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Calder y Picasso, ahora en París y luego en Málaga


Recientemente he tenido la suerte de admirar en el Museo Picasso de París la exposición Calder-Picasso, que estará abierta hasta el 25 de agosto y que luego se podrá ver a comienzos del otoño en el Museo Picasso Málaga. Coproducida por los dos museos Picasso, París y Málaga, la muestra está organizada en colaboración con la Fundación Calder de Nueva York y la Fundación Almine y Bernard Ruiz Picasso (FABA) y gira en torno al diálogo creativo de dos de los maestros modernos del siglo XX como lo fueron Alexander Calder (1898-1976) y Pablo Picasso (1881-1973), que fueron decisivos en la revolución radical que tuvo la escultura de la Edad del Hierro del siglo pasado, junto a otros forjadores de formas como Julio González, David Smith y Giacometti, entre otros.

La relación de Calder con España y su amistad con tres de nuestros grandes artistas: Picasso, Julio González y Miró, dio lugar a una relación fructífera con muchos de ellos. Recuerdo ahora tres exposiciones que tuvieron en mayor o menor medida esa conversación como la del Guggenheim de Nueva York en 1993, comisariada por Carmen Giménez, Picasso y la Edad del Hierro, donde Picasso era el eje central pero donde su figura se completaba con obras de Julio González, David Smith, Giacometti y sobre todo Calder, autor que diez años después alcanzó en el Guggenheim de Bilbao tuvo uno de los montajes más elegantes en el edificio de Frank Gehry con Calder, la gravedad y la gracia, en esa mirada al mundo abstracto del artista norteamericano; y también la muestra de la Fundación Joan Miró de Barcelona en 1997, que exploró la huella e interrelación de Calder y Miró.

Ahora con el comisariado conjunto del nieto de Calder, Alexander S.C.Rower; de Bernard Ruiz-Picasso, nieto del genio malagueño; de Claire Garnier y Emilia Philippot, del Museo national Picasso-París; y de José Lebrero, director artístico del Museo Picasso Málaga, esta ambiciosa exposición dividida en doce secciones reúne más de un centenar de piezas, entre esculturas y pinturas, que exploran las diferentes conexiones estéticas sobre el vacío y la forma.

La muestra en París se divide entre la planta baja y el primer piso del Hôtel Solé, y en el proyecto se revela la curiosidad de Calder al invocar las fuerzas invisibles que exceden los límites de la naturaleza, mientras que Picasso es mucho más íntimo y muchas veces tiende a eliminar los límites entre el autor y el tema. La primera sala tiene como título el de la exposición y en ese espacio se recoge la maqueta que hizo Picasso para la construcción de un monumento a la memoria de Apollinaire, realizada diez años después de la muerte del poeta en 1918, mientras que de Calder se exhibe uno de sus mobiles, esas esculturas en movimiento que supusieron una transformación hacia lo nuevo, a comienzos de los años 30.

Y desde ese punto, los dos se lanzan a Capturar el vacío porque ambos se conocieron en 1931 durante una exposición de Calder en la Galería Percier de París, con una serie de piezas no objetivas, que descubren la radicalidad de su propuesta, visible en Croisière y Spherique I, obras que atrajeron la atención del artista malagueño. La facilidad y precocidad de ambos están presentes en Dibujar el espacio, un lugar donde puede verse cómo Calder a finales de los años 20 dibujaba con hilo de hierro su particular homenaje a Josephine Baker, en tono figurativo, que conecta con los dibujos que Picasso hizo sobre papel en sinuosas construcciones lineales.

En el vacío y lo lleno hay modelados de Picasso, que evocan figuras femeninas realizados en el castillo de Boisgeloup como Femme au fauteuil y Tête de femme, en una época en la que estaba acompañado por Marie-Thérèse Walter, antes de llegar a En suspensión con esa pintura de Calder, Panel Rojo, 1936, que explora el concepto bidimensional, junto a constelaciones de los años 30 y 40, un nuevo modo de esculpir en los que usó madera, hilo de hierro y pintura. Son piezas delicadas, abiertas, de gran audacia.

En Esculpir el vacío llaman la atención por su fuerza un par de obras de Picasso: Cabeza de toro, esculpida en la primavera de 1942, en la que ensambla un sillín de bicicleta con un manillar, en homenaje a Julio González, todo con una gran simplicidad en las formas; y Femme dans un fauteuil, óleo pintado en 1947, con esa mujer sentada de formas simples cuando ya estaba con Françoise Gilot.

El recorrido continúa en el primer piso con En el taller, con esa pintura de Picasso que reproduce la Californie en 1956, que contrasta con el misterio que desprende el óleo de Calder, My shop, que reproduce el estudio que tenía en Connecticut, con ese aire de non finito y de apertura, revelando una gran energía potencial. Para luego pasar a Vanitas, donde podemos contemplar un óleo de Picasso del mismo título de 1946 con ese cráneo deformado, que tiene forma de cubo, o sus esculturas en bronce de los años 50 con el tema de los bañistas, que fueron creadas para la película de François Cluzot, El misterio Picasso, que tienden a formas sencillas.

En hacer y deshacer, late la simplificación del dibujo de Picasso en la litografía El toro, a finales de 1945, junto a Digitales escarlatas de Calder, una escultura ligera que exalta los lugares sin ocuparlos, en una metáfora de la ausencia. La gravedad y la gracia está bien reflejada en Petite fille sautant à la corde, 1950, de Picasso, una escultura que parece formar parte de la vida doméstica y que desprende cierta magia y espiritualidad; sorprende si la comparamos con esos tres bronces de Calder: Sur un genou, Tightrope Worker y Dancer, todos de 1944, que fueron concebidos como maquetas para realizar posteriormente monumentos gigantes en un espacio público.

En las dos últimas estancias de la muestra: Cortar y doblar, con esa tensión entre la forma y el fondo en Le Valentin de Louisa, pieza de Calder de 1955 y Toile d’araignée matinale, 1967, donde el norteamericano investigará con los materiales, antes de concluir con Gran velocidad, en la que los dos artistas siguieron innovando al final de sus carreras plásticas que quizá pueda resumirse en una cita de André Malraux rotulada en la sala, procedente de  su libro publicado en 1974, La Tête d’obsidienne: “Hay un momento, en la vida, cuando se trabaja mucho, las formas vienen solas, las pinturas vienen solas, no hay que ocuparse! Todo viene solo. La muerte también”. Celebremos la exposición y disfrutemos de estos dos creadores que tanto han influido en la plástica del siglo XX y XXI. Julián H. Miranda

Hasta el 25 de agosto en el Museo National Picasso-Paris

Del 23 de septiembre al 2 de febrero en el Museo Picasso Málaga

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