La doble mirada de Colnaghi: de los fetiches a la luz del norte
Con la llegada del invierno, Colnaghi despliega en sus sedes de Nueva York y Bruselas dos exposiciones que, desde geografías y cronologías distintas, comparten una ambición común: repensar la historia del arte. Dos propuestas que interrogan el poder de las imágenes, el papel del artista como mediador y las formas en que distintas culturas han buscado materializar lo divino.
La sede neoyorquina de la galería inauguró el 13 de noviembre Fetish, el segundo capítulo de su fructífera colaboración con Carlo Bella. Tras Power Figures, la galería continúa profundizando en la relación entre la escultura devocional europea y las figuras rituales africanas desde una óptica estrictamente histórico-artística (y no desde el exotismo con el que a menudo se ha abordado este tipo de diálogos).
El planteamiento parte de la idea de que, tanto en Europa como en África, el artista se sitúa como mediador entre el ser humano y lo sagrado. De ahí que la muestra explore cómo la intervención sobre el cuerpo –martirio, crucifixión, escarificación– se convierte en vehículo espiritual y simbólico.
En el ámbito europeo, las obras seleccionadas funcionan casi como un catálogo de la iconografía del dolor y la intercesión divina. Sobresalen un intenso Crucificado de Guglielmo della Porta, las visiones místicas de Luca Cambiaso, el hieratismo martirial del San Sebastián de Luigi Amidani o la elegancia contenida de la Dolorosa de Nicolás Enríquez. A ellos se suman François Girardon y su Marsyas, ejemplo perfecto de cómo el barroco supo convertir el suplicio en una forma sublime.
Frente a estas piezas, las esculturas rituales del centro y oeste africano –procedentes de tradiciones Baule, Senufo, Luba, Bakongo o Hemba, entre otras– reivindican un lugar propio como objetos construidos para activar, contener o negociar con fuerzas invisibles. Talladas en madera, con superficies cargadas de materiales orgánicos, envoltorios, metales o conchas, estas figuras condensan genealogías espirituales tan complejas como las del arte cristiano europeo.
Más que contrastar, Fetish superpone. Y en esa superposición está su fuerza: la constatación de que, a ambos lados del Mediterráneo, la materia ha sido desde siempre una forma de fe.
Y el mes que viene, el día 10 de diciembre, en Bruselas se inaugurará Northern Lights, una exposición que celebra el primer año del nuevo espacio de Colnaghi en la capital europea. Si Nueva York mira al sincretismo espiritual, Bruselas se vuelca en una revisión historiográfica: la fascinación –a veces olvidada– de los pintores flamencos por el naturalismo radical de Caravaggio.
El relato arranca en Italia, donde artistas del norte como Hendrick de Somer o Matthias Stom encontraron un lenguaje pictórico que combinaba luz teatral, emoción psicológica y un realismo que rozaba lo incómodo. Su decisión de permanecer en Roma o Nápoles testimonia la intensidad de ese encuentro.
Otros, como Abraham Janssens o Jan van Dalem, regresaron a Amberes, donde reinterpretaron las enseñanzas caravaggistas filtrándolas por la tradición local y la sombra omnipresente de Rubens. De ese cruce –Roma, Nápoles y Flandes– surge una pintura híbrida, en ocasiones subestimada, pero decisiva para entender la circulación de estilos en el Barroco europeo.
La exposición sirve además para subrayar la ambición del proyecto bruselense. Como señala Philippe Henricot, su director, recuperar la importancia del caravaggismo flamenco no es solo un ajuste académico: «es una forma de devolver visibilidad a un capítulo que moldeó la sensibilidad pictórica de toda una generación».
Vistas en conjunto, Fetish y Northern Lights revelan la voluntad de Colnaghi de situarse en la intersección entre rigor curatorial y experimentación intelectual. Si en Nueva York se plantea un diálogo transversal entre continentes y cosmologías, en Bruselas se revisa la historia europea desde sus márgenes menos transitados.
Ambas exposiciones –una centrada en la dimensión espiritual del cuerpo; la otra, en la circulación de la luz y las ideas– demuestran que la historia del arte sigue siendo, ante todo, un espacio en el que formular preguntas. Colnaghi propone dos de ellas: ¿cómo representamos lo sagrado? ¿y cómo viajan las formas? Dos respuestas distintas, pero complementarias, para cerrar el año.



