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Tres veces ocho: la pasión por la Ópera en CaixaForum Madrid


Algunos de los momentos estelares de la cultura han tenido como eje la Ópera, un género que ha sido considerado el arte total desde hace muchas generaciones, ya que en ella convergen la música, la literatura, la danza y las artes visuales, entre otras manifestaciones artísticas. Ahora Caixaforum Madrid presenta una exposición muy singular: Ópera. Pasión, poder y política, concebida por el Victoria and Albert Museum con la colaboración de la Royal Opera House y producida por ”la Caixa, con la colaboración del Gran Teatro del Liceu que incluye más de 300 piezas, desde pinturas, grabados, dibujos, partituras originales, instrumentos musicales, cine, video, ropa, enseres domésticos, escenografías, con grandes creadores no solo de la música sino también de la pintura o la moda, procedentes en su mayor parte del museo inglés pero también de una treintena de  instituciones que será una experiencia emotiva para los visitantes, que podrán visitarla desde mañana y hasta el 11 de agosto. Luego se trasladará a CaixaForum Barcelona.

El recorrido se ha estructurado en ocho ciudades europeas, con ocho compositores destacados dentro de la historia de la música y ocho estrenos que supusieron por uno u otro motivo hitos en la vida cultural de esas ciudades. Desde la Venecia de Claudio Monteverdi hasta el Leningrado de Dmitri Shostakóvich, con paradas en Londres y Georg Friedrich Händel; Viena y Wolfgang Amadeus Mozart; Milán y Giuseppe Verdi; París y Richard Wagner; Barcelona e Isaac Albéniz, y Dresde y Richard Strauss. Todo ese conjunto de momentos inolvidables de nuestro acervo cultural común será recordado por las personas que se acerquen a la exposición, que ofrece sorpresas y sugerencias constantes en un montaje original, donde la experiencia sonora enriquece notablemente la percepción del público y subraya que la ópera sigue estando muy viva en el siglo XXI y continúa reflejando la realidad social y cultural de la sociedad.

La directora general adjunta de la Fundación Bancaria ”la Caixa”, Elisa Durán, manifestó en la presentación que es una muestra muy especial porque la ópera fusiona todas las artes y en “nuestra fundación queremos ayudar a difundir y romper la barrera que pueda existir entre el público y la Ópera ”. Y anadió que es un viaje cultural y musical de cuatro siglos de la historia europea, destacando que en las muestras de Madrid y Barcelona se ha añadido la ópera de Isaac Albéniz, Pepita Jiménez, estrenada en el Gran Teatro del Liceu en 1896 sobre el proyecto expositivo que pudo verse en el Victoria & Albert Museum de Londres en 2017.

Por su parte, el director general del teatro lírico barcelonés, Valentín Oviedo, mencionó que en el recorrido hay momentos de extraordinaria belleza y agradeció la colaboración público privada, uno de los atributos del Liceu de Barcelona desde su fundación, y que nuevamente se refuerza en esta exposición organizada por la Fundación “la Caixa” y mostró su satisfacción por la inclusión de un ámbito dedicado a esta ópera de Albéniz, ya que simboliza el rico mundo personal del músico nacido en Camprodón (Girona)  y la transformación urbanística, social y cultural de Barcelona en la última década del siglo XIX.

Kate Bailey, conservadora senior del Departamento de Artes Escénicas del Victoria & Albert Museum y comisaria de Ópera. Pasión, poder y política, desveló en sus palabras los objetivos e hizo un recorrido pormenorizado por las piezas expuestas en los ocho ámbitos: ocho ciudades, ocho compositores y ocho estrenos, que permiten a los visitantes hacer una inmersión emocional y estética en momentos tan relevantes de la historia y cultura europea, desde la Venecia del siglo XVII a Leningrado en 1934, pasando por Londres, Viena, Milán, París, Barcelona o Dresde.

