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Libre interpretación en las obras de Esther Ferrer


A partir del viernes se podrán visitar (y experimentar) en el Guggenheim de Bilbao las instalaciones de Esther Ferrer, la pionera de la performance en España. Tiempo y espacio son los dos ingredientes básicos de su creatividad, a los cuales nunca le falta añadir la interacción del público, objetivo primordial de la artista donostiarra.


La interpretación del espectador es fundamental en una disciplina como es la performance. Por eso, Esther Ferrer valora por encima de todo la libertad del visitante. Para llevarlo a cabo, no ofrece conclusiones sino preguntas, de tal modo que cada uno genere de forma autónoma su propia interpretación. Todo esto lo propone en el contexto de estas 11 instalaciones inéditas que presenta el museo bilbaíno recogidas bajo el título de Esther Ferrer: espacios entrelazados.

Nadie mejor que ella para definir la naturaleza de la muestra y en general de su obra: “El arte que combina el tiempo y el espacio con la presencia de un público que no es mero espectador, sino que si lo desea, puede participar en la acción”. De esta manera la autora anima a la libre interpretación de su arte por cada individuo que lo contemple.

Por ejemplo, la instalación Entrada a una exposición pretende que cada cual tome conciencia de su propia piel a partir del contacto con un elemento externo. Consiste en un pasillo de plumas negras y blancas por el cual los visitantes deben entrar a la exposición, la duración del paso es de unos 12-15 segundos. Es una obra pensada con el objetivo de despertar sensaciones, estimular la receptividad del espectador y aumentar su capacidad de percepción, creando un estado de “alerta” placentero y un estímulo preparatorio para visitar el resto de la exposición. “Se trata de sentir, no de pensar; para eso ya está el resto de la exposición”. Tal y como explica la artista:
 “La piel envuelve la vida, es el primer vestido del ser humano, la frontera entre dos mundos y, como escribió Paul Valéry, “lo más profundo del hombre”, pero al mismo tiempo es lo más superficial, una palabra que viene de “superficie”, y esta a su vez de “facies”, faz. La piel es, por tanto, como la superficie de un espejo que refleja esa profundidad de la que habla el poeta”. La piel es una buena delatadora de sensaciones y sentimientos, es una fuente de la que sale y entra información., por eso la misma Esther propone que el visitante se desnude literalmente para experimentar bien esta instalación.

Después de este “prólogo” sensorial, el recorrido desemboca en una línea más abstracta y… matemática. En la sección de Proyectos especiales se expone un trabajo de los años 60 que consiste en maquetas arquitectónicas, dibujo técnico, diseños etc. “Nunca he tenido especial interés en llevar a cabo mis proyectos en un espacio físico a gran escala; si la maqueta funciona, para mí la obra está hecha. Si no puedo realizarla en un espacio real no pasa nada. Lo que me interesa es el proceso”. Emplea hilo, cable, elástico o cuerda, elementos todos ellos frágiles y cotidianos, y los dispone entre las paredes desnudas, el suelo y el techo, fijándolos mediante horquillas o clavos. De esta forma, interviene en el espacio con el mínimo de elementos, otorgándole unas características nuevas que modifican la percepción del espectador.

Ferrer somete estos elementos a un intenso rigor matemático, situando las horquillas de sujeción a diferentes intervalos, medidos para generar distintos ritmos, direcciones y retículas que alteran la percepción del espacio y su tránsito. Así, a través de ángulos que se quiebran o se pliegan en las esquinas, se generan formas geométricas.

La artista reflexiona de este modo acerca del espacio: “En algunas instalaciones decido someterme a una norma -es una manera de eliminar en la medida de lo posible mi subjetividad- por ejemplo, la serie de los números primos. Otras, por el contrario, las estructuro de forma aleatoria, dejándome guiar por una intuición que determina su ritmo”.

Se descansa de las matemáticas con una sección dedicada a Las risas del mundo donde el sonido orgánico, natural y efímero de la risa se convierte en objeto artístico al expandirse en el tiempo y el espacio. El suelo representa un mapa mundi sobre el que cuelgan pantallas con grabaciones de risas de 37 países distintos. El audio de cada risa se activa con la presencia del espectador, y cada dos horas suenan todas las risas a la vez creando un alegre concierto de voces dispares. «Ante la situación mundial que vivimos hoy, con las guerras y la crisis de refugiados, lo único que nos sana es la risa» defiende Ferrer. Para hacer al visitante cómplice de esta idea, dedica una pequeña sala con un micrófono donde quien quiera puede dejar grabada su risa, y para los más tímidos deja unos rotuladores para que escriban en las paredes dichos, refranes y chistes que tengan que ver con la risa.

En definitiva todo el recorrido habla del espacio. En palabras de la propia artista, “el espacio no es el soporte de la obra sino su materia prima, tanto el natural como el arquitectónico, del que se apropia utilizando, generalmente, los mínimos elementos posibles. Mi preocupación es no intervenir demasiado, no estorbarle, de forma que siga siendo transparente, que circule el aire. Es quizás una de las razones por las que construyo mis instalaciones, en general, con hilos o cables finos. Busco la eficacia; ni elementos decorativos ni adornos, solo lo esencial”.

Hasta el 10 de junio de 2018.

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