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Mapas y Atlas para comprender el mundo


En los globos terráqueos, los mapas y atlas se dan la mano la ciencia y el arte para representar los conocimientos del momento. Recuerdo al estudiar Geografía en Bachiller cuando el profesor de Ciencias Sociales nos explicaba los límites de la Tierra, con los océanos, las montañas y la orografía de cada uno de los países en mapas muy evolucionados que trasladaban nuestra mirada a lo cercano y a los confines más alejados de nuestra realidad en el espacio y en el tiempo. Girar el globo terráqueo o ir descifrando en las páginas de un atlas esa experiencia visual condensaba un gran caudal de conocimientos geográficos y de experiencia humana a lo largo de los siglos, y era también una invitación a nuevos descubrimientos, a viajes que haríamos y a otros que se quedarían en proyecto.

En el prólogo del libro Mapas. Explorando el Mundo, editado de nuevo por Phaidon, John Hessler, experto en Cartografía moderna y Ciencia de la información geográfica en la Biblioteca del Congreso de Washington, recoge una buena definición del historiador Brian Harley en 1987 sobre la cartografía: «Representaciones gráficas que facilitan la comprensión espacial de cosas, conceptos, estados, procesos o sucesos del mundo humano».

Aunque la cartografía es una disciplina con muchos siglos de historia, su aplicación moderna quizá parta de los conocimientos de Ptolomeo, un sabio grecoegipcio del siglo II, que fue el primero que codificó una serie de ideas para proyectar la longitud y latitud del mundo conocido en una forma geométrica. Sin embargo, esa idea ha ido evolucionando a lo largo del tiempo y vemos cómo en muchos de ellos han convergido la ciencia con la estética o incluso con un diseño atrevido como vemos esa visión de país de un neoyorquino en 1939, obra de Daniel K. Wallingford (imagen de la izquierda), que plasma con ironía un cierto provincianismo al introducir errores geográficos voluntarios con un estilo pictórico propio de finales de los años 30 del siglo XX, que contrasta con esa Vista del mundo desde la Novena Avenida, un dibujo del gran Saul Steinberg en 1976 (imagen de la derecha), que fue portada para The New Yorker, donde nuevamente refleja cómo los habitantes de esta gran ciudad piensan que sus problemas son lo único importante y eso hace que omitamos otras circunstancias o situaciones en tu propia urbe o en otros lugares del mundo.

Aunque en ese largo camino de la cartografía los soportes han ido cambiando, desde las piedras de la Prehistoria hasta las pantallas digitales actuales, pasando por la xilografía, la piel, el pergamino o el papel, pero fue en el mundo renacentista, en la era de las exploraciones para descubrir el Nuevo Mundo y en las investigaciones científicas posteriores de los siglos XVIII y XIX cuando su uso se generalizó no solo para geógrafos sino para los navegantes y hombres de acción durante todo estos siglos.

Sin embargo en ese tránsito por el tiempo y el espacio también han ido cambiando la forma de aprehender el mundo, desde definir los continentes y los mares, hasta fenómenos más monográficos como la erupción de un volcán, las inundaciones, los mapas de epidemias como estamos viendo ahora con el Covid-19, entre otros, pero que tuvieron antecedentes en la crisis del Ébola, conectado con la movilidad humana y numerosos sujetos de atención como la conectividad, el cambio climático o cómo se producen las conexiones neuronales en el cerebro.

Y sin dejar de mencionar cómo algunos creadores como Ai Weiwei o Jasper Johns, que en su óleo Mapa (1961) es capaz de plasmar con manchas de color, algo abstractas, su visión de Estados Unidos. Y esa creación de la ilustradora española Cinta Arribas, ¡Haced todo el camino! (Los caminos de Santiago), realizada en 2011,  que es una metáfora moderna inspirada en mapas jacobeos de la Edad Media y lo sitúa en la contemporaneidad.

Los avances técnicos han ayudado el desarrollo de la cartografía y eso ha contribuido a cambiar el paradigma clásico porque muchos nuevos mapas reflejan conjuntos de datos sobre diferentes disciplinas, la red de interacciones sociales y conocimientos específicos sobre una materia a veces suplen la representación del espacio y tienen más a situar esa secuencia de datos en el centro de la agenda social, los desastres naturales o los conflictos armados, entre otros temas. La transformación digital y este mundo de pantallas menos analógico, junto a las posibilidades que ofrecen las vistas verticales de amplios o pequeños territorios han modificado la definición del mapa como fue representado a lo largo de la historia.

En el libro de Phaidon, profusamente ilustrado, se recogen más de 300 mapas, desde la Antigüedad hasta nuestros días, y se puede seguir la evolución cronológica de una disciplina que ha conservado su esencia, aunando la percepción objetiva del mundo con la subjetiva en su modo de representar nuestro planeta y los temas que más nos interesan. Todo ello compendio de la actividad humana en lo temporal y atemporal, casi siempre con un marcado acento artístico.

Atlas de islas remotas, una invitación a la aventura

Hace un lustro me regalaron un libro Atlas de islas remotas, escrito por la historiadora del Arte y diseñadora gráfica alemana Judith Shalansky (Greifswald, 1980) y editado por Capitán Swing y Nórdica Libros. Lo leí en diagonal y me pareció muy interesante. Ahora he vuelto a releerlo porque en tiempos de confinamiento por la pandemia necesitaba volver a una travesía imaginaria por esa serie de 50 islas, muchas de ellas deshabitadas y que pocas se ven en sus propios mapas nacionales, al ser pequeñas, solitarias e inaccesibles para para los viajeros.

Uno de los hitos de este libro quizá sea el esfuerzo de la autora durante varios años e ir descubriendo esas pequeñas islas, a partir de los documentos existentes en la Biblioteca Estatal de Berlín, y compartir con miles de lectores el rastreo que ha hecho como si fuera capitana de un barco imaginario que ha ido surcando en los mapas y libros raros todos esos lugares diminutos en los océanos Atlántico, Índico, Pacífico, Glacial Ártico y Antártico.

Ese medio centenar de lugares remotos por los cinco océanos son una invitación a la aventura pero también para la ensoñación en espacios paradisíacos y alejados del mundo. Y con nombres tan sugerentes como la Isla de Pascua, una de las más conocidas con esas estatuas gigantes que parecen vigilar la costa; Floreana; Pedro I, con sus escarpadas costas y esas masas de hielo que la convierten en inaccesible; Santa Elena, conocida por ser el lugar donde estuvo exiliado y donde murió Napoléon; Pitcairn, en la que se quedaron los amotinados de la Bounty; Tristán de Acuña, en cuyo interior, hay túneles secretos y grutas submarinas; y Robinsón Crusoe (Islas de Juan Fernández, Chile), bautizada así en 1970 en honor del protagonista de la novela escrita por Daniel Defoe e inspirada en la andadura de Alexander Selkirk. Tuve la oportunidad hace una década de conocer este paraíso natural, caracterizado por una flora autóctona, de helechos gigantes, sus colonias de leones marinos, la pesca de langostas en las frías aguas de la bahía Villagra y sobre todo la hospitalidad de sus habitantes. Quizá como escribe Judith Schalansky en el prefacio del libro: «Una isla es un espacio teatral, todo lo que sucede en ellas está prácticamente condenado a convertirse en leyenda, en tragicomedias de tierras remotas o en motivo de inspiración literaria». Julián H. Miranda

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