La ironía ha muerto y su lápida es de oro macizo

La ironía ha muerto y su lápida es de oro macizo

Sotheby’s pone a la venta una de las cinco versiones existentes de América de Maurizio Cattelan, un retrete de oro de 18 quilates que el Guggenheim ofreció a Donald Trump cuando fue elegido presidente en 2016. Su estimación se calcula en tiempo real en función de la cotización del oro. De momento, son casi diez millones de dólares.

No sería esta la primera vez que pudiese criticar un mercado del arte que cree reírse de sí mismo o criticar su funcionamiento pero que, en realidad, está reforzando sus propios defectos (tal y como hice con Love is in the bin de Banksy).

Y Cattelan es una “víctima” perfecta, porque toda su obra quiere subvertir el sistema, las expectativas de los artistas, el público y, espero, las suyas propias. Pero, actualmente, ¿qué diferencia a la sátira de la verdad?

El creador intenta que la exageración sea su aliada, pero con la realidad superando a la ficción constantemente, cada vez me veo más incapaz de distinguir la ironía de la bravuconada o la estupidez. La performance es la misma, solo cambia la intención. ¿Y los resultados? Pues, para los enterados son radicalmente distintos, pero para todos los demás –la mayoría– son exactamente iguales.

Stephen Colbert, que es uno de los humoristas recientemente destronados en Estados Unidos –se supone que por una mezcla de audiencias mejorables y presión política–, tuvo durante años un programa en el que representaba una caricatura de un americano conservador.

Colbert, que es demócrata, ha contado en varias entrevistas cómo los espectadores votantes republicanos se sentían identificados con el personaje y no eran conscientes de la broma. ¿Qué le diferenciaba en ese momento de Candace Owens –una de las comentaristas políticas conservadoras más populares– por ejemplo?

En muchos sentidos, nada, solo el contexto podía hacer consciente al mundo del absurdo. Y, francamente, parece que el contexto se olvida y renueva cada diez minutos.

Maurizio Cattelan. América. Oro de 18 quilates. Imagen cortesía de Sotheby's.
El baño de la Habitación Lincoln, destinado a los mandatarios que visitan la Casa Blanca.

Y esa es la debilidad de las obras de Cattelan –y de la que subasta ahora Sotheby’s–, no son nada sin el contexto. América, un retrete de oro macizo de 18 quilates, sale al mercado con una estimación marcada única y exclusivamente por la cotización actual del metal precioso.

De hecho, en la página de la casa de subastas se puede seguir en directo sus fluctuaciones y con solo un clic se puede calcular su precio. En estos momentos, son alrededor de 10 millones de dólares.

La obra fue creada en 2016 –aunque hay cinco versiones, tres oficiales y dos pruebas de artista– y se expuso en el Guggenheim de Nueva York durante una temporada en uno de sus baños (que se visitaba bajo supervisión).

La gracia, aunque no creo que sea tan sofisticada como para necesitar explicación, es la identificación del país más rico del mundo –pero plagado de problemas– con un váter de oro. Un objeto diseñado para deshacerse de las inmundicias, de lo más cotidiano que podamos imaginar, pero hecho del material más valioso (al menos, en el ideario colectivo).

Las críticas a los imperios siempre son divertidas, más aún cuando se está fuera de ellos; pero, casi una década después de su creación, no estoy seguro de que quienes debieran sentirse aludidos y ofendidos lo hagan o, en vez de eso, lo asimilen con un “¿y qué?” (el lema contemporáneo por excelencia).

Porque hay un elefante en la habitación en lo que se refiere a esta venta, un elefante rubio con peinado imposible y moreno de rayos UVA.

La conexión es tan inmediata como poco oportuna de mencionar, Sotheby’s no lo hace explícitamente salvo en la bibliografía de la pieza, pero incluso ellos no han podido evitar un juego de palabras en la descripción del lote: «Cattelan has produced an oeuvre that trumps reality up to its absolute ceiling (Cattelan ha creado una obra que lleva la realidad hasta su límite absoluto)».

La casualidad de que el apellido del presidente de Estados Unidos también sea un verbo que signifique triunfar no se podía desaprovechar. ¿Lo pillan?

La relación del dignatario con América –reconozco que suena divertido dicho así– se remonta a 2016, cuando durante la campaña electoral el Guggenheim comparó en un artículo en The Guardian «la estética de este “trono” […] al exceso dorado de las empresas inmobiliarias y las residencias privadas de Trump».

El Despacho Oval de la Casa Blanca con su nueva decoración.

Después de las elecciones y en la habitual petición a instituciones culturales de obras en préstamo para redecorar la Casa Blanca, el mismo museo se negó a depositar el Van Gogh que solicitaba la nueva administración y ofreció, en cambio, la pieza de Cattelan. La Casa Blanca no dio respuesta.

No puedo dejar de pensar, desde que Trump volvió al poder con menos complejos que nunca, si hoy la historia sería la misma. Hace poco se publicaron las fotos del nuevo baño para invitados de honor de la residencia presidencial –mármol de suelo a techo y fontanería dorada– y pienso que la obra de Cattelan no desentonaría, quizá ni nos hubiese llamado ya la atención.

Sé que eso era precisamente lo que quería decir el artista, pero si la persona a la que críticas no solo no se da por aludida, sino que te da la razón, ¿la sigues criticando? Y si además es la más poderosa del mundo libre, ¿qué importa?

Quizá no deba importar nada, y ese sea el último giro de significado de la obra. O quizá sea otro multimillonario de las criptomonedas el que lo compre. Al fin y al cabo, Sotheby’s ha puesto un asterisco debajo del título del lote que especifica que se acepta el pago con esas volátiles monedas.

Si es así, ¿se animará el nuevo propietario a seguir el ejemplo de Justin Sun comiéndose el plátano de Comediante? ¿Cuál sería la performance más adecuada en ese caso? ¿Darle uso como si fuese uno de porcelana, o fundirlo en lingotes y luego revenderlos? Héctor San José.