Felix Gonzalez-Torres: la política de la fragilidad
El Museo Reina Sofía dedica por fin una gran retrospectiva en Madrid a Felix Gonzalez-Torres, figura esencial del arte contemporáneo de los noventa. La muestra reúne más de 50 obras en un recorrido donde se funden lo íntimo y lo político, el duelo y la belleza.
Madrid fue, para Felix Gonzalez-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957 – Miami, 1996), un territorio emocionalmente ambiguo: la ciudad a la que llegó en 1971, siendo apenas un adolescente exiliado de Cuba, y a la que regresó dos décadas después, convertido ya en uno de los artistas fundamentales de la escena neoyorquina.
De aquel retorno nace el título de la exposición, la expresión sweet revenge, utilizada por el propio artista con respecto a su regreso a la capital española. Comisariada por Alejandro Cesarco y Nancy Spector, la muestra funciona menos como una retrospectiva cronológica al uso que como una constelación de temas –la pérdida, el deseo, la memoria, el sida, el desplazamiento o la identidad–, que son los que atraviesan toda su producción.
El recorrido se despliega en diez salas con más de 50 piezas que combinan instalaciones, esculturas, fotografías, montajes lumínicos y sus célebres acumulaciones de caramelos o pilas de papel, concebidas para que el público intervenga activamente en ellas. La exposición se abre con Untitled (Revenge) (1991), el derrame de caramelos azul translúcido que Gonzalez-Torres presentó precisamente en Madrid durante su regreso a la ciudad. A partir de ahí, aparecen obras fundamentales como Untitled (Public Opinion) o Untitled (Madrid 1971), un puzle fotográfico donde el artista revisita fragmentariamente la memoria del exilio.
El montaje alterna espacios de gran contención minimalista con otros de fuerte carga afectiva, haciendo visible cómo el autor desplazó el lenguaje del minimalismo y el arte conceptual hacia una dimensión profundamente humana y vulnerable.
La muestra recuerda hasta qué punto estuvo ligado el artista al contexto político y social de los años ochenta y noventa, especialmente a la crisis del sida en Estados Unidos y al auge del conservadurismo durante la era Reagan.
Gonzalez-Torres, artista queer reacio a las etiquetas identitarias, convirtió la fragilidad en una forma de resistencia estética.
Sus instalaciones mutables –bombillas que se funden, caramelos que desaparecen, cortinas que el visitante cruza– rechazan la idea de la obra cerrada y permanente. Todo puede agotarse, transformarse o reconstruirse; la pieza existe precisamente en ese estado de vulnerabilidad compartida.




