fotografía y de la imagen en movimiento se entrecruzan con la historia política y social de las urbes en los últimos cien años. La muestra es fruto del acuerdo entre la Fundación «la Caixa» y el Centro Pompidou de París e incluye 259 obras de 81 artistas, entre fotografías, vídeos, películas y material documental, procedentes tanto del centro francés como de las principales colecciones españolas. Además la muestra incluye nuevas obras, respecto a la presentada en la Ciudad Condal, que recogen la experiencia de 15 creadores sobre la alteración de nuestra vida por la crisis del Covid-19, que está afectando a gran parte de la población mundial.


Ayer se presentó en CaixaForum Madrid la exposición Cámara y ciudad, comisariada por Florian Ebner, responsable del Departamento de Fotografía del Centro Pompidou, con el asesoramiento curatorial de Marta Dahó, que ha seleccionado las obras de colecciones españolas. En el acto estuvieron presentes Isabel Fuentes, directora del centro en Madrid e Ignasi Miró, responsable del Área de Cultura y Divulgación de la Fundación «la Caixa», quien señaló que esta muestra es un homenaje a las personas, que son los verdaderos protagonistas de la vida urbana y añadió que en el recorrido se pueden ver las conexiones entre las fotos y películas procedentes del Pompidou con el material procedente de colecciones españolas.

Florian Ebner desgranó los ámbitos en los que se articula la muestra y los ejes que la vertebran: diálogo de los fondos del Pompidou con las piezas de las colecciones españolas; una historia de la cultura urbana que ha forjado la modernidad y ver cómo ha evolucionado la historia social y política con todos sus anhelos y crisis; y cómo la mirada de los artistas ha ido cambiando durante más de un siglo. Por último, Marta Dahó ahondó en lo mencionado por Ebner y calificó de singular la experiencia de colgar obras de autores españoles con otros maestros internacionales porque permite un diálogo estético y temático.

El recorrido cronológico de esta magna muestra visual, que no es lineal, se inicia con una entrada que ya supone por parte de los comisarios toda una declaración de intenciones al situar la ciudad como escenario con esas dos fotografías de Paul Strand, un retrato y la célebre Mujer ciega (1916), que el fotógrafo norteamericano tomó con una cámara escondida porque esa imagen encarnó el concepto de fotografía directa y esas dos imágenes terminan interactuando con la película Manhatta, realizada por Strand y por el pintor Charles Sheeler en 1921, una cinta emblemática de ciudad, en este caso el elogio de la verticalidad en Nueva York.

Los diez ámbitos en los que se exhiben las 259 obras, abarcan sobre todo el período que va de 1910 a 2010, más el apéndice de 15 obras relacionadas con la crisis sanitaria actual producidas durante el confinamiento. Y en esa travesía visual encontramos algunos de los nombres más decisivos de la fotografía internacional como Moholy-Nagy, Paul Strand,  Cartier-Bresson, Brassaï, Robert Frank, Doisneau, Diane Arbus, Margaret Michaelis, André Kertész, Alexandre Roctxenko, William Klein, Germaine Krull o Lee Friedlander. Y junto a ellos algunos de los creadores españoles como Francesc Català-Roca, Leopoldo Pomés, Pilar Aymerich, Anna Malagrida, Agustí Centelles, Carlos Pérez de Rozas, Manel Armengol, Josep Brangulí, Joan Colom, Jorge Ribalta, Xavier Ribas o Francesc Torres.

La primera parte está dedicada a La ciudad vertical, que se corresponde con el final de la Primera Guerra Mundial y ahí podemos observar un fotocollage Edificio III de Mieczyslaw Berman; las estructuras mecánicas de la Torre Eiffel de Germaine Krull o de Jaroslav Rössler; una visión de picado de coches o las calles de Estocolmo de Moholy-Nagy; una deslumbrante foto de Kertész, París en verano, una tarde de tormenta; los fuegos artificiales, quizá Mónaco, captados por Krull; y esa antena de Radio Barcelona tomada por Gabriel Casas, entre otras imágenes. En esos años existía una gran euforia con respecto a la ciudad y una profunda fe en la modernidad, la tecnología y el progreso.

