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Pompeya muestra de nuevo su esplendoroso pasado

El pasado 25 de enero reabrió sus puertas, tras décadas de cierre forzado, el Antiquarium de Pompeya, un espacio situado en el acceso al sitio arqueológico en el que se narra la historia de la ciudad desde su fundación hasta su destrucción en el siglo I d.C. El edificio acoge algunos de los más recientes descubrimientos arqueológicos junto a frescos procedentes de diferentes edificios de la ciudad. Este último repertorio se acaba de enriquecer con la excavación de un termopolio hallado recientemente que ha descubierto nuevas pinturas de excepcional calidad.


En el año 79 d.C. el Vesubio sepultó la ciudad de Pompeya bajo sus cenizas. Hubo que esperar a 1748 para su redescubrimiento (en esos mismos años habían aflorado Herculano y Estabia), cuando los Borbones españoles aún gobernaban el sur de Italia. Desde entonces, la ciudad no ha dejado de sorprender por sus constantes descubrimientos arqueológicos, que han permitido reconstruir al milímetro, como en ningún otro lugar, la vida cotidiana de una gran urbe del antiguo imperio romano.

Con una afluencia cada vez mayor de visitantes, las autoridades italianas decidieron construir a finales del siglo XIX el Antiquarium, un edificio de carácter museístico en el acceso al sitio arqueológico en el que se mostrasen de manera permanente algunos de los objetos más sobresalientes de las excavaciones, con la finalidad de ilustrar la historia de la antigua Pompeya. Este primer complejo fue inaugurado en 1873 por Giuseppe Fiorelli, el primer arqueólogo «moderno» de la ciudad y primer director del museo, descubridor entre otros de los cadáveres que quedaron sepultados tras la erupción del Vesubio.

En 1926 Amadeo Mauri amplió el edificio, pero los daños causados por el bombardeo de 1943 durante la Segunda Guerra Mundial obligaron a su cierre. Tras su reapertura en 1948, un nuevo acontecimiento obligó a su clausura, el terremoto de 1980. Desde entonces, el Antiquarium ha permanecido cerrado hasta 2006, cuando pudo volver a visitarse, aunque solo para acoger pequeñas exposiciones temporales.

Ha habido que esperar hasta ahora para que el edificio recupere su función original: mostrar la historia de la ciudad desde sus orígenes hasta su destrucción en el 79 d.C. Cuenta además con el aliciente de mostrar por primera vez algunos de los objetos arqueológicos que han ido apareciendo durante las últimas décadas, como los adornos en estuco de la Casa de Orión o el tesoro de amuletos hallados en la denominada Casa con Jardín.

El recorrido expositivo se desarrolla a lo largo de varios espacios ordenados de manera cronológica. El primero aborda su descubrimiento en 1748 y sus primeros visitantes, entre los cuales destaca Goethe (en 1786).

«Roma vs Pompei» y «Pompei difficile est» aborda los años difíciles en torno a las guerras del siglo I a.C. y la creación de la colonia de veteranos del ejército de Sila a partir del año 80 a.C. Esta última supuso una grandísima renovación de la ciudad, con la construcción de nuevos edificios públicos y, sobre todo, de las grandes residencias aristocráticas en los exteriores (como la Villa de los Misterios).

«Tota Italia» e «Hic habitat felicitas» redundan en la época dorada de Pompeya bajo el poder imperial con la llegada de Augusto y sus sucesores, que se refleja en una nueva renovación de los espacios para adecuarlos a los gustos artísticos del momento. Los dos últimos espacios, «A fundamentis reficere» y «L’ultimo giorno», llevan por fin a los últimos días de la ciudad, con el terremoto del año 62 d.C. y, cuando aún se estaba recuperando, la erupción del Vesubio el 24 de agosto –recientes investigaciones apuntan más bien al 24 de octubre– del 79 d.C., cuando el volcán la sepultó hasta hacerla desaparecer por completo.

En sintonía con lo anterior, es de recibo abordar también uno de los últimos y más sorprendentes hallazgos arqueológicos que ha proporcionado la ciudad vesubiana: los trabajos que han permitido recuperar casi intacto un termopolio, es decir; un establecimiento donde se podía comprar comida lista para llevar. Se sitúa en la Regio V, en un concurrido lugar frente a una plaza en la que también han aparecido una cisterna, una fuente y una torre de distribución de agua para la zona.

Como apuntaba Massimo Osanna, director general ad interim del sitio arqueológico, durante su presentación a los medios hace algunas semanas, la excavación había comenzado en 2019, cuando emergió el «bancone» (la barra) del establecimiento. En su frente se descubrió en excelente estado de conservación una representación al fresco de una nereida sobre un hipocampo, una clara alusión a la ya mencionada fuente que se encontraba en la plaza.

La sorpresa llegó cuando se retomó la excavación durante la campaña de 2020, que ha dado como resultado la aparición, en el otro lado de la barra correspondiente al interior del establecimiento, de más pinturas al fresco con representaciones de naturalezas muertas vinculadas a la función del edificio; y junto a ellas, restos de alimentos, huesos de animales y víctimas de la erupción.

Los animales representados en esta parte de la barra parecen ser aquellos mismos que se consumían en el local: gallos y dos ánades ya sacrificados esperando a ser cocinados. Junto a ellos, aparece un perro atado –acaso el animal del dueño– junto al que se halla un grafiti con el texto «Nicia cineade cacator».

Lo verdaderamente importante de todo ello, como señaló Osanna, es que se trata de la primera vez que se ha excavado un termopolio completo, empleando para ello las nuevas tecnologías de análisis no solo en las pinturas, sino también en los restos aparecidos en los recipientes (perfectamente conservados) y en todo el local, en el que además han participado de manera interdisciplinar de distintos especialistas.

Como se puede comprobar, los hallazgos que aún siguen aflorando en Pompeya –y los que aún quedan por descubrir– muestran mejor que nunca cómo eran las ciudades del antiguo imperio romana, no solo los espacios destinados al lujo y al recreo de los más ricos, sino también aquellos en los que convivía la ciudadanía. Estos últimos son además testimonio de hasta qué punto se había desarrollado en el siglo I d.C. la ingeniería civil, con una población cuyos usos y costumbres, como demuestra el termopolio, no diferían mucho de las que aún hoy vivimos.

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