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La innovación constante de Calder en el Centro Botín


En 2019 no se celebra ninguna efemérides de Alexander Calder (Lawnton, Pensilvania, 1898-Nueva York, 1976), uno de los mayores escultores del siglo XX. Sin embargo van a coincidir en el tiempo la exposición Calder Stories en el Centro Botín de Santander, con otra donde sus obras dialogan con otro genio del siglo pasado, Picasso, que actualmente se exhibe en el Museo Picasso de París y que en otoño viajará al Museo Picasso Málaga. Dos percepciones, una en solitario y otra en contexto,  de un creador único e innovador que nació en el seno de una familia de artistas, de formación más bien clásica, pero que supo incorporar a ese conocimiento humanista su destreza como ingeniero hasta desarrollar un nuevo método escultórico.

La exposición que se inauguró ayer en Santander, cuenta con el comisariado de Hans Ulrich Obrist, director artístico de las Serpentine Galleries de Londres, y está organizada en colaboración con la Fundación Calder de Nueva York. Es una muestra, cuyo concepto es inédito, que abarca desde la década de los años 30 y hasta 1976, año de su muerte,, ya que no solo reúne cerca de 90 piezas, entre esculturas, maquetas y dibujos, sino porque va a permitir conocer historias apasionantes, algunas desconocidas, sobre proyectos realizados y otros no realizados.

El diseño expositivo ha sido realizado por el italino Renzo Piano, Premio Pritzker en 1998 y uno de los mejores arquitectos de museos como ha vuelto a demostrar con el Centro Botín de Santander, como ya lo hiciera en el Centro Pompidou-junto a Richard Rogers- o con la Fundación Beyeler de Basilea, entre otros centros culturales. Ahora vuelve a colaborar con la Fundación Botín con un montaje limpio, deslumbrante, en la segunda planta del museo con casi todas las piezas expuestas, menos los dibujos y recreaciones digitales de algunos de ellos. La muestra, que permanecerá abierta desde el 29 de junio al 3 de noviembre, ha contado con la colaboración de Viesgo.

En la presentación a los medios que tendrá lugar mañana y junto al comisario estarán presentes Fátima Sánchez, directora del Centro Botín, afirmó que para conmemorar el segundo aniversario no había mejor modo de hacerlo que inaugurando esta exposición del Calder  y resaltó la gran respuesta del público de Cantabria a la oferta cultural del Centro Botín y sobre todo la apertura a la sociedad al no dejar a nadie indiferente. Por su parte, Miguel Antoñanzas, presidente de Viesgo, empresa que ha patrocinado la muestra, subrayó que apoyan desde hace años a la Fundación Botín porque comparten con ella valores de liderazgo, innovación, excelencia y responsabilidad.

Alexander Rower, nieto del escultor norteamericano y presidente de la Fundación Calder, dijo que esta no es una exposición lineal, sino que se articula por temas y continuó argumentando que sus primeros trabajos tienen que ver con la intimidad, «el cuerpo del espectador debe estar cerca del trabajo de Calder» porque él seguía un proceso creativo intuitivo. Resaltó que muchas veces no trabajaba en su estudio sino en la calle cuando viajaba como cuando recorrió Líbano o Beirut:»alguna de esas esculturas se exponían al aire libre y estaban en conexión con la naturaleza».  Y reveló que, aunque Calder conoció a muchos artistas y personas en su periplo viajero, «solo consideraba amigo al que hubiera cenado al menos diez veces con él».

El concepto parte de un trabajo de investigación de Hans Ulrich Obrist, que en la década de los 90 comenzó a reunir información sobre proyectos no realizados en el arte contemporáneo y aunque no le dio tiempo a comentar con Calder sobre lo no realizado en la historia del arte. La exhibición dedicada a Calder con este enfoque es la primera vez que se hace.  La mayor parte de las piezas seleccionadas proceden de la Fundación Calder de Nueva York, pero también de museos europeos como el Kröller-Müller de Holanda o el Kunstmuseum de Berna, españoles como el IVAM, o norteamericanos como el Wadsworth Atheneum Museum de Hartford, el Whitney, así como de colecciones particulares.