Los nuevos actores de la ciudad: de lo pintoresco a lo proletario se centra en momentos de crisis tras el colapso económico, período en el que convergen esperanzas y miedos vinculados a un sociedad en movimiento y es ahí donde los fotógrafos dirigen su mirada a las personas que viven en los márgenes o en los habitantes de la noche. En esta parte hay un notable conjunto de fotografías de Brassaï porque con su cámara crea un repertorio variado de vagabundos, de trabajadores manuales, de vagabundos en las calles y puentes de París o esa secuencia de 8 imágenes de un hombre muerto en la calle en un bulevar parisino; captar la multitud bajo la mirada de Pierre Boucher o varias imágenes de Ródtxenko con grupo de gimnastas o mujer subiendo una escalera con un niño en brazos.

Y ese conjunto de imágenes da paso a La ciudad militante: España en los años treinta, que no solo fue un laboratorio político sino también un motivo de inspiración para artistas como Henri Cartier-Bresson en dos imágenes tan potentes como esos  niños jugando en una calle desvencijada de Sevilla o dos trabajadores manuales en un pasadizo. Otros creadores europeos viajaron por España toda esa década para describir las tensiones sociales y realizar reportajes sobre la victoria del frente popular en las elecciones previas a la Guerra Civil. Y más tarde ya con la llegada de las brigadas internacionales para luchar contra el fascismo en una guerra que acabaría por convertirse en la más mediática hasta la fecha. Esas imágenes y otras tomadas por fotógrafos españoles de la época como Pere Català Pic, Agustí Centelles,  Gabriel Casas y Pérez de Rozas. Y resulta muy interesante contemplar los ejemplares de la revista francesa Regards en las vitrinas que las contienen, junto a postales y álbumes que sirvieron de propaganda para dejar huella de cómo se vivía la guerra en las ciudades.

El cuarto ámbito se dedica a la ciudad humanista y existencialista. Es un período de reconciliación después de la Segunda Guerra Mundial. París se convirtió en la capital de la llamada fotografía humanista, el lugar de encuentro con el otro, de reconciliación con la vida después de las experiencias de la guerra. Y en ese espacio caben las fotos de los escupidores de fuego de Izis, la primera nevada en el jardín de Luxemburgo de Boubat, la fiesta nacional francesa de 1945, captada por Doisneau o la alegría de la juventud plasmada por el autor de El beso, las fotos de William Klein o una película de Helen Levitt. Y junto a ellos las instantáneas de Catalá-Roca, de Leopoldo Pomés y una película sensual de Joan Colom, entre otros. Sin dejar de mencionar la subjetividad de Robert Frank y Lee Friedlander que fijan su atención en el lugar que ocupa el individuo en la ciudad moderna.

Y de esa mirada existencialista pasamos a otra más crítica con la situación social. En ese espacio cuelgan las instantáneas de vagabundos tomadas por Izis; el repertorio de mujeres de la fotógrafa austriaca Lisette Model en Nueva York o ese banquero de Wall Street; las tipologías de Diane Arbus con su pareja de adolecentes o esa mujer con máscara en silla de ruedas; y una película de Peter Emanuel Goldman, que revela una siniestra «sinfonía de la ciudad» que ya nada tiene en común con la euforia de los «felices años veinte».

De la crítica se pasó a la rebeldía y en ese momento los fotógrafos de Magnum supieron crear una iconografía de la ciudad en revuelta. Las protestas contra la guerra del Vietnam, el Mayo del 68, la invasión de Hungría por las tropas soviéticas y más tarde las luchas en las calles contra el régimen de Franco, antes y después de su muerte, fueron captados por fotógrafos internacionales y españoles. Con buenas imágenes de Marc Riboud, las de Gilles Caron en las calles parisinas durante mayo del 68, pero también la euforia con la liberación de París de Robert Capa, las manifestaciones en España en 1976 de Manel Armengol o esas fotografías de una ciudad abierta como Barcelona a finales de los años 70 reivindicando el orgullo gay y denunciando la violación y el maltrato.

