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Un ‘San Antonio Abad’ para el Museu de Lleida

Este lunes el Museu de Lleida anunciaba la compra de una escultura del santo, en piedra policromada, realizada por los talleres ilerdenses del siglo XIV. Alberto Velasco Gonzàlez escribe en primera persona cómo ha sido la «aventura» de adquirir esta pieza, a la que sigue la pista desde 2016. 


Independientemente de la relevancia de la obra, que la tiene, la historia no llegaría mucho más lejos si no fuese porque detrás hay una trama que convierte la adquisición de este San Antonio Abad en una suerte de aventura. Como he tenido algo que ver, permítanme que sea algo egoísta, que no narcisista –como diría mi amigo Francesc Serés, escritor– y se lo explique. Vale la pena, créanme. Vayámonos a 2016. Por aquel entonces era conservador del Museu de Lleida. Ojeando catálogos de subasta me topé con algo que llamó poderosamente mi atención: la obra de la que les hablo. Aparecía en una venta organizada por Christie’s Londres con una parte de la colección de José Luis Várez Fisa y aparecía catalogada como «Spanish, probably Galicia».

Pero no, la piedra no hablaba gallego, sino catalán, y con un marcado acento leridano. Rápidamente identifiqué al artista porque se trataba de alguien a quien había dedicado algunos estudios. Se trataba del Maestro de Albesa, un escultor anónimo cuya principal obra es el retablo que aún hoy preside la iglesia de Albesa, una localidad situada a escasos quilómetros de Lleida. Nos hallamos ante un artífice que los expertos han englobado en la denominada «Escuela de Lleida de escultura del siglo XIV».

En cuanto detecté la pieza, propuse al museo y a la Generalitat de Catalunya que se comprase. Era una obra importante para el patrimonio leridano y era necesario hacer el esfuerzo. La Generalitat tenía algún dinero y dio el beneplácito, por eso viajé a Londres para inspeccionar la pieza, asegurar su originalidad, estado de conservación, etc. Estaba sucia, eso sí, pero en buen estado. Cuando llegué a la sala al día siguiente, me encontré con un importante coleccionista catalán al que conocía. Le miré y en mi fuero interno le maldije porque estaba convencido que venía a por mi san Antonio. Y él, estoy convencido, pensó lo mismo y me maldijo también a buen seguro. Los dos estábamos muy nerviosos y se nos notaba. Le dije algo que no recuerdo para intentar que no pujase y la encareciese, pero no funcionó.

Más tarde vino a saludarnos Sam Fogg, unos de los anticuarios más importantes del mundo entre los especializados en arte medieval. Tras una charla amena y cordial, el señor Fogg se fue a un rincón de la sala. Comenzó la subasta, ¡y vaya nervios! Suerte que la obra era el lote número 4 y salía pronto. Llegó el turno del san Antonio abad y comenzó el intercambio de golpes de paleta con el coleccionista. El combate estaba perdido de inicio, pero había que luchar hasta el límite marcado por la Generalitat. El coleccionista me superó, como era de esperar y me miró satisfecho. Ya la veía suya.

Con todo, Sam Fogg alzó discretamente la paleta desde el rincón de la sala, dejando al coleccionista descolocado. El anticuario inglés había dejado que nos peleásemos y, cuando acabamos, entró él astutamente. Jugada intimidatoria. El coleccionista no supo reaccionar y el subastador bajó el martillo. La pieza era para Fogg. Así que me fui al aeropuerto sin la escultura. ¿Saben ustedes aquello de ir a ver la final de la Champions y que tu equipo la pierda? Pues así me sentía yo. El viaje de regreso fue horroroso, con una maleta pesadísima llena de decepción.

Hace poco, curioseando en la web de Sam Fogg vi que había colgado la escultura, ya restaurada. Había quedado magnífica y lucía ahora con todo su esplendor trecentista. Noté una punzada en el corazón de la espinita que san Antonio me había dejado. Y me la tenía que sacar.

Me faltó tiempo para avisar a los responsables del Museu de Lleida y la maquinaria administrativa se puso en marcha. La Generalitat estaba de acuerdo, el museo hizo su trabajo y todo se alineó. Hablé con Sam Fogg, le expliqué la importancia de la pieza para el museo y le recordé que ya hacía cuatro años que la tenía (sería oportuno bajar el precio). Lo entendió y aceptó una rebaja considerable, de modo que ahora sí, la pieza era nuestra.

Así es como la escultura ha vuelto a Lleida. La Generalitat y el Museu han cerrado una operación muy interesante y se ha conseguido que la escultura vuelva a una tierra de donde no debía haber salido nunca. Esta es, sin duda, una gran noticia para el museo, que ha sufrido mucho en los últimos años como consecuencia de los litigios patrimoniales, entre ellos, el de los bienes del monasterio de Sigena.

Entre todos, cada uno con sus capacidades, debemos contribuir a hacer crecer la institución, como han hecho en fecha reciente los coleccionistas Tatxo Benet o Antoni Gelonch. Los que no tenemos peculio para efectuar grandes legados de obras, podemos realizarlo con los recursos de que disponemos, como el conocimiento. Si ustedes no son de mi gremio, lo que pueden hacer es visitarlo, porque también es suyo y la colección vale mucho la pena. Alberto Velasco Gonzàlez 

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