El género operístico nació a finales del siglo XVI, al principio de un modo restringido, pero gracias a compositores como Claudio Monteverdi llegó al gran público y se fue transformando a lo largo del tiempo, incorporando nuevos recursos estilísticos que han tenido en cuenta los cambios políticos, sociales y culturales. Casi siempre constituyen un reflejo de ese contexto histórico en el que vivieron los grandes músicos y su pasión por este arte total.

Gracias a la colaboración de Sennheiser, empresa especializada en auriculares de calidad, que se activan mediante un geolocalizador, la visita nos va introduciendo mediante audios por la Venecia del siglo XVII, primera parte de la muestra, que fija la atención en una de las grandes obras de Claudio Monteverdi, L’incoronazione di Poppea, estrenada en 1642, en una ciudad en decadencia pero que seguía con pasión las creaciones musicales y pictóricas, y en la que el músico italiano exploró el escándalo y la ambición con el trasfondo de un tiempo pasado, que evoca un hecho histórico real: la bella Poppea es amante de Nerón y ambiciona casarse con el emperador y tras sucesivas tragedias terminan casándose.  En ese espacio hay vistas venecianas a partir de Canaletto, un retrato de Monteverdi, un óleo a partir  de Bernardo Strozzi, copas de cristal veneciano, peine de madera de boj tallada  y, sobre todo, instrumentos musicales: un clavicémbalo de hacia 1531, una viola de gamba y un archilaúd.

Y de ahí al siglo XVIII con una ciudad como Londres en plena expansión urbanística, que acogía a músicos como Händel, quien estrenó su ópera Rinaldo en 1711, compuesta en italiano y caracterizada por una puesta en escena dramática. En las vestimentas de época, en las jarras de té, pero sobre todo en un grabado de William Hogart se representa cómo las multidudes acuden a a la ópera y las obras de Shakespeare dejaban de atraer tanto al gran público. Fue la época de los castratti , con los casos de Senesino y Farinelli, quizá los más conocidos cantantes, que eran castrados antes de la pubertad para preservar el timbre agudo y que alcanzaron mucha fama en ese momento. Hay un curioso mapa de Londres de Frederick de Wit, un retrato de Händel, atribuido a Balthasar Denner, diversas escenografías que reflejan el cosmopolitismo de la ciudad, tabaqueras y partituras originales.

De ese mundo barroco londinense a la Viena de Mozart y el estreno de Le nozze di Figaro en 1786. Es una sala luminosa, en la que llama la atención el piano que tocó el genio austríaco en Praga un año después del gran éxito que tuvo su estreno en Viena, pero también el busto de Voltaire y esos años que fijaron la Ilustración en Europa, las vistas de calles y planos de la capital del Imperio Austro-húngaro, la litografía coloreada en la que vemos a la familia Mozart, algunos vestidos de época, un cartel para el estreno de Le nozze di Figaro, que contextualizan un referente único en la música europea.

Poco más de medio siglo más tarde, y cuando todavía Austria controlaba gran parte del norte de Italia, en Milán se produce en 1842 el estreno de Nabucco, de Giuseppe Verdi. La capital lombarda era un hervidero de ideas pero sobre todo de agitación frente al enemigo austriaco. La Scala no solo era el templo de la mejor música en Italia sino un centro de reunión para conspirar y liberarse de la opresión de Austria. Su Nabucco y el coro de Va, pensiero, calaron en el público y casi terminó convirtiéndose siendo el himno nacional como se demostró cuando muere Verdi en 1901 y 250.000 personas entonaron esa música en su funeral. Desde perspectivas de la plaza del Duomo captadas por Amanzi Guerillot hasta un dibujo del interior de la Scala con vistas al escenario, pasando por la primera edición de la partitura de Nabucco en transcripción para piano y voz, la partitura manuscrita por Verdi del Va, pensiero sull’ali dorate, un cartel de la reposición de Nabucco en la Scala en otoño de 1842, o los diseños para los figurines de los principales personajes.

