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La estética renovadora de Toulouse-Lautrec y Montmartre


El período finisecular en la capital francesa fue de una gran actividad artística en diferentes disciplinas y en ese momento creadores como Henri de Toulouse-Lautrec, Signacg, Van Gogh, Bonnard, Ibels, Rivière, Valtat, Steinlen, Suzanne Valadon o Manet, unido al espíritu vanguardista que se desarrolló en Montmartre, un barrio marginal y empobrecido, que fue anexionado a París en 1860, en el se desarrolló un nuevo modo de entender el arte, gracias al intercambio del trabajo colaborativo y de conocimientos de creadores de diferentes disciplinas: pintura, música o teatro, que enriquecieron la mirada para captar de otro modo la vida moderna. Ahora CaixaForum Madrid presenta, tras su éxito en Barcelona donde fue visitada por más de 200.000 personas, Toulouse-Lautrec y el espíritu de Montmartre, que incluye 339 piezas, procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo, seleccionadas por Phillip Dennis Cate, crítico de arte y comisario independiente, una de las personas que mejor conoce la obra de Toulouse-Lautrec y de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX.

Elisa Durán, directora general adjunta de la Fundación «la Caixa», destacó en la presentación la importancia de un momento clave de la historia del arte, donde los artistas quisieron vivir una aventura colectiva y añadió que esta muestra nos permite «viajar en el tiempo y saber más de aquella época», uno de los objetivos que persigue CaixaForum en muchas de las muestras que organiza. Por su parte, el comisario Phillip Dennis Cate, subrayó que este grupo de artistas dio comienzo a un nuevo arte, cambiando las reglas del modo de entender el arte y también algunas de la sociedad en el siglo XX.

Un lugar geográfico, apartado del centro del París más oficial, se fue convirtiendo desde 1880 y hasta 1914 en un espacio creativo colectivo, donde bullían nuevas ideas de escritores, artistas plásticos radicales, músicos menos convencionales, dramaturgos que arriesgan, en suma un concepto más moderno de avanzar a una mayor libertad creativa, alejada de las zonas de confort que suponía el mundo académico, y que progresivamente iría fijando las nuevas aristas de la belleza del momento. Con un montaje elegante y sobrio la exposición permite una inmersión en esa vida nocturna e ir recorriendo con la imaginación el mundo bohemio, a través de pinturas, dibujos, grabados, esculturas, carteles, fotografías y algunos objetos de época como ese teatro de sombras cedido por el Museo del Precinema de Padua.

Henri de Toulouse-Lautrec (Albi, 1864- Saint-André-du-Bois, 1901), del que exhiben alrededor de 60 piezas, entre pinturas, dibujos y litografías, se erige en el epicentro fundamental de la exposición, no sólo por los logros estéticos que consiguió en sus obras, sino por la influencia que tuvo en escritores, músicos y otros pintores y grabadores, con los que compartió conocimientos y disciplinas efímeras como la estampación, el cartelismo, la ilustración de libros y revistas o el diseño de partituras. Todas ellas les sirvieron a estos creadores para llegar a más personas y salirse del estrecho marco académico. Fruto de esa mentalidad vanguardista e innovadora unos años después emergieron movimientos como el Cubismo, el Dadaísmo o el Surrealismo, estos últimos de algún modo heredero del grupo de artistas y escritores afines a Las Artes Incoherentes, que se había desarrollado en la década de los 80 del siglo XIX en Montmartre.

La muestra se estructura en nueve ámbitos, y en casi todos ellos la figura de ToulouseLautrec, bien por las obras expuestas en algunos de ellos como por el espíritu que irradió en las dos últimas décadas del siglo XIX y aún en las primeras del siglo XX, ya que muchos de los valores plasmados en numerosas piezas poseen las herramientas que caracterizaron al pintor de Albi: el humor, la ironía, la sátira, la caricatura, su modo de mirar y criticar la sociedad de su tiempo, la vida moderna con esos cabarés, salas de baile, teatros, el mundo de la mujer, la prostitución y sobre todo la independencia y rebeldía de la que hizo gala en su corta existencia porque murió con tan solo 37 años. Con el tiempo, este ambiente cultural y lúdico al que tanto contribuyeron Toulouse-Lautrec y sus coetáneos terminó siendo la bohemia que atrajo y sigue atrayendo a miles de artistas y turistas internacionales desde que París fuera la capital artística del mundo.

El recorrido se inicia con algunos paisajes de Montmartre, un espacio físico que se terminó convirtiendo en vanguardista por sus locales de entretenimiento y donde podemos admirar Le Moulin de la Galette, un óleo de Paul Signac, una curiosa representación de Pierre Marie Louis Vidal titulada La vie à Montmartre, que ilustra muy bien esa alegría de vivir de creadores, bailarinas con la silueta de los tejados y del Sacre Coeur al fondo que, en gran medida, evocan a artistas que supieron desafiar al sistema en una sociedad cada vez más compleja. En suma imágenes que nos introducen a una visión renovada del arte moderno francés y de algún modo universal.

