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El fulgor artístico de París desde su liberación a Mayo del 68


Ahora que el Museo Reina Sofía ha organizado con la colaboración de la Comunidad de Madrid una exposición ambiciosa París pese a todo. Artistas extranjeros 1944-1968, me vienen a la memoria dos libros que ilustran algunos momentos únicos de la capital francesa, el primero de Ernest Hemingway París era una fiesta, publicado en la década de los 60 del pasado siglo, que relata  los recuerdos de la bohemia que el escritor norteamericano retuvo tras sus estancias en la capital francesa; y más recientemente otro libro menos novelado del escritor Alan Riding Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis, muy esclarecedor de lo que hicieron algunos artistas e intelectuales que se opusieron a los nazis, otros que convivieron con la situación y algunos que colaboraron activamente durante la ocupación.

La muestra del Reina Sofía, comisariada por Serge Guilbaut, uno de los grandes expertos del período posterior a la liberación de París en 1944, revisa la historia e historiografía del arte a través de más de 200 obras, entre pinturas, esculturas, fotografías, cine, música y revistas, de más de 100 artistas. Constituye de algún modo una continuación de lo descrito por Riding en su libro y ofrece luz y una honda reflexión sobre la producción cultural de los siguientes veinticuatro años en la Ciudad de la Luz, que siguió atrayendo talento creador de numerosos países de América, África, Asia y por supuesto del resto de Europa.

En la presentación el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, dijo que es una ocasión para repensar un período histórico complejo, no siempre alineado con lo oficial, en un espacio de libertad como era París, ciudad en la que surgían complicidades entre los creadores. La directora general de Promoción Cultural de la Comunidad de Madrid, María Pardo, ahondó en la idea de libertad y añadió que la pluralidad quizá sea una palabra que define muy bien estos años por la diversidad de géneros y tendencias creativas. Por su parte, Serge Guilbaut subrayó que el objetivo ha sido reflexionar y reconstruir lo ocurrido en la historia de esos 24 años en París, ciudad que ya no era tan faro por la importancia de Nueva York, pero que supo  mantener sus señas de identidad, ya que los artistas migrantes de otros países, incluso norteamericanos, encontraban en París una sociedad más abierta que la neoyorquina, muy condicionada por el mercado.

En ese elenco de artistas que llegaron a la capital francesa, muchos lo hicieron antes como Kandinsky, Nicolas de Staël o Picasso, otros por sentirse atraídos por la imagen bohemia y porque esperaban encontrar una atmósfera especial para desarrollar su talento, mientras que un tercer grupo fue por sentirse discriminación por razones políticas, raciales o de género. Nombres como  Eduardo Arroyo, Atlan, Claire Falkenstein, Carmen Herrera, Ellsworth Kelly, Chillida, Matta, Palazuelo, Nancy Spero, Rufino Tamayo, Tinguely, Viera da Silva o Zao Wou-Ki, entre otros, junto a fotógrafos como Sabine Weiss y Marcel Fleiss sintetizan el aire que París seguía transmitiendo a los artistas.

Muchos de ellos seguían viendo a París como un lugar permeable a las nuevas tendencias, en un período muy polarizado políticamente por la Guerra Fría y la dicotomía entre una sociedad de consumo y la crítica de los movimientos antimperialistas y anticolonialistas, pero donde la Ciudad de la Luz continuaba apostando por enfoques más plurales y atentos a lo que se estaba gestando en esos momentos porque como menciona el comisario de la exposición citando al crítico de arte Michel Florisoone “el genio francés necesita a los extranjeros para funcionar”. París y su escuela ya no ocupaba la centralidad artística como en las décadas anteriores, dando paso a Nueva York y al expresionismo abstracto, movimiento que contaba con apoyo político, económico y del mercado del arte a partir de los años 40.

La exposición se articula en doce espacios con un recorrido cronológico que arranca con Kandinsky, fallecido en noviembre de 1944, con un par de óleos: Alrededor de la línea y El conglomerado, ambos de 1943, y sigue con una figura consagrada como Pablo Picasso, homenajeado en el Salón de Otoño de 1944, del que se muestran varias obras: El niño de las Palomas, 1943 y también La cocina, una realidad más abstracta concebida por el genio malagueño en 1948; sin embargo la situación era diversa como se trasluce al contemplar Tres desnudos, 1949, una composición de realismo existencial de Bernard  Buffet.

