La Colección Casacuberta Marsans incorpora un ‘Cristo en la cruz’ de El Greco

La Colección Casacuberta Marsans incorpora un ‘Cristo en la cruz’ de El Greco

Expuesta desde hoy en el Hospital de St Saver en Barcelona, se convierte en la cuarta obra del cretense visitable por el público en la Ciudad Condal. En la exposición permanente se articula la figura del pintor en la tradición de la “España negra” con su relación con otras pinturas como La Dolorosa de Gutiérrez Solana.

La primera noticia que se tiene de la existencia de este Crucificado data de 1908 con motivo de la visita al palacio sevillano de los marqueses de La Motilla por el crítico de arte alemán Meier-Graefe en compañía del jurista y pedagogo José Castillejo, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza.

Ambos describieron el desconcierto de los propietarios que «desempolvaron El Greco que tenían en un rincón oscuro de la capilla, y siguen sin comprender que aquello pueda valer, con la cabeza tan chiquitilla y el cuerpo tan largo, tan largo».

Los marqueses refirieron entonces que este cuadro llegó a manos de sus antepasados procedente de los condes del Águila en fecha indeterminada, por lo que es probable que formase parte de la colección de Miguel Espinosa Maldonado de Saavedra (1715-1784), II conde del Águila, bibliófilo, anticuario y coleccionista casado con Isabel Tello de Guzmán y Fernández de Santillán.

Su iconografía refiere el momento culminante de la Pasión de Cristo, según las descripciones evangélicas tanto como las manifestaciones artísticas que la escenifican. En el arte cristiano es una de las iconografías más reproducidas, ya sea únicamente mediante la figura de Cristo (crucifixión), en escena con más personajes al pie de la cruz (calvario), cuando aún está vivo (triumphans), en el inminente momento anterior a la muerte (dolens) o tras la expiración (patiens).

Del mundo bizantino proceden las primeras crucifixiones claramente representadas –ya en el siglo VI–, convirtiéndose en uno de los iconos por excelencia. Esas versiones debieron ser las primeras imágenes del asunto –a la maniera greca– que Doménikos Theotokópoulos vio en su Creta natal, aunque es muy probable que también conociera representaciones realizadas a la maniera latina en alguna de las iglesias cristianas de Candía (resultado de la influencia veneciana).

Precisamente, ese contacto con el arte latino del Mediterráneo occidental fue lo que despertó en el joven Doménikos su deseo de partir hacia la Ciudad de la Laguna con tan solo 26 años y el sueño de triunfar como pintor.

El inmenso y variado panorama artístico que encontró en Italia –-desde el gótico al Renacimiento, desde Giotto a Tiziano–, tan distinto en conceptos, técnicas y escenografías a su originario mundo bizantino, le estimuló a ‘ensayar’ la iconografía de la crucifixión al estilo occidental.

Así creó una serie de piezas de pequeño tamaño que son el origen de lo que vendrá después, los monumentales cristos agonizantes que pintará en Toledo a los que pertenece la magnífica Crucifixión de la Colección Casacuberta Marsans.

Precisamente, el cambio de escala en su traslado a España es uno de los aspectos más interesantes y enigmáticos en el devenir artístico del Greco.

El Greco. Cristo en la Cruz. Hacia 1590. Óleo sobre lienzo. El marco para esta pintura fue el último encargo que llevó a cabo Horacio Pérez-Hita.

Si las obras italianas son casi todas tablitas de un tamaño que oscila entre los 30 y los 60 cm de altura, los cuadros de Toledo son telas que pueden alcanzar hasta los tres metros, con una talla media en torno a los 180 cm de alto (como en la pintura que nos ocupa).

Como es bien sabido, el artista estableció en nuestro país un taller de pintura a la manera veneciana del que salieron numerosas obras agrupadas en series que reproducían escenas de la Pasión, de los apóstoles o de los santos más demandados en ese crucial momento de finales del siglo XVI. De nuevo, en el contexto de la Contrarreforma, las crucifixiones cobraron especial importancia como culmen de la devoción predicada.

El Greco, conocedor e inspirado en modelos italianos, tanto pictóricos como escultóricos –de Tiziano, Tintoretto, Miguel Angel, Cellini, Giambolognia…–, y tras los experimentos de su etapa italiana (1567-1577), desarrolla en España un exitoso modelo de Cristo crucificado –con algunas variantes: solo, con donantes, o con la ciudad de Toledo al fondo– cuya datación comienza en torno a 1590. Es en ese momento cuando sucede el verdadero salto cualitativo, tanto en concepto y dimensiones, como en solidez y madurez pictórica, y logra crear una propuesta devocional de gran notoriedad y demanda comercial.

En la versión de la Colección Casacuberta Marsans, se representa a Cristo solitario, clavado en la cruz, aún vivo, elevando la mirada al Padre mientras clama el evangélico «Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?». Constituye una composición extremadamente espiritual y muy apropiada a los impulsos emocionales imperantes en el ambiente religioso de aquel momento.

El Cristo crucificado de El Greco colgado en el Hospital de St. Sever, donde descansa la Colección Casacuberta-Marsans.

Desnudo, cubierto únicamente con un mínimo paño de pureza anudado al centro –perizoma–, sin la lanzada ni otros elementos de padecimiento corpóreo más allá de los clavos, de la bellísima corona de espinas y de unas mínimas gotas de sangre –acentuando quizás más lo espiritual que lo corpóreo–, exhibe un cuerpo estilizado, armónico, en elegante contraposto, tan propio y característico del manierismo del Greco.

A pesar del trance del momento, muestra un rostro sereno, apacible y sosegado, pero lleno de dramática intensidad y patético sentimiento. Sobre la cruz, el titulus crucis en siete líneas y tres lenguas: hebreo, griego y latín. A los pies, calaveras y huesos indicativos del lugar: el Gólgota, Calvario o lugar de la calavera.

La colocación de la escena en un horizonte bajo y en una perspectiva di sotto in sù, acentúa la monumentalidad de Cristo clavado en la cruz, ideada para concentrar sobre él toda la intensidad de la mirada del espectador. Como contrapunto, el conglomerado de nubes de tormenta y el paisaje nocturno que se extiende a sus pies, con una Jerusalén simbólica –que se asemeja bastante a la silueta de El Escorial– y un conjunto de personajes en miniatura iluminados, al igual que el edificio, por luces espectrales, entre los que se puede reconocer a los soldados que descienden del lugar de la ejecución y a un grupito de mujeres en dirección contraria que pueden identificarse con las tres Marías.

Es interesante apuntar que el precedente iconográfico más cercano es la denominada Crucifixión con dos donantes (París, Museo del Louvre). Son muy cercanos también, en cronología y calidad, los lienzos del Museo de Arte de Cleveland, del Museo de Filadelfia o la pintura que perteneció a la colección Zuloaga, vendida en Londres en 2013.

Nos encontramos, por tanto, ante una de las obras de este modelo más interesantes de toda la producción del Greco, completamente autógrafa y en la que se pueden apreciar, con notable facilidad, buena parte de las características compositivas y pictóricas del carismático manierismo de Doménikos Theotokópoulos. Juan Antonio García Castro. Exdirector del Museo del Greco y comisario de numerosas exposiciones sobre El Greco.