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Walter Gropius, el Príncipe de Plata


La Bauhaus cumple ahora su primer centenario. Esta casa en construcción fue la respuesta de un grupo de hombres y mujeres, liderados por Walter Gropius, al que Paul Klee definió como el Príncipe de Plata, por la gran autoridad y elegancia de este arquitecto y filósofo alemán, capaz de superar por sus grandes dotes innovadoras retos que impulsaron un modelo de educación creativa que terminó irradiando a escuelas de Arte de todo el mundo.

La editorial Turner acaba de publicar una biografía rigurosa y amena de la escritora y crítica británica Fiona MacCarthy, titulada Walter Gropius. La vida del fundador de la Bauhaus, que aborda cronológicamente la travesía profesional y personal de un hombre fascinante y proteico, cuya influencia persiste en la actualidad. En sus primeros años en la Bauhaus, Gropius logró reunir a un grupo de artistas como docentes tan potente como Klee, Kandinski, Schlemmer, Albers, Breuer o Moholy-Nagy, entre otros, porque como escribe la autora de su última biografía “no eran personas fáciles de tratar. Gropius tuvo que enfrentarse a una lucha de egos artísticos. Pero el desacuerdo era algo en lo que creía. Entendía las discusiones como parte de la propia creatividad”.

El propio Gropius en 1968 comentó a su biógrafa en Londres que había vivido tres vidas: la primera en Alemania, como un arquitecto joven y radical, y también la de fundador y director de la Bauhaus; la segunda en Inglaterra cuando huyó vía Roma del clima asfixiante creado por los nazis en su país desde comienzos de los años 30; y la última cuando fijó su residencia en Estados Unidos y fue docente en Harvard, desde donde ejerció una notable influencia en la arquitectura norteamericana después de la Segunda Guerra Mundial, tanto en I.M.Pei, recientemente fallecido, como en Paul Rudolph-que luego formó a Richard Rogers y Norman Foster-, Philip Johnson, Bruno Zevi, Harry Seidler, Ulrich Franzen o Fumihiko Maki, por citar a los más conocidos.

Y conjuntamente con una vida profesional tan intensa, Gropius siempre estuvo rodeado de una vida amorosa llena de matices, desde las turbulencias vividas con su primera esposa, Alma Mahler, esposa del compositor Gustav Mahler, con la que tuvo una hija Manon, muerta prematuramente sin haber cumplido todavía 20 años, hasta sus aventuras con dos mujeres tan interesantes como Lily Hildebrandt, artista; y Maria Benemann, poetisa, con las que mantuvo una larga amistad durante toda su vida; y sobre todo su segundo matrimonio y pareja más estable, Ilse Frank, una relación que duró más de 45 años, desde 1923 hasta 1969 cuando murió el fundador de la Bauhaus.

A lo largo de su vida Gropius demostró tener una fuerte personalidad, no exenta de encanto y de gran imaginación, que unido a su interés por lo que hacían las generaciones anteriores le llevó a tejer una red de relaciones humanas que favorecían la experimentación constante porque él consideraba el arte como una necesidad vital y subrayaba que “si algún talento tengo es el de ver la relación entre las cosas”. Como escribe en el último capítulo del libro Fiona MacCarthy que “Gropius comprendió de manera muy profunda que el hombre no es una isla. En una era de fragmentación y especialización galopantes como la nuestra, las visiones de conectividad de Walter Gropius hacen que siga mereciendo la pena escucharle”.

Cuando a Gropius le preguntaron siendo un niño cuál era su color favorito, el arquitecto alemán contestó «Mi color favorito es el multicolor» porque a él le fascinaban los colores del arco iris y eso revela una apertura de mente que se trasladó a su gusto múltiple en arquitectura desde el griego clásico hasta lo japonés, pasando por otros por otros estilos porque le atraía la mezcla y lo creativa que esta aportaba.

