De la Tierra y a la tierra

De la Tierra y a la tierra

El Museo Guggenheim Bilbao dedica una exposición a la producción de artistas interesados en el medio ambiente desde muy diversas disciplinas. Artes de la Tierra cuenta con el patrocinio de Iberdrola y está comisariada por Manuel Cirauqui.

Según Naciones Unidas, a finales de 2025 un 45% de la población mundial vivimos en ciudades. Eso son casi 3.700 millones de personas cuyo hábitat se compone, fundamentalmente, de asfalto, hormigón y vidrio. Y ese número no para de crecer, de hecho, se calcula que dentro de 25 años podría escalar hasta los 6.800 millones (un 70% de la población mundial esperada).

En nuestro país el porcentaje es aún mayor, un 80% somos urbanitas. Esto tiene como consecuencia que lo natural nos es cada vez más ajeno. Los bosques, los ríos y la tierra están en nuestro ADN, son lugares primigenios, pero también pueden ser inhóspitos e, incluso, exóticos.

Este es un término cargado de connotaciones negativas. Tradicionalmente hemos etiquetado la otredad como “exótica” cuando hemos querido sacar un rendimiento económico o político (a costa del lugar, cosa o gente designada como tal).

Delcy Morelos. Bruja (Sorgin). 2025. Tierra y barro sobre estructura de madera Dimensiones variables. Cortesía de Delcy Morelos & Marian Goodman Gallery. © Delcy Morelos, Bilbao, 2025.
Hans Haacke. Crecimiento dirigido (Directed Growth). 1970-1972. Judías, tierra y cordel Dimensiones variables Cortesía del artista y Paula Cooper Gallery, Nueva York © Hans Haacke, VEGAP, Bilbao, 2025.

Probablemente sea poco recomendable hacer uno de él sin una resignificación clara que intente desactivarlo. Baste decir que, en este caso, debería leerse como la descripción de algo ajeno pero atractivo, a la vez extraño y magnético.

Exótico es un bello objeto cuyo propósito desconocemos, lo es la habitación más allá de la puerta entreabierta y, durante los próximos meses, también lo es el Guggenheim Bilbao gracias a la exposición Artes de la Tierra. Comisariada por Manuel Cirauqui y patrocinada por Iberdrola –que ha prestado tres obras de su colección–, ocupa las salas de la segunda planta del museo hasta el 3 de mayo de 2026.

Y, como digo, no tiene nada que ver con la nacionalidad de los 48 artistas reunidos, ni con las distintas técnicas que utilizan. La diversidad no es exotismo.

Pero sí lo es encontrarte una sección de tierra negra de los montes vascos –Bruja (Sorgin) de Delcy Morelos­– en el interior del edificio de Frank Gehry o un pequeño bosque de 26 árboles de especies locales –Root Sequence (copse) de Asad Raza–, montículos de musgo en crecimiento –Volumen para acostarse de Meg Webster– o vivarios sellados con semillas procedentes de todo el mundo (Wardian Case de Isa Melsheimer).

El devenir del mundo contemporáneo ha conseguido que sea chocante enfrentarse al mundo natural. Y es cierto que existe cierta contradicción en este esfuerzo.

Hay una máxima en el trabajo de los naturalistas que dice que, en el momento en el que estudias algo, lo cambias. La interacción incluso con las mejores intenciones tiene unas consecuencias que solo podrían ser evitadas mediante la más rigurosa inacción.

Es una crítica que nos puede recordar a un célebre monólogo del humorista –y, podríamos decir, filólogo honorario– George Carlin, cuando criticaba el activismo medioambiental porque seguía siendo una intromisión en la que, inevitablemente, íbamos a acabar actuando como humanos. Es decir: nos íbamos a equivocar.

Por eso es muy importante una puntualización que hizo Cirauqui durante la presentación: «la exposición tiene como objetivo documentar, no transformar o reformar».

Una documentación que se manifiesta con la reunión de obras de artistas del siglo XX que preconizaron la importancia del medio natural, como Joseph Beuys, Giuseppe Penone o Agustín Ibarrola.

A esto habría que añadir “retar” porque, dentro del compromiso institucional del Guggenheim con la sostenibilidad ambiental, se ha tratado de reducir la huella de carbono y los residuos del montaje al mínimo.

Isa Melsheimer. Wardian Case, 2023. Vidrio, tierra, semillas y plantas. Dimensiones variables (vista de instalación en el Museo Guggenheim Bilbao). Cortesía de la artista y Galerie Jocelyn Wolff, Paris © Isa Melsheimer, Bilbao 2025.

Desde el uso de un bioplástico para las cortinas que separan las salas que requieren un control medioambiental diferente al resto, pasando por la selección de artistas que trabajan con materiales del entorno donde exponen, como el limo de la ría del Nervión en los vaciados de David Bestué o la arcilla local de las cerámicas experimentales de Mar de Dios. En el caso del primero, además, se trata de piezas efímeras. Una vez terminada la muestra, el limo volverá al lugar del que se extrajo.

Sumayya Vally. Counterspace. Granos del Paraiso (Grains of Paradise), 2024. Canoa de madera con revestimiento pintado. 510 x 50 x 95 cm. Cortesía de la Ciudad de Vilvoorde, Bélgica © Sumayya Valley, Bilbao 2025. Foto: Brugues Triennial 2024/Filip Dujardin

Y reto, también, por los condicionantes del montaje. Muchas de las instalaciones desafían abiertamente las convenciones museísticas, como Mientas la tierra se orienta de Giovanni Anselmo –un montículo de tierra con una brújula en su centro– o Crecimiento dirigido de Hans Haacke (unas plantas de judía que crecerán siguiendo unas guías clavadas en el techo).

Bordes difusos, piezas vivas y, también, obras que contienen vida. Algunas de las instalaciones introdujeron en el Guggenheim semillas que han germinado sin que fuese la intención del artista –pero que se han conservado, como en el caso de la mencionada Bruja (Sorgin)– o pequeños animales que tienen el sustrato como hábitat.

Todo ello para dejar constancia de una de las ansiedades contemporáneas más persistentes: el mundo incierto que nos espera debido al cambio climático. Y, también, para revelar que nuestra conexión con lo natural puede estar en peligro por la alienación industrial, pero es consustancial a todas las especies, incluida la nuestra.