En Actualidad

Tegeo, el rescate de un pintor liberal, independiente y olvidado

El Museo del Romanticismo recupera la figura de este autor murciano que vivió durante la primera mitad del siglo XIX y organiza la primera monográfica del artista, que fue precursor de la pintura de Historia, además de conocido retratista y pintor de cámara de Isabel II.



Ha desplazado al mismísimo Goya. Al menos temporalmente, en el Oratorio del Museo del Romanticismo. Rafael Tegeo (Caravaca de la Cruz, 1798 – Madrid, 1856) se ha apropiado de parte de las salas de la institución para reclamar un lugar que se le lleva negando desde hace años. Olvidado e ignorado a veces, este pintor fue coetáneo de Vicente López, Pérez Villaamil y Esquivel. Sus mejores retratos son capaces de competir con los de Federico Madrazo, igual que sus escenas de Historia; sin embargo, el nombre de Tegeo sigue siendo prácticamente desconocido.

Ya en 1919, Ignacio Zuloaga lo lamentaba: “No conocemos a nuestros artistas. Una historia de la pintura española durante el siglo XIX sería muy instructiva (…) Entonces se vería salir de la semi-oscuridad o de la oscuridad completa en que se tiene a una serie de artistas de cuyas obras no hemos sabido gustar”. Asunción Cardona y Carlos G. Navarro parecen haberse hecho eco de estas palabras un siglo después, al rescatar de la ‘oscuridad’ a uno de esos pintores olvidados. Un trabajo minucioso, acompañado de año y medio de investigación, cuyo resultado queda patente tanto en la exposición Rafael Tegeo, 1798-1856como en un cuidado catálogo que recoge prácticamente todo el corpus del autor.

Se exhibe también la pareja de retratos del matrimonio Galaup donados en 2018 al museo por José Luis Calderón del Yerro.

 

¿Quién fue en realidad Tegeo? Un pintor excepcional, liberal e independiente. Llegó a la capital con 22 años dispuesto a hacerse un hueco en la Corte. Poco después viajó a Roma por propia iniciativa, también a Florencia, para aprender de los maestros italianos. A su regreso a España, y consciente de su valía, solicitó en 1828 el ingreso en la Academia de San Fernando, institución de la que sería teniente director (en 1839, cuando sucedió en el cargo a José Madrazo). Dos años después, renunciaría al cargo porque consideraba que no le daban el reconocimiento que merecía.

Su carácter autosuficiente y su escasa habilidad social para participar de las intrigas y adulaciones de la Corte, le fueron apartando poco a poco de la primera línea. Además, el pintor formó parte de la Milicia Nacional y fue concejal en Madrid. Murió joven, con 58 años, sin un taller que pudiese defender su legado.

Conocido retratista de la época, pudo mantener su independencia económica gracias a encargos de liberales y miembros de la nobleza como el infante Sebastián Gabriel –sobrino del monarca– o los duques de San Fernando de Quiroga. Aunque no comulgaba con las ideas absolutistas, su maestría técnica y cromática llamaron la atención de Fernando VII, quien intervino para que le encargasen La comunión de san Jerónimo del altar mayor de la Iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, templo donde se celebraba la jura de los herederos de la corona de España como Príncipes de Asturias.

El boceto de este último cuadro, uno de los más grandes conservados en Madrid, es precisamente el que ha desbancado al San Gregorio de Goya que habitualmente se exhibe en el Oratorio. Ahora descansa junto a la Virgen del jilguero –última adquisición del museo– y una Inmaculada. Estas tres obras repasan la pintura religiosa del pintor, que cultivó otras facetas como el retrato o la pintura de Historia.

Todas ellas están presentes en la exposición del Museo del Romanticismo, que recoge una treintena de obras. “Hemos seleccionado lo mejor”, destaca Asunción Cardona, quien añade que el estudio exhaustivo del pintor ha llevado consigo nuevas dataciones y la desestimación de autoría de un par de retratos pertenecientes al museo que dirige. “Este tipo de trabajos sirven para que se investigue de un modo honesto las colecciones”.

El Museo del Prado ha cedido para la ocasión siete de los 15 tegeos que posee. A ellos debería sumarse el Combate de lapitas y centauros que William B. Jordan se comprometió a donar poco antes de morir. Patrimonio Nacional ha hecho lo propio con otras tres obras, una de ellas el “testamento artístico” del autor murciano. Episodio de la conquista de Málaga ofrece un soberbio conjunto de figuras cargadas de gestos y movimientos que narra el ataque fallido de Ibrahim-el Djerbi contra los Reyes Católicos; una composición donde el Moro Santo parece más un héroe que el villano asesino de monarcas.

La reunión de tal cantidad de obras, algunas completamente inéditas, otras poco vistas, ha permitido felices encuentros como Pedro Benítez y su hija María de la Cruz (hacia 1820) con Paula Bragaña Fernández con sus hijos (hacia 1820). Dos retratos de considerables dimensiones que muestran a toda una familia: por un lado, el padre con su hija; por el otro, su mujer con los otros dos hijos varones.

Otro interesante reencuentro se produce entre los dos cuadros que originalmente decoraban el tocador de la mujer del infante Sebastián Gabriel: Antíloco lleva a Aquiles la noticia del combate sobre el cadáver de Patroclo, de la Colección de José Antonio de Urbina, y Diomedes, asistido por Minerva, hiere a Marte, del Museo de Bellas Artes de Murcia. A pesar de ser del mismo año, 1831, poseen grandes diferencias. El primero bebe de las fuentes francesas –David e incluso Ingres–, el segundo se decanta por formas más italianas. Un ejemplo más de la maestría de un pintor que absorbió todo cuanto aprendió a su paso, en el tránsito del Clasicismo al Romanticismo.

Tegeo, otro artista recuperado de nuestro denostado siglo XIX, podrá descubrirse en el Museo del Romanticismo hasta el 17 de marzo de 2019. Sol G.Moreno

Recommended Posts
0

Start typing and press Enter to search