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Diario íntimo y dramático de Olga, la primera mujer de Picasso

CaixaForum presenta una exposición centrada en el llamado periodo neoclásico del artista, cuya musa principal fue la bailarina ucraniana: amante, esposa y madre de su primer hijo. Un baúl cargado de cartas, recuerdos y fotografías de juventud de Olga son el punto de partida de las 335 piezas, algunas de ellas inéditas, que recalan ahora en Madrid para reconstruir la relación convulsa del pintor y la ‘sobrina del zar’.



Es la crónica de una historia de amor –con triste final– contada en imágenes. La de Olga Khokhlova y Pablo Picasso, una pareja que se conoció en 1917 en Italia durante la inauguración del ballet Parade y cuya relación marcó uno de los periodos más fructíferos del pintor malagueño: su etapa neoclásica. Ella era una bailarina de la compañía rusa liderada por Diaghilev; él, un reputado artista que venía de triunfar con el Cubismo y que había participado en el decorado del espectáculo.

Vivieron juntos cerca de 20 años, dos décadas durante las cuales Olga fue la modelo perfecta para el artista, que la inmortalizó con líneas finas y elegantes, a la manera de Ingres; sentada en un sillón, leyendo, escribiendo… Una figura clásica, renacentista incluso, que inunda repentinamente toda la obra de Picasso durante la segunda década del siglo XX. Hasta que el pintor se cansó de ella. Entonces la musa se convirtió en monstruo; los rasgos se afilaron, las figura humana se descompuso y los colores se tornaron grises y apagados.

Basta con ver los retratos iniciales de 1917 y compararlos con el que pintó en 1929 titulado Gran desnudo en un sillón rojo. La figura deforme y violenta de este último nada tiene que ver con la serenidad de ese rostro pintado en el mismo sillón diez años antes. ¿Qué paso entre esas dos fechas y hasta la muerte de Olga en 1955? Ese es el relato que trata de reconstruir precisamente la muestra.

Fotografías y vídeos de la pareja, cartas, documentación y retratos, muchos retratos, conforman el diario íntimo de esta bailarina nacida en Ucrania, cuyo nombre da título a la última exposición de CaixaForum Madrid. Olga Picasso se propone, por tanto, reconstruir la convulsa relación entre el artista y ‘la sobrina del zar’ –así se presentó ella al que sería su futuro marido–, desde una perspectiva inédita hasta la fecha.

El origen del proyecto parte de un baúl de viaje de la bailarina, «único objeto que se llevó mi padre tras la muerte de Olga», explica Bernard Ruiz-Picasso. Un gran mueble de madera con 11 compartimentos y las iniciales OP que condensa gran parte de sus recuerdos. Había permanecido abandonado en la mansión familiar de Boisgeloup sin que nadie lo abriese, ni siquiera su hijo Paulo.

EL ORIGEN DEL PROYECTO PARTE DE UN BAÚL DE VIAJE DE LA BAILARINA CON 11 COMPARTIMENTOS Y LAS INICIALES OP QUE CONDENSA GRAN PARTE DE SUS RECUERDOS.

«En algunos de sus cajones había, entre otras cosas, fotografías conservadas dentro de sus sobres Kodak. Unas fotografías que contaban la historia de la vida de mi abuela: Olga con Picasso, Olga con mi padre, la infancia de mi padre, los viajes a Barcelona y a Montecarlo, etc. En otros cajones había cartas en francés y en ruso, atadas con cintas finas de seda rosa y azul. También había zapatillas de danza, tutus, un crucifijo, una Biblia ortodoxa en ruso, efemérides y programas de ballet», recuerda su nieto, el único que se ha atrevido a bucear en esta documentación y uno de los tres comisarios de la exposición.

A partir del contenido de este baúl y de las traducciones de las cartas, muchas de ellas escritas por su familia ucraniana, se ha podido dibujar un nuevo perfil de la musa picassiana, que dista bastante de la imagen plasmada por Picasso en su obra. Olga fue una mujer alegre y con un futuro prometedor por delante, sin embargo vivió un doble drama: en 1915 se despidió de su familia sin imaginar que nunca más volvería a verla, además el estallido de la Revolución rusa le arrebató a los Khokhlova todas sus riquezas, incluido un padre y un hijo.

En segundo lugar, vivió un drama emocional. Sufrió la vergüenza de una infidelidad continuada de su marido con Marie-Thérèse Walter. Esta joven de 17 años fue quien la desplazó del corazón y la paleta de Picasso quien, a partir de 1927, cambió de amante, de musa y de estilo (más cercano al surrealismo). Fruto de esa turbulenta experiencia conyugal son las crucifixiones y corridas de toros de la década de los treinta, a las que se suma la aparición del minotauro picassiano «salvaje y cruel».

El matrimonio se separó definitivamente en 1935, cuando Olga se enteró de que su marido esperaba una hija de su amante y abandonó el domicilio conyugal. Sin embargo, siguieron casados legalmente hasta la muerte de la bailarina, en 1955. El divorcio, debió de pensar Picasso, le habría salido demasiado caro. Su mujer, sumida en la soledad y el dolor, no dejó de escribirle casi diariamente hasta que el cáncer acabó con su vida; el artista, entretenido con una nueva amante, no acudió al funeral.

«La visión parcial y negativa que se tenía de Olga ahora cambia» gracias a las cartas y documentos descubiertos, explica Joachim Pisarro, co-comisario junto al nieto del artista y a Emilia Philippot. Olga Picasso acaba su periplo en Madrid, tras haberse podido ver también en el Musée national Picasso-Paris, el Museo Pushkin y el Museo Picasso de Málaga, instituciones organizadoras de la exposición junto a La Caixa.

Hasta el 22 de septiembre. Sol G. Moreno

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