A mediados del siglo XIX y durante la última parte, París se terminó erigiendo en la capital mundial del arte y la cultura. En 1861 el compositor alemán Richard Wagner presentó allí, adaptada a la transformación de la ciudad, su ópera Tannhäuser, pero que no tuvo un éxito arrollador, aunque si inspiró a escritores y artistas, como se observa en las obras de Manet, Vuillard o Gervex, en esa escena de baile de la ópera de 1886, y que tuvo también su influjo en Baudelaire o Fantin-Latour en su Tannhäuser en Venusberg. Hay magníficas panorámicas de París, litografías de clases de ballet, anteojos de ópera, un canesú de noche, un óleo de Degas que capta la magia de una ópera.

La sexta parte dedicada al estreno de la ópera de Pepita Jiménez en 1896, de Isaac Albéniz, en el Gran Teatro del Liceu, constituye una novedad respecto a la muestra que se pudo ver en el Victoria & Albert Museum de Londres. Y además sirve para que los visitantes conozcan mejor la Barcelona modernista. Su estreno a finales del XIX supuso un paso adelante en la concepción de una ópera nacional española, así como una apuesta por una renovación estética de carácter europeísta en los tiempos del verismo italiano y del wagnerismo. En paralelo, en Barcelona, el Modernismo propiciaba un arte nuevo en un momento de profundas transformaciones urbanas, a la vez que en Madrid surgían las mejores joyas del género chico en la zarzuela. Las obras de Ramón Casas, con ese retrato que hizo de Albéniz o la elegancia de esas dos mujeres en El Liceu, la fuerza de sus carteles y la partitura original de la ópera constituyen momentos álgidos de esta sección de la exposición, que además pone el énfasis en  la Exposición Universal de 1888, en la recreación que se hace en una película de 1909 de Barcelona en tranvía, el menú del restaurante Els Qautre Gats, una cromolitografía de Pablo Picasso, o una de fotografías de Albéniz con su mecenas o tocando el piano junto a un grupo de amigos.

La conocida como Florencia del Elba, Dresde, fue una ciudad progresista y emblema del expresionismo artístico alemán con el grupo Die Brücke, que representaba el mundo femenino con un gran carga sexual. Richard Strauss estrenó en la Semperoper, abierta a propuestas innovadoras, su ópera Salomé, que llegó a provocar en el público reacciones vehementes, algunas de ellas apasionadas, no como en otras ciudades como Viena y Berlín, donde fueron censuradas o rechazadas por su atrevimiento. Todavía hoy el simbolismo de la hijastra de Herodes, rey de Judea, que se ha ido adaptando a la evolución de la sociedad continúa encarnando a una mujer empoderada pero también temida y sigue inspirando a numerosos artistas visuales. Hay una litografía que fija la imagen de Richard Strauss, vistas de la ciudad y de su Estación Central, grabados de Aubrey Beardsley para ilustrar la edición de la obra de Oscar Wilde en 1907, un calotipo del nuevo Teatro Real de Dresde, un dibujo con pastel de Kirchner, la litografía que hizo de Loie Fuller representando a Salomé de Georges de Feure y el diseño para el  Verdugo de Dalí.

La octava ópera explorada en detalle es Lady Macbeth de Shostakóvich, que se estrenó en Leningrado en 1934. Al principio el público la valoró como expresión de la nueva ópera soviética, pero fue prohibida posteriormente por la censura de Stalin. Shostakóvich no escribió más óperas. En ese espacio se ha recreado el estudio del compositor ruso, el material de vanguardia y propaganda, junto a partituras, diseños de figurines, fotos con poetas y directores de teatro del momento, libretos originales de algunas de las producciones de la ópera, así como alguna película de época que recrea la vida en la década de los años 30 en la Unión Soviética.

Y por último, la muestra concluye con imágenes de estrenos de los siglos XX y XXI, que revelan el viaje que ha tenido la ópera desde el viejo continente al resto del mundo y cómo continúa evolucionando al gusto más contemporáneo con ejemplos de óperas como Peter Grimes de Benjamin Britten, Einstein on the Beach de Philip Glass, Le Grand Macabre de György Ligeti o Mittwoch aus Licht de Karlheinz Stockhausen, entre otros. Julián H. Miranda 

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