El libro lo ha dividido la autora entre las tres vidas que él mismo le mencionó en su encuentro de Londres hace 51 años. La primera es su etapa alemana, desde su nacimiento en Berlín, la capital prusiana en plena expansión , y su posterior traslado a Múnich, ciudad en la que cursó sus estudios de Arquitectura y entró en contacto con el mundo de los museos y las artes plásticas a partir de 1903. Una de las cosas que llama la atención en su biografía fue su curiosidad constante y sus viajes, entre otros uno que hizo por España durante 1907 y 1908, que le sirvió para descubrir una cultura rica y descubrir el Prado, entre otras cosas. Luego el regreso a Berlín donde comenzó a trabajar como arquitecto en el estudio de Behrens, y poco después su decisivo encuentro con Alma Mahler – lleno de incertidumbre pero también de pasión, e incluso de gran ilusión con el nacimiento de su única hija, Manon-  y la solemnidad de Viena, hasta el conflicto de la II Guerra Mundial, que tras su finalización desembocaría en la fundación de la Bauhaus de Weimar cuya idea giraba en torno a formar un grupo colaborativo de artistas de muchas disciplinas, que estarían unidos en la construcción de un mundo nuevo y mejor.

Este período entre 1919 y 1926 que van desde la Bauhaus de Weimar a la de Dessau fue un período muy fértil de ideas y proyectos, no solo en lo profesional, sino también en su vida personal con su relación con Lily Hildebrandt y María Benemann hasta la estabilidad que supondría su encuentro con Ise Gropius con la que se casaría en 1923. Ya en Dessau le sustituyó como director Hannes Meyer en 1929, pero Gropius siguió viajando por Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

El ascenso de los nazis al poder, poco a poco, hizo que una personalidad multicolor como la que Gropius encarnaba terminara abandonando su querido país a mediados de los años 30, década en la que viajó por Londres, donde residió durante varios años, Italia y esporádicos regresos a Berlín. En ese período comenzó su segunda vida en Inglaterra, que se prolongaría hasta los últimos años treinta. En Inglaterra entró en contacto con el Real Instituto Británico de Arquitectos (Riba) con motivo de una exposición dedicada a la Bauhaus, y empezó a conocer a personalidades como Morton Shand, amigos duraderos como Jack y Molly Pritchard. Gracias a estos últimos él y su mujer, Ise, vivieron una experiencia interesante en los apartamentos de Lawn Road Flats en Londres, que aportaban un concepto de convivencia colaborativo y diferente. En esos casi tres años en el Reino Unido conoció a Ben Nicholson y admiró la creatividad de Henry Moore. Sin embargo, como le ocurriera a Stefan Zweig, Ise y Gropius llegaron a sentir durante los primeros meses una cierta desubicación. Su estilo y obra no era tan valorado como la de Le Corbusier, el arquitecto del momento, y su influencia profesional fue muy pequeña porque apenas recibió encargos en la isla.

En 1937 cuando viajó a Nueva York en barco, Gropius y su esposa, iniciaron su tercera vida en Estados Unidos y  fundamentalmente en Harvard. Un año después el MoMA organizó una exposición muy relevante dedicada a la Bauhaus en la que Gropius estuvo muy implicado. Luego fue profesor de Arquitectura en la Escuela de Diseño de Harvard, se construyó una casa que lleva su nombre en Lincoln, y se reencontró con muchos de sus amigos y profesores de la Bauhaus como Moholy-Nagy. Mantuvo una peculiar relación con Frank Lloyd Wright, con Mies van der Rohe, último director de la Bauhaus, o con músicos como Stravinski.

Tras un viaje a Berlín al terminar la II Guerra Mundial para ver a sus familiares, el fundador de la Bauhaus retomó su pasión viajera que le llevó a Japón y Bagdad, donde tuvo un encargo muy importante, la construcción de una nueva universidad, que se comenzó a hacer pero con el golpe de estado que derrocó al rey Faisal II y los cambios al proyecto inicial del régimen posterior nunca llegó a  ver la luz.

Sus últimos años transcurrieron en Nueva Inglaterra. A finales de los 50 diseñó un rascacielos para el Pan Am (luego Met Life), terminado en 1963 y emplazado sobre la Estación Central de Nueva York. Visto con perspectiva se trataba de un rascacielos ligero que simbolizaba la esperanza capitalista de la década de los 60 en Estados Unidos. Ese período le sirvió para rememorar conceptos de la Bauhaus porque le interesaba que ese legado perviviera. Gropius tenía más de 80 años y sabía que su final estaría próximo. Esta aventura que nos propone Fiona MacCarthy por la vida de Gropius, a través de más de ocho décadas, es una travesía por algunas de las mejores personas e ideas que dio el siglo XX, sin olvidar las sombras de las dos guerras mundiales y el éxodo que supuso para millones de personas. Julián H. Miranda 

Walter Gropius. La vida del fundador de la Bauhaus

Fiona MacCarthy

Turner Noema

598 páginas. PVP: 29,90 euros

 

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