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Mario Merz ‘recuperado’ en el Palacio Velázquez


El Palacio Velázquez de Madrid acoge hasta el 29 de marzo una retrospectiva de Mario Merz (Milán, 1925-2003) con el sugerente título de El tiempo es mudo, organizada por el Museo Reina Sofía con la colaboración de la Fundación Merz de Turín, que incluye una selección de más de 50 piezas escogidas por Manuel Borja-Villell, lo que permite que el público se acerque a una trayectoria que comenzó en la década de los 50 y llega hasta finales del siglo XX, desde su abstracción inicial hasta los últimos años. Además de los préstamos de la Fundación que lleva su nombre y que hoy dirige su hija Beatrice, otros museos como la Tate Modern, el Centro Pompidou de París, el Kuntsmuseum de Wolsburgo y varios coleccionistas particulares, la muestra pretende revisitar tanto los motivos y artefactos artísticos que le dieron celebridad, como las propuestas menos conocidas que realizó en sus inicios y en los últimos años de su trayectoria. No solo sumerge al público a un complejo universo visual, con un fuerte componente crítico.

Mario Merz estuvo vinculado al arte povera, movimiento que abogaba por la utilización de materiales “pobres” provenientes de la naturaleza o de los desechos de la sociedad de consumo. Recuerdo al ver las obras de Merz diseminadas en el ámbito expositivo una  exhibición muy relevante en 1985, organizada por el Centro Nacional de Exposiciones, dirigido por Carmen Giménez, que tuvo lugar en este mismo espacio y en el Palacio de Cristal: Del Arte Povera a 1985, que reunió piezas del propio Mario y de su esposa Marisa Merz, junto a otras de Paolini, Pistoletto, Boetti o Penone, entre otros. Y ahora 34 años después regresa la imponente figura de Mario Merz, actor clave del movimiento que ayuda a entender mejor el devenir del arte europeo en los últimos 50 años del siglo pasado, tanto por su variedad temática como por las disciplinas que abordó: la pintura, la escultura, las perfomances y las instalaciones. En la presentación Beatrice Merz destacó la intuición de su padre a la hora de trabajar porque creaba sus obras para espacios determinados y dijo que el montaje en el Palacio Velázquez ha respetado la esencia del trabajo de Mario Merz. Por su parte, Manuel Borja-Villel, explicó que la muestra quiere reivindicar una figura capital de la segunda mitad del siglo XX, que anticipó muchos de los temas en vigor en el siglo XXI como son la ecología, el modelo de ciudad y los entornos naturales. Y añadió que a Mario Merz le interesaba el tiempo vivido pero no la visión académica relacionada solo por la cronología y sobre todo la interrelación entre las diferentes disciplinas artísticas.

Este grupo usaba materiales y técnicas poco convencionales, lo que le llevó a convertirse en una especie de contramovimiento a lo que se hacía en el otro lado lado del Atlántico, que casi siempre se caraterizaba por una mirada sofisticada, intelectual y muy estética, mientras que los artistas povera se inclinaban por materiales y objetos reciclados, bien fueran orgánicos (arena, barro, carbón, cera o ramas) o de la cultura industrial y del consumo (neones, cristales, alambres, papel de periódicos, entre otros). En el caso de Mario Merz fija su atención en creaciones que representan a animales ancestrales como el cocodrilo o el rinoceronte, tanto en algunas de sus pinturas como en sus esculturas.

No debemos olvidar que la posguerra europea trajo consigo un período de adentrarse en cierta realidad social, tras ese sentimiento de pérdida que todo conflicto bélico conlleva. De ahí que muchas veces, sobre todo en los años 50, estos creadores se inclinaran por materiales precarios y los artistas cultivaran una estética neorrealista tanto en el cine como en la literatura, el arte, la fotografía y la arquitectura. Más adelante, ya en los 60 y 70, el arte povera congregó a artistas de distintas ciudades (Milán, Roma, Génova, Venecia, Nápoles y Bolonia), conformando un movimiento pleno de motivaciones sociales, culturales y políticas que se alejaban de los valores y la estética elitistas.

Mario Merz fue edificando una trayectoria conceptualmente rigurosa, no exenta de aliento poético y con una rica iconografía que le servía para ser muy crítico con la modernidad, tan visible en la industria y el consumo. El creador italiano pensaba que ese tipo de modernidad estaba abocando al ser humano a una alienación creciente y le estaba apartando de tener un vínculo afectivo con su entorno más natural.

Y es esta idea uno de los ejes sobre el que gravita la retrospectiva de Mario Merz porque él quería conectar al ser humano con las ideas esenciales: construir y habitar; y alejarlo de la deriva del consumo y la producción masiva, acercándolo a la naturaleza. Merz supo crear obras en las que prevalece la observación y la reflexión. Quiso que se volviera al ciclo en el que todo fluía despacio, a un ritmo distinto, como cuando cae una hoja de un árbol al suelo, sin prisa. Poco a poco se fue apropiando de un imaginario y de una iconografía prehistórica, que está fuera de la sociedad frenética en la que él y nosotros todavía vivimos, y que se desarrolla en un tiempo pasado e irreal, fuera de nuestro contexto actual. El otro eje vertebrador contextualiza su trabajo con una intención política en el período histórico que le tocó vivir. Una década de protesta como fueron los años 60 y  de denuncia constante por  la Guerra del Vietnam, el Mayo del 68, la Primavera de Praga o las huelgas que hubo en Italia.  Todo eso revelaba una honda preocupación por el tiempo y el espacio que habitaba.

A lo largo del recorrido por el Palacio de Velázquez vamos encontrando las variaciones de la estructura de la cabaña arcaica y el iglú, con su forma abovedada, en diferentes opciones. Son construcciones que evocan toda una serie de referencias y recuerdos de las cabañas primitivas de los inicios de la historia humana, además de habitáculos temporales y proyectos utópicos del mundo posindustrial, con ecos del mundo indígena. Los iglúes de Merz no se construyen con nieve, sino con desperdicios y material encontrado en los restos del mundo industrial, por lo general vidrio, el material de la modernidad. Y así vemos el Iglú de Giap, 1968, en cuya cúpula inserta una frase del general y estratega militar norvietnamita Võ Nguyên Giáp; el Iglú, Tienda de Gadafi, realizado entre 1968 y 1981; y La gota de agua, 198, pieza que sintetiza casi toda la esencia del arte povera en general y del suyo en particular: la luz natural, el agua, la naturaleza, el metal y el vidrio.

Merz llegó a fusionar lo político y lo poético como vemos cuando usa luces de neón en ¿Qué hacer?, una obra de 1968, con su referencia directa al escrito en el que Lenin presentó sus propuestas estratégicas para los partidos revolucionarios; y en Acción política de huelga general proclamada en relación con el arte, 1970, dos buenos ejemplos de esa década. Sin olvidar sus imágenes a partir de animales con reminiscencias prehistóricas en obras como Rinoceronte o Caimán pequeño, ambos de 1979; o sus formas alargadas y de conos  como en esa estilizada obra de 1984, que no lleva título, pero que desprendía algo tan característico de su quehacer plástico: la elegancia.

La mesa también tuvo un claro protagonismo en sus composiciones por la multitud de significados que este objeto tiene: sirve para reunirse y celebrar, comer, trabajar, intimar, conversar, porque en cierto modo simboliza todo lo que el arte povera significa, tanto por su poética como por su estética como se desprende en Para las mesas, 1974; y en Mesa en espiral, producida en 1989. Una exposición necesaria en un espacio único para disfrutar del magisterio de Mario Merz. Julián H. Miranda 

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