El comisario reflexionó sobre el mantra de que la globalización lo homogeneiza todo y expresó que Calder hace varias décadas dijo que «hacía falta un diálogo global que tuviera en cuenta lo local».  Sobre las influencias dijo que para Calder la figura de Piet Mondriaan fue relevante, pero también su relación con artistas españoles, sobre todo Picasso y Miró. Y también resaltó que aunque muchos de los proyectos no vieron la luz, algo difícil cuando han fallecido, lo importante es al ver estas obras cómo Calder estimula la imaginación con un universo tan particular.

Una de las cosas que llama la atención en una de las salas, además de sus conocidos mobiles y stabiles en la sala central, quizá sean ese conjunto de dibujos que permiten rastrear sobre el proceso de trabajo intuitivo y posterior evolución de Calder, junto a una serie de recreaciones digitales que entran y salen del marco de juego plástico.

Resulta muy interesante saber que Calder colaboró con arquitectos, coreógrafos, compositores de su tiempo y con otros escultores y pintores, lo que da la medida de la exploración constante en torno al vacío y al espacio, desde una óptica multidisciplinar.

El recorrido propuesto se articula en ocho ámbitos: Activate plans, Bronx 200, Maquetees for Percival Goodman, Concrete monuments, Eastern Promises, For the Staircase, One Chase Manhattan Plaza, Expanded Canvas y Final Chapter. Y sigue siempre un criterio temático y más o menos cronológico. Desde esas construcciones en madera y plancha metálica, junto a dibujos en gouache y ceras de los años 30 hasta las últimas maquetas y esculturas de los años 70 que confirman una creatividad que se mantuvo hasta el final de sus días. Hay un juego de escalas en las esculturas de Calder que resulta emotivo para el espectador

Y entre los proyectos no realizados hay una serie de seis pequeñas maquetas creadas por Calder en 1939 para acompañar la propuesta de Percival Goodman que posteriormente servirían para colocarse en la prevista construcción de la Galería Smithsonian en Washington, D.C, que nunca llegó a levantarse, pero que resulta muy esclarecedor de su modo de elaborar sus propuestas, ligeras y a la vez tan poéticas; o las dos docenas de bronces de 1944, que fueron forjados por sugerencia de Wallace K. Harrison para un edificio de estilo racionalista, que debían haberse construido en hormigón con una altura de entre nueve y doce metros, aunque tampoco se materializaron.

Entre sus colaboraciones de artes escénicas  se exhiben bocetos preparatorios de los años 30 y 40, donde Calder se inclinó por coreografías abstractas, que él denominó “objetos-ballet”, al incluir escenografías para una ballet con música de Harrison Kerr.

A lo largo de su trayectoria este escultor, que supo representar el no espacio al sustraer volumen, recibió numerosos encargos  para mecenas norteamericanos, europeos y de otras partes del mundo. En Calder Stories se pueden admirar varias de estas piezas: Untitled (1954), creada para la oficina de venta de billetes de Middle East Airlines en la capital del Líbano, Beirut; en Escutcheon, del mismo año, y también elaborada en Beirut; y otras tres, realizadas once años más tarde: Guava, Franji Pani y Red Stalk, durante un viaje que hizo a India, a petición de Gira Sarabhai, y que tienen toda la magia oriental porque Calder sabía recoger lo importante del mundo local y transformarlo. Muchas de estas obras fueron creadas en diferentes viajes por numerosos países.

Su originalidad fluye tanto en los dibujos como en su método escultórico, a base de doblar y retorcer alambre hasta llegar a «dibujar» figuras tridimensionales en el espacio. Se le reconoce la invención del mobile, cuyos elementos abstractos están suspendidos en el aire y al moverse se equilibran en una armonía cambiante. Dicho término fue acuñado por Marcel Duchamp en 1931 y hace alusión a «movimiento» y «motivo» en francés. Asimismo, Calder creó Stabiles, que son obras abstractas estacionarios como las que hacía el artista franco-alemán Jean Arp.

Calder llegó a tener una relación cercana y de admiración con varios creadores españoles, desde Julio González a Pablo Picasso y Joan Miró, por las afinidades y diferencias plásticas que tenía con ellos. Quizá esa gravedad y a la vez ligereza en las formas de Calder constituyeron un momento álgido en la escultura contemporánea durante más de cinco décadas, desde los años 30 hasta los 70 del pasado siglo, al ser capaz de desafiar con gran curiosidad los límites dimensionales. Julián H. Miranda

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