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WILLIAM KENTRIDGE, UN CREADOR MULTIDISCIPLINAR COMPROMETIDO 


El reciente Premio Princesa de Asturias de las Artes 2017, William Kentridge (Johannesburgo, 1955) no es un creador al que se haya dedicado demasiada atención en los museos españoles, salvo la muestra que organizó el MACBA hace 18 años y la más reciente del CAC de Málaga hace cinco años, por lo que la exposición William Kentridge. Basta y sobra, organizada por el Museo Reina Sofía y comisariada por su director Manuel Borja-Villel y Soledad Liaño supone un acontecimiento de primera magnitud en el panorama de las exposiciones temporales de los museos españoles durante este otoño.

La exposición no es una retrospectiva del artista sudafricano sino que centra su mirada en las intervenciones que ha tenido en proyectos de teatro, ópera y perfomance, porque la obra de Kentridge no puede disociarse al ser un artista total en el que convergen varias manifestaciones artísticas. Desde que cursara estudios en la Escuela Internacional de Teatro Jacques Lecoq de París en 1981 siempre anduvo entre el cine, el teatro y las artes plásticas. A lo largo de los últimos 30 años, Kentridge ha sabido conciliar y retroalimentar con lo que le aportaban todas estas disciplinas, combinándolas con su práctica del dibujo, el collage, el grabado, la escultura o el videoarte.

La exposición, que permanecerá abierta hasta el 19 de marzo, gira en torno a una selección de tres obras de teatro; Woyzeck en el Alto Veld, 1982; ¡Fausto en África!, 1995; y Ubú y la Comisión para la Verdad, 1997; junto a cuatro óperas: El retorno de Ulises, 1998; La nariz, 2010; Lulú, 2015; y Wozzeck, 2017. En esta siete interacciones, Kentridge demuestra su transversalidad, uno de las características de su potencia creadora, que siempre suscita emociones alrededor de un único protagonista, que a veces es víctima o verdugo de estructuras rígidas y que él utiliza para denunciar la tiranía, el autoritarismo, la miseria y la corrupción, entre otros vicios humanos.

En la presentación de la exposición, el director del Museo Reina Sofía y comisario de William Kentridge, Manuel Borja-Villel ha subrayado que dos de las características que definen a Kentridge quizá sean el anacronismo, la autoconciencia y poseer un lenguaje propio que le permite dar respuesta a una realidad distinta, mientras Soledad Liaño, co-comisaria ahondó al decir que el artista fundamenta su creatividad a través de varias disciplinas (dibujo, grabado, teatro, cine y escultura) hasta ampliar su horizonte creativo y lo hace siempre con ironía y humor, con una marcada reflexión sobre los temas esenciales de nuestro tiempo.

Esta reinterpretación de mitos europeos son tamizados por una visión crítica, singular, donde el artista sudafricano es capaz de incluir dibujos, películas o grabados, logrando sinergias entre varias disciplinas. Todo ello enriquece la escenografía, visible en videos como Directo entre sus brazos, y en dibujos  que utiliza en la ópera Lulú.

En obras de teatro como Woyzeck el protagonista de Kentridge es un obrero negro, no un soldado, y en grabados de la serie Industry and Idleness (1986-1987) se inspira en composiciones de Hogarth, realizadas en el siglo XVIII. Muchos de sus dibujos son paisajes de la estepa de su ciudad natal, minada con pozos de extracción.  Mientras e la ópera Wozzeck, donde el creador sudafricano evoca un paisaje devastado que recuerda la I Guerra Mundial pero también la violencia del contexto sudafricano. 

En  Ubú, presenta una serie de ocho grabados con escenas inconexas  entre ellas, y con poca relación de la obra de Alfred Jarry. En ellos la figura humana, probablemente de Kentridge, adquiere una dimensión exagerada respecto a la escala del resto de los elementos hasta llegar a ser intencionadamente grotesco. También se exhiben extractos de la película Ubú cuenta la Verdad (1996) , que desarrolló paralelamente a la obra de teatro. Una propuesta visual muy comprometida con la historia que había vivido y seguía viviendo su país hasta ese momento.

El retorno de Ulises fue su primer proyecto operístico y lo desarrolló en 1998, teniendo muy en cuenta el genio del italiano Monteverdi que creó dicha obra en 1640, planteando la fragilidad humana y el respeto que le inspira el Tiempo, la Fortuna y el Amor. Para Kentridge Ulises es un ser vulnerable, expuesto a las vivencias ajenas, y para ello fusiona imágenes del internas del cuerpo, y paisajes que no son del Mediterráneo sino de Johannesburgo actual porque la determinación de Ulises en su vuelta a casa es extrapolable a cualquier tiempo histórico.

En La Nariz, basada en la composición operística de Shostakóvich que se inspiró en la famosa historia de Gogol, Kentridge revela en sus grabados cómo asume la nariz como crítica de la que se mofa el autor ruso en su libro. Buen conocedor de la vanguardia rusa de Malévich o El Lissitzki, confiere a la nariz una autonomía plena hasta llegar a plasmar aventuras inauditas.

Por último, los trabajos en torno a la ópera Lulú, un encargo que la Ópera Metropolitana de Nueva York hace cuatro años hizo a W. Kentridge, y donde este a partir de la obra de Alban Berg, 1937, supo incidir en la complejidad de la protagonista y en la dificultad para definirla como un objeto de deseo inadaptado al ideal de mujer sumisa. A través de dibujos proyectados, que llegan a invadir el escenario de la ópera, Kentridge supo interiorizar la oscuridad y fragmentación que rodea al personaje. En Dibujo para Lulú, 2012, a base de tinta china y lápiz rojo,  sabe ahondar en el expresionismo gracias a esta técnica, mientras que en otros collages plasma una galería de personajes, arquitecturas y objetos que combina con las conocidas láminas de Rorschah. Julián H. Miranda

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