Visiones del continente americano en la Colección de Patricia Phelps
El Museo de Bellas Artes de Bilbao está a punto de presentar su ampliación y con ella van a coincidir varias exposiciones como la que se presentó el viernes pasado: Visiones de Ultramar. Artistas viajeros en la Colección Patricia Phelps de Cisneros junto con un epílogo del artista guipuzcoano, Asier Mendizabal, titulado El orbe según la colección J.L. La primera está comisariada por Estrella de Diego, catedrática de Historia del Arte de la UCM y Académica de Bellas Artes; y la segunda es una instalación que adquirió el Museo de Bilbao en 2025 y que tiene una cierta vinculación con la selección de obras de la primera. Ambos proyectos expositivos permanecerán abiertos hasta el 21 de enero.
La exposición, patrocinada por la Fundación BBVA, reúne más de 150 piezas, entre pinturas, dibujos, estampas, mapas, libros y fotografías, que abarcan desde el siglo XVII y XX. Este extraordinario conjunto de obras que forman parte de la Colección de Patricia Phelps de Cisneros- una gran mecenas de las artes y el coleccionismo- conforma un potente panorama visual de la historia del continente americano. Un singular espacio geográfico que suscitó la fascinación y curiosidad de numerosos artistas europeos y más tarde americanos, impresionados por la fuerza y diversidad del paisaje latinoamericano.
Hasta que las escuelas locales fueron emergiendo en América Latina a finales del siglo XIX, fueron algunos artistas europeos y viajeros con dotes artísticas o científicas quiénes pusieron la semilla de la curiosidad, y entre ellos mencionar el caso del pintor barroco Frans Post, maestro del paisaje, o la impronta que dejó en sus viajes el naturalista y geógrafo Alexander von Humboltd, de quien se ofrecen dos publicaciones que incluyen ejemplos de sus Naturgemälde, así como imágenes y relatos relevantes para futuros científicos, artistas y viajeros.
En la selección de obras realizada por Estrella de Diego se refleja el asombro que los principales elementos que conformaban el paisaje latinoamericano (los volcanes, las selvas y las costumbres de las personas que habitaban esos espacios) hicieron que se despertara el asombro de los artistas y viajeros europeos de un paisaje mucho más salvaje y no tan ordenado como el del viejo continente, aunque supieron trasladarlo a los estándares occidentales de la pintura paisajística del siglo XVIII.
El recorrido no solo permite rescatar el interés artístico de las obras expuestas sino sobre todo plasmar una crónica visual del Nuevo Mundo, al dejarnos testimonios de aspectos científicos, antropológicos, geográficos, arqueológicos o naturalistas que ayudaron a ensanchar el género del paisaje a una categoría mucho más compleja y completa que lo establecido en la Ilustración. Y para ello los responsables de esta delicada y sorprendente exposición han dividido este viaje en seis ámbitos temáticos: La llegada; Expediciones; El trabajo: Lo bello y lo pintoresco; Lo sublime; y El orbe según la colección J.L., de Asier Mendizabal.
El primer ámbito se centra en La llegada, donde los artistas y viajeros desde que llegaron a finales del siglo XV y posteriores, fueron evolucionando hasta plantearse la ordenación de mundo en el siglo XVIII con esa pretensión de catalogarlo todo, si bien más tarde en el siglo XIX optaron por reflejar un equilibrio entre libertad y domesticación en esa mirada a un continente inabarcable y la interacción con el ‘otro’.
Un buen ejemplo lo constituye el pintor del XVII, Frans Post, que pintaba sus paisajes a partir de fragmentos de la memoria después de dejar Brasil. Por un lado un paisaje realizado in situ con el protagonismo de los pájaros; y por otro a partir de retazos tras su vuelta a Europa, donde Post adapta el recuerdo a los gustos europeos. Y otros casos como el del alemán Johann Moritz Rugendas con esa Vista de Valparaíso (1842) o esa otra de un artista chino anónimo que ese mismo año representó la ciudad chilena, mismo motivo pero diferente modo de mirar y sentir el mundo.
En el apartado de expediciones, junto a las fotografías del explorador francés Jean Chaffanjon, encontramos deliciosas obras de Auguste Morisot durante el viaje que ambos compartieron al Orinoco en Venezuela. Y ahí encontramos una extraordinaria muestra de imágenes que nos hablan de las costumbres, de sus habitantes y de las plantas y animales que encontraron a su paso, legando para la posteridad su afán por el conocimiento y de abrirse a nuevos hallazgos en ese corpus de dibujos y fotografías en ese territorio definido por la mirada europea y lo ‘auténtico’ que hallaron durante su periplo viajero.
Resulta muy estimulante contemplar el mundo detallado de la ilustradora botánica Lydia Byam (única mujer presente en la muestra), un destacado ejemplo de lo que hizo entre los ilustradores del siglo XVIII, que querían mostrar en ‘casa’ las maravillas de lo lejano. Además el grupo de fotografías, a medida que esta disciplina evolucionó en los siglos XIX y XX, son reveladoras de cómo ese modo de detener lo visto, inherente a la fotografía, y que quizás garantiza cierto sesgo de verdad y de autenticidad, aunque visto como una construcción cultural desde Occidente.
El ecuador y tercer ámbito se dedica a reflejar el tema del trabajo: paisajes habitados por personas realizando tareas cotidianas y donde los viajeros no solo captan con su cámara o con sus pinceles o lápices a esos seres humanos que viven en esos territorios, donde se representan estereotipos desde nuestra ‘orilla’. Un ejemplo ilustrativo es ese óleo de William John Burchell, En el río cerca de Santos, Brasil (1835), una pieza de gran belleza, en la que se muestra una paradoja por lo que tiene de invención, algo bucólica, aunque despojada de cualquier conflicto social.
Precisamente de lo bello, lo pintoresco y lo sublime versan el cuarto y quinto ámbito. Son composiciones de gran belleza, exuberantes, pero donde a veces converge lo pintoresco para dotar a esos paisajes en torno a las ruinas y al paso del tiempo, en esa delgada línea que une lo exótico hasta convertirlo en algo extraordinario. Un buen ejemplo de ello es Paisaje con una ruina Maya (1839-1840), del viajero inglés Frederick Catherwood, dibujante, arquitecto y grabador, que supo documentar con precisión los restos de la civilización maya en medio de la naturaleza. Ya antes este explorador inglés había visitado ruinas en Sicilia, Grecia, Egipto y Turquía. Y otro tal vez una obra de Frederick Edwin Church, pintor estadounidense del XIX , que en este caso representa a un hombre admirando la cima nevada del volcán Cotopaxi en Ecuador.
Y por último, a modo de epílogo, una intervención artística de Asier Mendizabal (Ordizia, Guipúzcoa, 1973), El orbe según la colección J.L., una obra que parte de la colección de arte inca del poeta bilbaíno Juan Larrea y que donaría a la República española, durante la Guerra Civil. Gran parte de la exposición organizada en Quito en 2016 de Mendizábal, Problemas de estilo y vasijas de barro, fue adquirida por el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Ahora esta obra interacciona con los delicados objetos y pinturas de Visiones de Ultramar.




