El Tesoro del Delfín y dos cómodas del Palacio de la Zarzuela, en Versalles
Luis de Francia, hijo del Rey Sol y padre de Felipe V, estaba llamado a reinar pero nunca llegó a hacerlo. Quizá por eso, el Palacio de Versalles no se había detenido en su figura hasta ahora, que por fin le dedica una completa monográfica para la que el Museo del Prado y Patrimonio Nacional han cedido varias piezas.
“Hijo de rey, padre de rey y nunca rey”. Así resume el duque de Saint-Simon a Luis de Francia, conocido en vida cariñosamente como Monseñor y más tarde con el apodo de Gran Delfín. Miembro de una larga lista de Luises que gobernaron el país galo durante siglos, estuvo bajo la sombra de su padre –el Rey Sol– hasta que murió en 1711, cuatro años antes que el monarca reinante, de modo que no pudo heredar el trono. Al menos, vivió lo suficiente para ver cómo su segundo hijo Felipe V se convertía en soberano de España e iniciaba la dinastía Borbón.
Nacido en 1661 en Fontainebleau, el eterno príncipe fue el primogénito del matrimonio formado por Luis XIV de Francia y María Teresa de España. Estaba llamado a engrandecer ambas coronas, por eso fue sometido a una estricta educación en la que su padre se involucró personalmente. Eligió a los tutores de su futuro heredero y hasta le escribió unas Memorias para que llegase a ser mejor gobernante que él.
Luis de Francia tuvo, por tanto, una formación exquisita: aprendió heráldica, historia del país, religión, matemáticas y geografía. Estudios que complementó con imágenes grabadas y manuscritos iluminados que contribuyeron a un mejor conocimiento del pasado.
Fue un gran esteta y coleccionista, además de mecenas. Llegó a atesorar centenares de obras maestras de los mejores artistas del momento, ahora repartidas entre colecciones públicas y privadas europeas.
Tratado siempre entre algodones, el nombre de este Luis debería haberse escrito con letras de oro en el Olimpo de la historia junto al resto, pero su muerte prematura le negó tal privilegio y le relegó a un segundo plano.
El Palacio de Versalles trata de recuperar esa figura secundaria de Francia a través de la muestra titulada sencillamente El Gran Delfín, en lo que es la primera retrospectiva dedicada a este personaje en el país. Una propuesta que reúne cerca de 250 piezas, algunas inéditas, que repasan las diferentes facetas del príncipe que nunca llegó a reinar.
Una de ellas es su infancia en palacio, ampliamente representada por decenas de retratos que le mostraban como el futuro más esplendoroso de la monarquía europea (francesa y española). Otra explora su formación bélica, pues tuvo su propio fuerte militar con regimiento de infantería y participó en la toma de la ciudadela de Philippsburg en 1688, durante la Guerra de los Nueve Años. También hay un espacio para la caza, de la que era gran aficionado (especialmente la del lobo).
Pero el recorrido se detiene sobre todo en el capítulo destinado a abordar el papel del Gran Delfín como mecenas de las artes, representado a través de préstamos excepcionales como los bronces cedidos por la Wallace Collection de Londres o el Jarrón Fonthill de la National Museum of Ireland de Dublín, además de piezas de instituciones locales, la Biblioteca de Francia o el Louvre entre ellas.
También destaca la cesión de piezas españolas. No en vano el protagonista de la muestra fue hijo de María Teresa de Austria y padre del primer rey Borbón español. Eso explica que una pareja de cómodas habitualmente expuestas en el Palacio de la Zarzuela haya viajado hasta Versalles, junto con un retrato de Luis de Francia pintado por Hyacinthe Rigaud que suele colgar de Palacio Real. Todos de Patrimonio Nacional.
Por su parte, el Museo del Prado ha prestado un par de retratos de Jean Nocret y otros dos firmados por los Beaubrun que ilustran la memoria dinástica de los Borbones. Pero el préstamo fundamental procede del Tesoro del Delfín, ese conjunto de objetos únicos hechos en cristal de roca, jade, lapislázuli y metales preciosos que alberga el museo madrileño. Para la ocasión ha cedido un vaso oriental de jade con pie de plata dorada, el Jarro de pico de heliotropo del taller de los Miseroni y una bandeja oval de heliotropo con retícula octogonal, junto a varios estuches originales y únicos en el mundo.
Asimismo, la exposición evoca el legendario Salón de los Espejos. Un espacio, hoy desaparecido, que reunió decenas de obras maestras de Charles Le Brun, Jean-Baptiste de Champaigne y Charles II Audran. El comisario Lionel Arsac ha conseguido reunir gran parte de los tesoros que en su día decoraron aquel salón, desde pinturas y bronces florentinos a muebles de marquetería, porcelana china y piedras preciosas.
A partir de 1695, el Gran Delfín estableció su residencia privada en el Château de Meudon, que enseguida embelleció con frondosos jardines y parte de su fabulosa colección. Allí falleció el 14 de abril de 1711, tras contraer viruela. Tenía 49 años y, aunque estaba preparado para encarnar a la perfección el esplendor de la monarquía absolutista europea, murió sin poder demostrarlo.
Eso sí, dejó un legado artístico de incalculable valor. La vida, trayectoria y herencia cultural del Gran Delfín: hijo de rey, padre de rey, pero nunca rey podrá verse en las salas del Palacio de Versalles hasta el 15 de febrero de 2026. Sol G. Moreno





