Solo hacen falta 42 obras para conocer a Zurbarán
La National Gallery de Londres acoge la mayor retrospectiva dedicada al artista en Reino Unido y recorre toda su trayectoria en un número récord de piezas. Este trabajo de síntesis también propone nuevos descubrimientos y aportaciones a su catálogo razonado.
¿Cuántas obras son necesarias para narrar la carrera de un maestro? Es habitual que en las grandes exposiciones monográficas con proyección internacional las piezas se cuenten por cientos. Al fin y al cabo, la crítica premia la exhaustividad (de la misma manera que se expresa en largos textos). A veces, los que las visitamos llegamos exhaustos a las últimas salas a pesar de nuestro entusiasmo.
Aun así, es difícil debatir contra la idea de que, en un museo, más es siempre mejor. Pero no es imposible. En el ecosistema artístico actual, el rol del comisario está cada vez más mezclado con el del artista. El primero ya no se limita a inventariar y presentar de manera aséptica sus hallazgos, sino que vuelca su punto de vista –y podríamos decir su creatividad– en el producto final.
De esta manera, seamos un poco polémicos y consideremos, por un momento, las exposiciones como obras en sí mismas. Y, siguiendo la tendencia duchampiana, califiquemos el “simple” acto de elegir una u otra pieza como la expresión de una voluntad artística.
Esto da un vuelco a la noción de que incluir más es siempre mejor. Durante siglos, los artistas han estado obsesionados con que sus creaciones tengan los elementos justos para su función –ya sea narrativa o no–, tal y como explica muy elocuentemente Gombrich al hablar de La calumnia de Apeles de Botticelli. Nada sobra, no falta nada, y si variase un elemento sería suficiente para que la obra no estuviese completa.
En escritura ocurre lo mismo, un texto siempre mejora formalmente cuantas más cosas se le quiten (como podría pasarle a este). La síntesis conduce a la excelencia artística, y la National Gallery nos ha demostrado que está de acuerdo.
Todavía en la resaca de su 200 aniversario, con una casi recién restaurada Ala Sainsbury y una ampliación diseñada por Kengo Kuma anunciada, el museo se ha propuesto familiarizar al público británico con la figura de Francisco de Zurbarán. La monográfica, comisariada por Francesca Whitlum-Cooperm Daniel Sobrino Ralston, Imogen Tedbury –con la colaboración de Molly Ailsa Ingham– es la primera de su tipo y ambición que se hace en Reino Unido.
La National quería poder narrar la vida y obra de uno de los artistas más célebres de nuestro Siglo de Oro y a la cuestión que formulábamos en un principio –¿cuántas obras hacen falta para conocer a un maestro?–, nos da una contundente respuesta: 42 (quiero pensar que no he sido el único en acordarme de Guía del autoestopista galáctico). Esto frente a un corpus de unas 280 de su mano (y una ingente cantidad salida de su prolífico taller).
Este es el órdago de los comisarios al visitante: que con menos de medio centenar de piezas –38 suyas– se pueda comprender a Zurbarán. Y cualquiera que visite la exposición deberá reconocer que han tenido éxito. La muestra es un alarde de gusto y conocimiento.
De hecho, ni siquiera se han incluido todas las pinturas de Zurbarán que posee la National Gallery en la muestra. En las salas recién reordenadas de la colección permanente –dónde uno se puede llevar alguna que otra sorpresa– sigue expuesto un San Francisco que no se incluyó por no considerarse esencial para entender al artista.
Desde el comienzo del recorrido Zurbarán exige tu renuncia incondicional con el imponente Cristo crucificado del Art Institute of Chicago. Es una de sus primeras pinturas conservadas –1627– y comparte espacio junto con San Serapio –ya restaurado por completo, a diferencia de la última vez que se le vio en el Thyssen– y La aparición de san Pedro a san Pedro Nolasco (procedente del Museo del Prado como muchos de los préstamos congregados).
Esa primera impresión monumental es un recurso que la National Gallery domina a la perfección incluso en su colección permanente (es llamativo como siempre al final de sus largos pasillos hay obras que tiran de uno, desde el famoso caballo de Stubs, el Martirio de san Sebatián de Pollaiuolo o el Autorretrato de Vigée Le Brun, casi indiscernible en la distancia).
En el caso de Zurbarán esos puntos cardinales son la citada Crucifixión, la Santa Casilda del Thyssen, el Bodegón con limones, naranjas y una rosa del Norton Simon –un agradable reencuentro después de haber sido obra invitada en el Prado– y el Agnus Dei del Museo del Prado.
Entre tanto deleite, una de las importantes aportaciones científicas –que las hay– es la propuesta de reconstrucción del retablo de Nuestra Señora de la Defensión de Jerez de la Frontera, de los que se han reunido por primera vez en más de un siglo la Adoración de los Magos y La circuncisión del Museo de Grenoble junto con la espectacular Virgen del Rosario con monjes cartujos de la Fundación Raczynski del Museo Nacional de Poznan en Polonia.
También figura, con su atribución a Zurbarán, la Cabeza monumental –que los madrileños damos por sentada en la escalera del Prado– sobre la que se especula su función original, llegando a la hipótesis de un montaje escenográfico.
Pero es aún más importante la presencia de dos Alcarrazas inéditas y recién atribuidas al maestro. En el catálogo, Charlotte Chastel-Rousseau describe su importancia no solo por tratarse de modelos que Zurbarán utilizaría en otras composiciones, sino por la presencia de sendos números de inventario –884 y 885– acompañados de una flor de lis.
De esta manera, queda probada su procedencia en las colecciones de Isabel de Farnesio, que las habría adquirido entre 1729 y 1733 durante la estancia de la corte en Sevilla. En 1746 se mencionan en el inventario del Palacio Real de La Granja y, más adelante, se atribuyen erróneamente a Murillo o a escuela sevillana.
El último registro en las colecciones reales data de 1814. En 1839 ya forman parte de la testamentaría de un comerciante vasco, Pedro Domecq Lembeye. El matrimonio de su hija con un noble francés propiciaría la salida del país de las pinturas, que permanecieron en manos de la misma familia hasta que en 2024 se sometieron a diversos análisis para testar la autoría de Zurbarán, que se ha acabado aceptando.
Para acompañar a estos descubrimientos, se expone la Naturaleza muerta con cuatro cacharros del MNAC que contiene réplicas exactas de las dos cerámicas (como también lo hace la versión del Prado, que no ha viajado).
Si las nuevas alcarrazas se comparan de cerca con las del museo barcelonés, no solo se puede comprobar que son exactas en tamaño –sugiriendo que se podían tratar de modelos para reproducir en distintas composiciones–, sino que se encuentran en un estado de conservación superior a las del MNAC, cuyas reintegraciones son ahora más visibles que nunca.
Estas son solo algunos de los detalles de una exposición tan condensada que impulsa a visitarla una y otra vez, para desgranar poco a poco los detalles de un maestro destinado a un lugar más prominente en el canon internacional. Puede visitarse hasta el 23 de agosto en Londres y viajará más adelante al Louvre y al Art Institute of Chicago.









