NÚMERO 19 | JULIO-SEPTIEMBRE 2013

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| PRESENTACIÓN

EL OJO PICTÓRICO

Hace ahora dos años entrevistamos en su casa de la Ronda de Sant Pere a José Milicua. Estaba a punto de cumplir 90 años, pero su lucidez seguía siendo sorprendente. No era la primera vez que nos veíamos. Conversábamos a menudo aprovechando sus viajes a Madrid para asistir al patronato del Museo del Prado. Pasábamos revista al último número de ARS, a los «descubrimientos» que publicábamos y a las novedades del mundo del arte.

En aquella entrevista repitió algo que ya le había escuchado otras veces. Hablábamos de la investigación en el mundo del arte: «Me temo que falta curiosidad, y cuando no hay curiosidad, los hallazgos se resisten». Recordé esta frase durante unas conferencias en Las Palmas de Gran Canaria que homenajearon sus trabajos sobre Ribera. Acababa de fallecer esa misma semana. En el descanso, se acercaron dos jóvenes historiadores del arte para ofrecer sendos descubrimientos que querían publicar en nuestra revista. Quizá eran la respuesta de Milicua ante mis dudas sobre el futuro: «Hay que confiar en la gente joven. Igual que aquellos confiaron en nosotros. ¡Y queda tanto por hacer!».

Es verdad. Queda mucho por hacer. En este número, José María Quesada, autor de varios artículos sobre Pedro Núñez del Valle (hacia 1590/94-1649) –uno de los pintores madrileños que trajeron de Italia el caravaggismo– añade nuevas obras a su corpus y aporta nuevos datos sobre su biografía y formación. También plantea dudas sobre otras atribuciones. No es mala la duda. Es la que conduce a Alfonso Rodríguez G. de Ceballos a atribuir a Pompeo Leoni un soberbio Cristo crucificado que posee la Academia de San Fernando desde el siglo XIX. Otro artículo para no perderse. Ya lo decía Roberto Longhi, el maestro de Milicua: «Hay que poner en tela de juicio incluso que el autor de la Capilla Sixtina sea Miguel Ángel». Manuela Mena recuerda en su entrevista esta frase. La duda para avanzar y el ojo pictórico para confirmar. Todo un método que llenó la vida de José Milicua.

Por Fernando Rayón

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