Adiós a Kusama y sus lunares de colores
Fallece a los 97 años la reina de los puntos, la activista performer reconvertida en artista fetiche de las grandes marcas de lujo que hizo de su obsesión compulsiva el mejor patrón para sus creaciones. La autora japonesa, que sobrevivió al horror de la Segunda Guerra Mundial, convivió con sus alucinaciones y se recluyó por voluntad propia en un hospital psiquiátrico, conquistó el mercado internacional con sus propuestas frescas, originales y vanguardistas.
Se nos fue la reina de los lunares. La artista obsesiva, singular e infatigable que creaba sin cesar, casi de forma automática, por pura supervivencia. Incluso en sus últimos momentos, ya nonagenaria, siguió creando “sin apartar nunca el pincel”, explican en el comunicado lanzado desde su estudio, donde anuncian el fallecimiento de la autora, sucedida el 14 de agosto.
En pocas ocasiones el arte sirvió tanto de terapia como en su caso, pues encontró en el taller el mejor refugio para acallar sus demonios depresivos y sus delirios, agudizados por una adolescencia traumática en la que tuvo que trabajar fabricando paracaídas para el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
Nacida en Matsumoto en 1929, Yayoi Kusama tuvo una infancia difícil. No solo por la guerra, sino porque desde niña tuvo alucinaciones que la convirtieron en un bicho raro y la recluyeron en un mundo interior alejado de la realidad.
Se crió en el vivero de plantas de su familia y cuando anunció a sus padres que quería ser pintora, se encontró con la oposición frontal de su padre. Tenía diez años y una ilusión desbordante, en ocasiones mitigada por las veces que su madre cogía sus trabajos y los rompía.
Pero siguió adelante con su sueño y con una determinación bien clara: “Quiero ser el número uno, superar a Picasso y Warhol”, dijo en una ocasión a un galerista sin ningún atisbo de vergüenza. Y vaya si lo consiguió. Sus coloridos lunares y calabazas –que por cierto resignifica en sus obras, pues tradicionalmente esta fruta se asocia en la cultura japonesa con la fealdad o la tosquedad– se multiplicaron por todos los museos y coparon las subastas más exclusivas del mercado del arte. ¡Si hasta las marcas de lujo se pegaban por ella, ya en pleno siglo XXI! Aunque el camino hasta la cima no fue fácil. Antes de que su carrera despegase internacionalmente con la exposición Love forever en el MoMA de Nueva York, en 1998, y desatase la ‘kusamamanía’ que llegó después, tuvo que escuchar muchas críticas, ataques e insultos.
La menos ofensiva decía que era una “artista peligrosa”. Así la calificaba Japón por sus excentricidades y sus provocadoras performances de ella paseándose desnuda por Nueva York en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando los movimientos más radicales, vanguardistas y antibelicistas había que buscarlos en la Gran Manzana.
Tras su regresó a Japón en 1973, se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico. Pocas personas saben admitir sus propias debilidades humanas, pero Kusama supo que su futuro pasaba por el orden, el control diario y la repetición de actos cotidianos, por eso se dedicó a hacer lo que mejor le sentaba a su mente: puntos y lunares. Por todas partes y a todas horas. De forma rítmica y obsesiva.
En el sanatorio estableció su primer estudio, con una mesa y una silla colocadas en medio de un pasillo, cuenta Takako Matsumoto en el artículo publicado en el número 15 de ARS Magazine. Hasta que su fama alcanzó cotas internacionales y tuvo que ampliar su zona de trabajo. Entonces comenzó a colaborar con asistentes, que además le servían de nexo entre el mundo exterior y su peculiar mundo interior, llegando a ocupar un edificio de nada menos que tres plantas. “Un castillo construido con los recursos de una mujer”, ironizaba la propia artista.
A lo largo de sus siete décadas de trayectoria experimentó con el cine, la fotografía, la performance y el dibujo. Y de las pinturas pasó al mundo tridimensional. Entonces sus lunares se convirtieron en esferas interconectadas por redes que se expandían rítmicamente, creando espacios inmersivos con los que mostrar, aunque solo sea por un minuto –no te dejan más tiempo a solas en su instalación Infinity Mirror Room, Let’s survive forever en la Galería de Arte de Ontario, la última obra suya que he visitado este verano– experimentar el mundo a través de sus ojos. Ella ya no volverá a lucir su peluca naranja, pero sus lunares de colores sobrevivirán para siempre. Sol G. Moreno