La ciudad siempre ha sido un escenario y en esa puesta hay una delgada línea entre la instantánea, el tableau vivant y el retrato, jugando así con los géneros y creando imágenes de gran intensidad. Este nuevo enfoque puede entenderse como la liberación del naturalismo fotográfico y la dictadura de una autenticidad que nunca ha existido en su forma más pura. Llaman la atención las seis imágenes de Barbara Probst, tomadas desde distintos ángulos de personas transitando por la Estación Central de Nueva York, alternando blanco y negro color; dos de Philippe Lorca diCorcia en Barcelona y Nueva York y las tres imágenes de Valerie Jouvé.

El octavo ámbito se dedica a la ciudad horizontal, que recoge una nueva percepción de la ciudad por su ampliación al extrarradio y las zonas semiurbanas. Los fotógrafos se interesan por los no-lugares y captan cómo se empiezan a demoler barrios enteros para que los arquitectos asuman nuevos retos que este tipo de ciudad requiere, teniendo en cuenta el fenómeno de la inmigración que pasa a formar parte de la población urbana. Resultan elocuentes los testimonios gráficos de Martí Llorens cuando capta el derribo de un edificio ferroviario en la Barcelona preolímpica; la demolición de algún inmueble de Manolo Laguillo y la fotografía de Patrick Faigenbaum del mercado ambulante del Besós.

A diferencia de la euforia de los años veinte, cuando las metrópolis verticales no dejaban de crecer en altura, durante la segunda mitad del siglo xx la percepción de la ciudad cambia, y pasa a caracterizarse por su extensión horizontal, por el extrarradio y por las zonas semiurbanas, a excepción de Berlín, que muestra en su centro vacío las cicatrices de la guerra y la huella de una ciudad dividida. A partir de ese momento, la periferia de la ciudad cobra importancia como centro de atención de los fotógrafos que se interesan por los «no-lugares» de la sociedad moderna. La cuestión de la deconstrucción y el retrodesarrollo de una ciudad se convierte en un nuevo reto para los arquitectos. El fracaso de las utopías urbanas y sociales imaginadas en los años sesenta y setenta se hace palpable con la demolición de barrios enteros. La inmigración, concentrada en la periferia de las ciudades, pasa a ser una parte integral de su población urbana, a la que contribuye con su cultura popular, su pobreza y sus riquezas como recursos vitales.

La ciudad desde hace varias décadas también ha suscitado un marco de reflexión sobre cómo queremos negociar ese espacio público. Y en esta reflexión ocupan un lugar muy destacado el fotógrafo y el cineasta artista porque quieren explorar la organización política de la ciudad, cómo reflejar las actividades culturales y la expresión de lo popular hasta definir una cartografía de la memoria colectiva y la relación de ese presente con su pasado. Fotos de Francesc Torres de 1973; piezas de Thomas Hisrhhorn; esenas de un festival captado por Jorge Ribalta o esa secuencia de Paul Graham en San Francisco.

Y junto a este espacio un apéndice muy oportuno: Límites Comunes, que recoge las reflexiones actuales de algunos artistas que han querido compartir sus experiencias en torno a la alteración de la vida cotidiana en la ciudad, debido al Covid-19. Se invitó a varios creadores y quince de ellos decidieron pensar cómo han sentido el confinamiento en la ciudad. Son visiones muy plurales pero la visión de conjunto enriquece la exposición.

Algunas de las propuestas ( Bruno Serrallongue y Tino Calabuig)están dentro de otros ámbitos pero la mayoría pueden verse en una pequeña sala de la mano de artistas como Francesc Torres, Pilar Aymerich, Viktoria Binschtok, Barbara Probst, Mishka Henner, Valérie Jouve, Anna Malagrida y Mathieu Pernot, Manolo Laguillo, Hannah Collins, Martí Llorens, Jorge Ribalta y Xavier Ribas.

Y por último la ciudad global y virtual de las dos últimas décadas del siglo XXI, donde la ciudad física y la virtual coexiste. Las vistas que las grandes tecnológicas nos ofrecen, a veces en tiempo real, suponen una nueva perspectiva, y a veces las periferias del mundo resultan de gran interés para la mirada de los artistas. Y aquí vemos algunas imágenes de Xavier Ribas, con esa serie de detalles de los umbrales de puertas y acceso; la vista de pájaro de Mishka Henner o las historias verdaderas de Hannah Collins con esa magnifica luz de los tejados y azoteas con antenas de una gran ciudad. Julián H. Miranda

  • Hasta el 12 de octubre
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