El apasionante viaje por España de cuatro artistas del siglo XIX
Viajeras Bostonianas es un volumen que recupera las vivencias e impresiones de Anna Parker Dixwell junto a Lizzie Boott, Anna Cabot y Lucy Washburn durante su recorrido por ciudades de la Península.
Hija del presidente del Massachussets Bank, Anna Parker Dixwell nació en 1847 en el seno de una familia acomodada de Boston, donde se formó como artista. Según se indica en el extenso prólogo del libro editado por Siruela, que detalla las biografías de su círculo más cercano, los datos sobre su vida personal son escasos. Su temprana muerte a los 38 años tampoco contribuyó al conocimiento posterior de sus pinturas.
Por eso cuando Cristina Doménech y Cristina Morales –coeditoras– descubrieron un manuscrito suyo relegado en el archivo de un pueblo del estado de Nueva York, enseguida reconocieron su potencial. Estaba firmado por la propia Dixwell y en él se registraba mucho más que un viaje; la autora había completado un diario con todo tipo de recuerdos, desde entradas al teatro, billetes de tranvía o plantas secas que coleccionó.
En este scrapbook, la autora plasmó sus experiencias durante dos estimulantes estancias en España. Su primer viaje comienza el 16 de septiembre de 1880, al que fue acompañada por la también pintora Anna Cabot Putnam y el hermano de esta (profesor en Harvard).
Regresaría durante la primavera del año siguiente. Esa segunda vez, visita Córdoba junto a Lucy Washburn y la conocida pintora Lizzie Boott, además de Granada, Madrid y Burgos, entre otras ciudades.
Desde los primeros días en la Península, ya podemos vislumbrar el carácter de una mujer audaz, que decide con soltura y resuelve los embrollos que surgen con una determinación sorprendente para lo que se espera de una joven refinada de la época. En el diario, ella misma parece jactarse de su autosuficiencia, relatando con una mezcla de ironía y exageración las escenas que protagoniza.
Si bien describe muchos rostros y lugares como pintorescos y extraños –fruto del choque ante lo diferente–, Dixwell desatiende desde el comienzo prejuicios sobre un país que desconoce. De esa actitud resulta un testimonio único; pues en los textos de época, en los que late la mentalidad imperialista, España era concebida como un destino descartable.
Ella, por el contrario, aprovecha toda ocasión posible para sumergirse en sus costumbres. Pronto viste la mantilla típica, toma baños en las playas de Valencia y deja secarse por las amables sábanas que le ofrecen. Acude con curiosidad a corridas de toros, prueba las frutas típicas e incluso decide estudiar castellano.
Si existe una constante a lo largo de sus apuntes, es la singular capacidad de Dixwell para deleitarse ante la belleza en todas sus formas. Casi a diario anota su fascinación por los monumentos, los paisajes y las pinturas que tiene oportunidad de descubrir.
Apenas recién llegada, escribe mientras va rumbo a Barcelona: “Continuamos nuestro viaje con las grandiosas vistas de las montañas emergiendo desde el mar, con la lejana cinta azul y verde del Mediterráneo a un lado y abruptas montañas vestidas de aloes y cactus al otro”.
Pocos días más tarde, se rinde ante la Alhambra bajo la luz de la luna. “En silencio solemne, estuvimos admirando lo que, para mí, es la obra más bella creada por el hombre. No la describiré, no creo que pueda encontrar las palabras”.
Pero su estancia no se reduce al disfrute contemplativo ni al turismo ocioso. “Venían a divertirse, sí, pero sobre todo a trabajar. Miraban, pintaban y luego exponían esas obras en Boston”, explica Domenech, una de las coeditoras del libro.
La artista del siglo XIX se pronuncia también sobre cuestiones políticas, dirige críticas –de la ocupación británica de Gibraltar, por ejemplo, dice “nunca me he sentido más en prisión que en este lugar”–, compara las maneras franceses y españoles, o ensalza cuadros de Ribera o Velázquez que tuvo el privilegio de copiar.
Aunque el manuscrito parecía destinado a su madre y por tanto pretendería ser un registro del día a día, su contenido desborda esa intención. “El diario trasciende lo íntimo para llegar a temas públicos reservados a los hombres en ese momento”, señala Cristina Morales. Y es en esta clase de peculiaridades donde reside el valor del texto. En la personalidad de una mujer romántica y entusiasta, que piensa por sí sola y actúa con plena independencia.
Además de su valor histórico, Viajeras Bostonianas ofrece también al lector español la oportunidad de distanciarse de ese ángulo muerto que es a veces la proximidad. De renovar su mirada frente a la cultura que le rodea, de contagiarse de la capacidad de asombro que traslucen sus 215 páginas.


