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Matisse, un maestro en el Pompidou de Málaga


 

Aunque durante las primeras décadas del siglo XX hubo numerosos artistas plásticos decisivos en las vanguardias históricas de ese período, quizá Picasso y Matisse fueron dos de los protagonistas más destacados en interpretar el devenir de la pintura y la escultura en la primera mitad del siglo pasado. La figura de Henri Matisse (Le Cateau-Cambrésis, 1869- Niza, 1954), 65 años después de su muerte nos permite evaluar con una cierta distancia su importancia en abrir nuevos senderos del arte durante el siglo XX. Ahora el Centre Pompidou Málaga presenta, desde el 6 de marzo y hasta el 9 de septiembre, la exposición Un país nuevo. Henri Matisse (1869-1954), que reúne 48 obras, entre pinturas, dibujos y esculturas, seleccionadas por la comisaria Aurélie Verdier, con un montaje limpio de Francisco Bocanegra, que pone de manifiesto la versatilidad del autor de La alegría de vivir en diferentes disciplinas artísticas. Una singladura que le costó enfrentarse a su padre y trasladarse con 22 años a París para comenzar un largo aprendizaje artístico, primero en la Academia Julian y en la Escuela de Artes Decorativas, y después en el taller de Gustave Moreau dentro de la Escuela de Bellas Artes, algo decisivo para forjar una identidad artística propia. Fue un período, entre 1901 y 1903, donde Matisse fue aprendiendo a tratar el color y la luz inspirada en Turner y Van Gogh y posteriormente la influencia de Paul Cézanne que le ayudó a liberarse del academicismo como se observa en un Autorretrato de 1900.

La segunda parte de la exposición está dedicada a sus años fauvistas, junto a Derain, Marquet y Manguin, que llegó a escandalizar con “su  orgía de colores puros”. Poco a poco se fue alejando de la imitación de la naturaleza  y comenzar a expresar un sentimiento. El descubrimiento de la estatuaria africana le llevó a simplificar líneas, aunque tras un viaje por el norte de África hizo que explorara la noción de lo decorativo con el objetivo de borrar la dualidad entre figura y fondo.

A partir de 1909 hubo un período de radicalidad, visible en retratos y figuras en los que ahondó en buscar una línea expresiva tanto en sus pinturas, dibujos y esculturas, que además confirmó la dimensión analítica en su obra. La figura, individualizada o como “signo plástico” como El violinista en la ventana, pintado en 1918. Esos años Matisse reintrodujo el modelo en sus composiciones pictóricas y eso le aportó una nueva energía, alternando a veces el negro como color dominante en algunos retratos radicales, hasta que en 1917 descubre la luz mediterránea en Niza, algo que supuso un cambio de registro en su evolución.

En esa ciudad durante más de una década en Niza, Matisse abrazó el modelado aprovechando la suave luz que entraba en su taller, con dos temas preferentes: la ventana y el cuerpo femenino en la década de los 20. Muchas de sus modelos eran transformadas en odaliscas orientales engalanadas con vestimentas exóticas como en Odalisque à la culotte rouge, otoño de 1921. Su preocupación fue insertar el cuerpo en el volumen dentro de una decoración concebida como imagen pura, pero ya el maestro tenía dudas y él mismo cuestionaba su arte, algo cíclico en su continua experimentación.

La década de los 30 fue un momento de modernidad para Matisse, caracterizado por una producción lenta y continuos viajes, entre otros a Nueva York y Tahití. En el primer tercio de esos años dibujó y realizó grabados para libros, así como un mural encargado por el médico Alfred Barnes para su casa y eso le permitió usar por primera vez la técnica de papeles recortados, en los que se planteó el equilibrio en la composición, la línea arabesca, la estilización de los cuerpos y ese sutil juego entre los rosas y azules imperantes. A partir de 1935 retoma la pintura de caballete y fotografía los estados sucesivos de sus pinturas para poder analizarlas mejor en un intento de simplificar trazos y por tanto a las composiciones.

A finales de los años 30 Matisse se trasladó de su antiguo taller a un apartamento del antiguo Hotel Régina situado en las colinas de Niza, y unos años después se mudaría a Vence, un pueblo cercano a Niza, a la villa Le Rêve, que estaba rodeada de un exuberante jardín. De ese período podemos mencionar Naturaleza muerta con magnolia, una pieza de 1941, donde colocó una flor de magnolia, nimbada con la forma circular de un caldero en segundo plano, y lo hizo logrando un gran equilibrio porque como él mismo dijo “desde hace unos años es mi cuadro preferido. (…) Creo que en él di el máximo de mi potencia”.

Matisse sobrevivió a una cirugía intestinal provocada por un cáncer en 1941 y en su recuperación sintió que la vida le ofrecía una nueva oportunidad y retomó con energía e ilusión su trabajo plástico. En Vence desarrolló una labor creativa muy variada, desde Jazz, un conjunto de gouaches recortables, y sobre todo los Interiores de Vence, en los que mezcló bodegones, paisajes e interiores. Nuevamente vuelve, aunque con matices, a la relación entre la línea y el color, llegando a crear un espacio unificado.

En 1949 regresó de nuevo a Niza y allí se sumergió en un gran proyecto de encargo, la capilla del Rosario de Vence, que quizá fue el cénit de una vida dedicada íntegramente al trabajo. Diseñó la decoración completa de la capilla siguiendo un singular modo de combinar papeles gouacheados y recortados. Los reflejos de las vidrieras de colores brillantes sobre los dibujos en blanco y negro de las cerámicas murales, por lo que el autor de La danza, encontró al final de su vida el anhelado equilibrio entre el dibujo y el color. Julián H. Miranda

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