Jaime el Conquistador sale del Prado para celebrar su aniversario en Valencia
En 2026 se cumplen 750 años de la muerte del rey Jaime I en Alzira y ha trascendido que el Museo del Prado prestará, de manera excepcional, el cuadro Últimos momentos del rey Jaime el Conquistador, en el acto de entregar su espada a su hijo don Pedro de Ignacio Pinazo al Museo de Bellas Artes.
Abandona el Prado para regresar al antiguo Reino de Valencia. Jaime I (1208-1276) vuelve a la ciudad para celebrar una efeméride de especial relevancia: el 750 aniversario de su muerte. Es la segunda vez que visita estas tierras en lo que va de milenio, pues ya en 2016 hizo su primera aparición estelar, acompañando al artista Ignacio Pinazo Camarlench cuando se cumplían 100 años de su desaparición.
Una década después de aquello, la tela histórica más famosa del pintor sale nuevamente de su hogar para alojarse en el Museo de Bellas Artes de Valencia, esta vez por derecho propio. El monarca falleció el 27 de julio de 1276, una fecha que marcó el final de una figura capital en la configuración política y cultural de la Corona de Aragón, que se extendió hasta los reinos de Valencia y Mallorca.
Precisamente por la importancia que este personaje tuvo en la ciudad del Turia, esta se ha propuesto recuperarlo con una serie de actividades que potencien su recuerdo. Y uno de los hitos será el préstamo por parte de Madrid del imponente lienzo Últimos momentos del rey Jaime el Conquistador, en el acto de entregar su espada a su hijo don Pedro.
La obra representa un momento fundamental para la ciudad donde el monarca pasó sus últimos días. El preciso instante en que hace entrega de la espada a su hijo Pedro. Un cuadro que a partir de octubre llegará a las salas del centro valenciano durante un periodo que se extenderá hasta enero del 2027, en lo que será una oportunidad extraordinaria para admirar la pintura, que habitualmente no se expone al público.
Pinazo Camarlench la pintó en 1881, cuando aún estaba formándose en Italia. Reproduce de manera intimista los últimos momentos del personaje, retratado con una humanidad que le aleja de la habitual grandilocuencia de este tipo de episodios: no olvidemos que ese padre e hijo despidiéndose encarnan la continuidad dinástica a través de la cesión del testigo de un rey moribundo al siguiente.
Ese emocional enfoque resulta coherente con la evolución del artista, que viró desde las formas plenamente históricas hacia una pintura más naturalista, con una ejecución más libre, acorde con los cambios estéticos de fin de siglo. Prueba de ello son la cantidad de actitudes de los caballeros y canónicos presentes, el detallismo de la alfombra con motivos geométricos o la forma en que modela los cuerpos con la luz, que además dirige nuestra mirada hacia esa espada que está a punto de cambiar de manos.
Lo cierto es que esta es la segunda versión que el artista hizo del cuadro, cuyo destino sería la Exposición Nacional de 1881 y por la que ganaría la segunda medalla. Anteriormente había concebido hasta una veintena de bocetos, entre pequeños óleos y dibujos, además de otra composición de menores dimensiones a las del Prado, actualmente en la Diputación Provincial de Valencia.
Ignacio Pinazo Camarlench (1849-1916) fue uno de los artistas locales de mayor peso de su época. Su trayectoria encarna perfectamente la transformación que sufrió la pintura española entre el academicismo heredado del siglo XVIII y la modernidad que derivaría en los movimientos de vanguardia.
Se formó en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, donde destacó por sus aptitudes en el dibujo. Entre 1873 y 1881 estuvo en Roma, ciudad en la que descubrió el Renacimiento y Barroco italianos que le permitieron ampliar su lenguaje plástico. Este cuadro histórico de Jaime I pertenece precisamente a esa época tan fructífera.