En esos años hubo diferentes modos de abordar los lenguajes plásticos como lo hizo el checo Jan Krizek en sus pequeñas esculturas de estilo Art Brut, la abstracción geométrica de Carmen Herrera o Wifredo Arcay o el singular surrealismo del argelino Atlan, sin olvidar las propuestas de Geer van Velde y de Wols o del grupo de artistas ligados a la Galería Huit, espacio creado por Al Held, Handler y Haywood Bill Rivers, en que que también caben las esculturas del japonés Tajiri como ese sentido Lamento por Lady (para Billie Holliday), realizado en 1953 a partir de una trompeta de jazz y que simboliza cómo ese tipo de música inspiró a numerosos artistas plásticos. Del artista japonés también se exhibe en un monitor la película Las víboras, filmada dos años después, para documentar el ambiente artístico de París.

Y de nuevo una película como Un americano en París, dirigida por Vicent Minelli en 1951, da paso a un nuevo espacio con piezas de José García Tella, quien denunció en sus composiciones esa imagen estereotipada de París proyectada por el cine norteamericano porque la realidad cotidiana no coincidía con esta visión idílica de Minelli como vemos en La boca del metro, 1953. Además encontramos obras de Sam Francis o una escultura de Eduardo Chillida, El espíritu de los pájaros I, de 1952 y otra escultura de Claire Falkenstein, y una abstracción geométrica de Pablo Palazuelo titulada Alborada, creada en 1952, en las que el madrileño proyecta espacios utópicos con  gran equilibrio de forma y color.

En ese recorrido hay un espacio dedicado a CoBrA (Copenhague, Bruselas, Ämsterdam), grupo internacional fundado en París en 1948 por artistas como Asger Jorn, Karel Appel y Pierre Corneille, a los que sumaron otros como Alechinsky, Atlan, Noiret o Doutremont, que apostaron por un arte libre y experimental, que tenía raíces surrealistas y una intención de expresar el gesto inconsciente, que en cierto modo les conecta con el Action Painting norteamericano. Estos pintores crearon imágenes aterradoras, a veces cargadas de humor, que representaban formas primitivas que querían conectar con la alienación que latía en una sociedad cada vez más consumista como la que surgió en Europa tras la posguerra.

En la década de los 50 cerraba un espacio artístico como la galería Huit y abría otra como la Arnaud, galería creada por John Koenig y Jean Robert Arnaud, que hicieron posible la exhibición de pinturas de Ellsworth Kelly, Jeanne Copel, una composición magnífica de Luis Feito y dos de Ida Karskaya, casi todos en la senda de la abstracción. Otra galería como la Denise René organizó una exposición en 1955 con el título Le mouvement, dedicada a la abstracción geométrica, en la que mostraron sus composiciones Marcel Duchamp, Calder, junto a Tinguely y Vasarely, interesados en el arte cinético y el op art.

Conviene recordar que en la abstracción lírica y con una poética muy personal desarrollaban sus obras creadores tan refinados como Nicolas de Staël, artista nacionalizado francés de origen ruso, o Ed Clark, pero también la llegada de Zao Wou Ki o Chun The-Chun, dos artistas chinos que introdujeron en ese ecosistema parisino grafías de su cultura milenaria.

Sin embargo, los procesos de descolonización  hicieron que muchos artistas tomaran un ángulo crítico como el argelino Mohammed Khadda y de otros porque cuando estalló la Guerra de Argelia (1954-1962) despertó la solidaridad crítica de artistas como Roberto Matta en La cuestión (1958) o de los italianos Enrico Baj, Roberto Crippa, Gianni Dova y Antonio Recalcati, del francés Lebel y del islandés Erró, que hicieron un mural colectivo titulado Gran cuadro antifascista colectivo en 1960 y que permaneció oculto durante 23 años.

Respecto a la crítica a la sociedad consumista encontramos las aristas de pintoras como Nancy Spero para atacar lo que ella consideraba reaccionaria cultura norteamericana, mientras que en la década de los 60 la mirada del argentino Antonio Berni en Juanito va a la ciudad, el Dinero francés II, 1962, de Larry Rivers o Los cuatro dictadores, 1963, del polifacético Eduardo Arroyo, fallecido el pasado mes de octubre en Madrid. Precisamente esa crítica evidencia una distancia el arte que se hacía en París en ese período con el Arte Pop norteamericano y quizá podía preludiar la efervescencia crítica que se produciría en 1968 con el Mayo francés y otros movimientos en países europeos y en los Estados Unidos de América. Julián H. Miranda

Hasta el 22 de abril de 2019

  • Esta exposición será objeto de un largo reportaje en el número 41 de ARS Magazine, que saldrá a la venta a finales de la próxima semana.
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