Nonell y Goya, dos ‘outsiders’ en el Lázaro Galdiano
El museo madrileño, en colaboración con la Colección Casacuberta Marsans, ha reunido en una de sus salas obras del artista aragonés con otras del catalán. Pese a ser una muestra reducida, permite comprender las afinidades de dos autores con una sensibilidad hacia lo marginal y lo trágico.
Siete óleos y cinco dibujos de Isidre Nonell pertenecientes a la Colección Casacuberta Marsans son suficientes para manifestar una propuesta contracultural. Este minimalista conjunto, pero igualmente ilustrativo, es el gancho de la nueva exposición temporal que acoge el Museo Lázaro Galdiano hasta el 18 de enero de 2026.
La decena de piezas que ahora se muestran al público madrileño componen un universo pictórico protagonizado por personajes desarraigados y marginales, que la colección privada barcelonesa –resultado de la pasión por el arte de Fernando Casacuberta y Rosario (Coty) Marsans, que ahora tiene su sede en el antiguo hospital de clérigos de Sant Sever–, exhibe por primera vez en la capital.
La relación entre el aragonés y el catalán se remonta hasta los años de juventud de este último. En octubre de 1896, Nonell celebró su primera exposición individual en el Salón de La Vanguardia, en Barcelona, que reunió los dibujos que había publicado en este diario durante los dos años anteriores, así como una serie de dibujos que acababa de realizar en el valle de Boí.
Ningún otro pintor catalán había creado unas obras como estas, en cuanto a aspectos estilísticos, técnicos y temáticos se refiere. De hecho, se trataba de una temática casi sin precedentes, a la que solo se habían acercado de manera episódica nombres como Velázquez, Ribera o Goya.
La crítica española, como se aprecia en una reseña de la muestra publicada ese mismo año en el diario catalán, atisbaba ya en Nonell “la sombra maleante de Goya”. Por su parte, la crítica francesa, que accedió a estos dibujos un año después durante una presentación en París, habló de un “Goya modernisé”.
Estas obras sobre papel o cartón de las que hablamos se conocen como fregit [frito], debido al aspecto de pintura envejecida que presentan y a su característico color.
Influenciado por el grabado japonés (en concreto, el Ukiyo-e), el artista emplea la composición en diagonal, el trazo grueso que siluetea los contornos o la perspectiva a base de planos superpuestos.
Algunos ejemplos de estos “fritos” que encontramos en la muestra son Velatorio o Chapelle ardente d’un crétin, Mendigos (1897), Mujer sentada o Personajes (1898).
La mayoría de creaciones de Nonell representan la vida cotidiana en el paisaje de Boí, el cual contrasta con sus protagonistas: personas afectadas de cretinismo con las deformidades físicas y alteraciones mentales derivadas de esta enfermedad, que en aquel momento solía ser frecuente en comunidades que vivían aisladas en las altas montañas.
Junto a estas obras también se exhiben los primeros retratos al óleo de gitanos, aquellos que fueron presentados en la primera exposición del artista en la Sala Parés de Barcelona en 1902: Gitana y Busto de gitano.
Frente a los estereotipos folclóricos y costumbristas que configuran la identidad del pueblo gitano, estos óleos ofrecen “una visión alejada del exotismo, genuina y moderna, que fue reconocida por una pequeña parte de la crítica, quien afirmó que ‘si no fuera porque tiene toques de Goya y pinceladas a lo Rubens, lo señalaríamos como el mejor de todos’”, explica Nadia Hernández Henche, comisaria de la muestra junto a Begoña Torres.
También se encuentran Gitana y Melancolía (1903), de su segunda exposición en Barcelona, y Gitana y Angustias (1907), que corresponden a un momento de transición en el que el pintor comenzó a representar también mujeres de tez blanca en composiciones más coloristas y luminosas, influencia del Noucentisme que domina la cultura catalana de entonces, según los estudios.
Todas estas escenas convivirán durante dos meses al lado de El aquelarre o El conjuro de Goya, estableciendo una suerte de relación a partir de la fealdad y de lo grotesco que inspiraron las brujas y los monstruos del aragonés.
Es posible que el encuentro simbólico e iconográfico que plantea Isidre Nonell mirando a Goya no sea para que ambos pintores se contemplen directamente a los ojos, pero sí que crucen miradas e intercambien comentarios sobre el submundo de la marginalidad. Nerea Méndez Pérez