El cabaré artístico Le Chat Noir tuvo dos momentos diferentes, el primero puesto en marcha en 1881 por un artista semifracasado como Rodolphe Salis, para atraer a escritores y creadores gracias a esa decoración neogótica y que contó con el diseño del letrero exterior de un artista como Adolphe Willette, un gato negro sobre una media luna. El grupo de Las Artes Incoherentes, organizado por Jules Lévy, organizó exposiciones y cultivaron con profusión el humor absurdo y antiburgués, con sorprendentes juegos visuales. La segunda época de Le Chat Noir fue a partir de 1885 en otro local cercano del mismo barrio, adquirido por el cantante Aristide Bruant que lo rebautizó como Mirliton, del que puede destacarse la sofisticación del teatro de sombras, creado por Henri Rivière en diferentes obras en las que participaban escritores, cantantes y músicos y que ya preludiaba muchos de los elementos del cine: movimiento, color y sonido. Una joya ese Teatro de Sombras portátil, de Rivière, propiedad del Museo del Precinema de Padua, que se exhibe en la exposición.

El arte periodístico y la vanguardia tuvo una gran incidencia porque fue un acicate para los dibujantes y pintores del momento, como Toulouse-Lautrec y los nabis, que aplicaban diseños lineales y planos sin dar tanta importancia al realismo anterior. Cuando Duchamp, Kupka o Picasso, del que se exhibe Le Frou Frou, dibujo inspirado en Lautrec,  están en París a comienzos del siglo XX ya conocían la influencia y el estilo de Steinlen, Willette o Ibels.

Los grabados y carteles originales en las dos últimas décadas del XIX junto al desarrollo de publicaciones como La Revue Blanche posibilitó que el mercado de estas dos disciplinas creciera como ocurrió con L’Estampe Originale, que publicó 97 grabados de 74 artistas entre 1893 y 1895, casi todos ellos relacionados con el universo creativo de Montmartre. Ahí Lautrec tuvo un protagonismo importante en una serie de portadas, con innovaciones como la litografía en color porque sirvieron de medio sistemático para difundir objetivos estéticos. No conviene olvidar que Jules Chéret fue uno de los padres artísticos del cartelismo y que influyó en creadores como Lautrec y otros a partir de 1870.

Los cafés y las salas de baile tuvieron un gran protagonismo en la vida y en el entretenimiento de los parisinos porque en ellos además del encuentro y la conversación también se organizaban conciertos y de esas actuaciones de cantantes y actores como Aristide Bruant, Ivette Guilbert, o de bailarines en el Moulin Rouge y el Moulin de la Galette, escenarios para la diversión pero también para la observación y la creatividad de Toulouse-Lautrec y de otros que inmortalizaron a estos personajes de la vida nocturna parisina. Y lo mismo ocurrió con el teatro y el espectáculo, con la fundación del Teatro Libre, donde se alternaban obras naturalistas de grandes escritores como Zola o los hermanos Goncourt, y junto a él otros teatros como el de la Oeuvre donde se produjo la pieza de Alfred Jarry, Ubu Roi, una visión amoral sobre la avaricia y la guerra. El decorado y las máscaras contó con la innovación de Bonnard, de Lautrec y Vuillard, entre otros.

Dentro de esa pasión por el entretenimiento, el circo ocupó un buen lugar para creadores como Toulouse-Lautrec en ese dibujo con grafito, pastel y carboncillo donde vemos a un jinete haciendo el paso español, o en la serie del álbum En el circo, con lápices de color sobre papel que fijaba la imagen de equilibristas o domadores de elefantes; los acróbatas de Bonnard o los dibujos de Ibels, no exentos de ironía, saludando al público.

Por último, sobresalen las obras en torno a la representación de la mujer a medida que algunas de ellas adquirían independencia económica y en algunos casos movilidad social, pero también la preocupación sanitaria por el fallecimiento de numerosos creadores por la sífilis al frecuentar la prostitución. Todo ese mundo doméstico y asimismo el interés por reflejar el círculo de las prostitutas hizo que muchos pintores cultivaran retratos realistas o interiores domésticos, desde el naturalismo a un cierto idealismo simbolista, En esa estancia encontramos tres buenos cuadros de Toulouse-Lautrec: Mujer sentada en la cama, un óleo de 1897; La pelirroja con  blusa blanca y Mujer en el jardín de Monsieur Forest, ambos de 1889;  varios óleos de Louis Valtat; un interior doméstico de Suzanne Valadon, junto a varios desnudos femeninos; o Mujer secándose el pie de Louis Legrand.  Julián H. Miranda

  • Hasta el 19 de mayo de 2019
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