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Lee Krasner, la reinvención y la explosión del color

El Guggenheim de Bilbao presenta una completa retrospectiva sobre la artista, de creatividad arrolladora, que evolucionó desde las formas cubistas iniciales hasta el expresionismo, siguiendo hacia la abstracción y el collage en una experimentación constante.


“Siempre he pensado en la pintura como mi forma loca de escribir”. Así se expresaba una madura Lee Krasner a principios de los años 80, con el reconocimiento de la crítica ya de su parte y una larga trayectoria a sus espaldas. ‘Loca’ por la expresividad del gesto, la fuerza de su pincelada –a menudo de derecha a izquierda, dada su formación judía– y la intensidad del trazo que ahora podemos apreciar en gran parte de los trabajos expuestos en el Museo Guggenheim.

Si es verdad, como decía la artista, que “la pintura solo es autobiográfica”, la muestra Lee Krasner. Color vivo puede leerse entonces como los capítulos de una vida llena de inquietudes, sobresaltos y pasiones. Los difíciles inicios sin apenas oferta académica para mujeres, la Gran Depresión tras el Crack del 29, su matrimonio con Pollock o el estallido del color en sus obras de la década de los 60 relatan cómo trascurrió la trayectoria de esta autora neoyorquina, pionera del expresionismo americano.

Es curioso ver cómo muchos de sus compañeros de movimiento como De Kooning, Rothko y Pollock se mantuvieron fieles a un mismo estilo durante toda su carrera, mientras que Krasner se reinventó en cada serie. Esa experimentación constante que le condujo del naturalismo incipiente al cubismo, la abstracción pura, el collage y otras formas más orgánicas, es la que quieren destacar Lucia Agirre y Eleanor Nairne en la exposición, que ahora recala en Bilbao tras su paso por el  Barbican Centre de Londres.

La primera planta del Guggenheim muestra 62 obras de la artista, entre pinturas y dibujos, que ilustran la riqueza del trabajo desarrollado por Krasner entre finales de 1920 y 1980. Casi medio siglo de producción que se organiza de manera cronológica, cuyas piezas aparecen ordenadas por series. Entre las que se exhiben por vez primera en Europa, destaca la Mesa de mosaico (1947), donde la autora recicla todo tipo de materiales.

Lena Krasner (1908-1984) –después Lenore y finalmente Lee– nació en Brooklyn en el seno de una familia inmigrante de judíos ortodoxos. Ya desde su adolescencia supo que quería dedicarse a la pintura, por eso estudió en la Women’s Art School de Cooper Union, donde hizo Autorretrato (hacia 1928), uno de los primeros lienzos que encontramos en el recorrido.

Su deseo por aprender de los clásicos y dibujar desnudos le llevó a dar clases en Greenwich House con Job Goodman, donde mostró su desinhibición a la hora de captar esos cuerpos musculosos que remiten a Miguel Ángel. Junto a estos Estudios de desnudo de 1933 se muestran otros tantos hechos tan solo unos años más tarde, cuando ya estaba becada en la Hans Hofmann School. Este modernista alemán le abrió una puerta hacia la vanguardia cubista y fue entonces cuando descubrió a sus “dioses”: Matisse y Picasso.

Cuenta la propia Krasner en una entrevista proyectada en el vídeo de la primera sala que estudiar junto a Hofmann le costó sangre, sudor y lágrimas, pues “a menudo rasgaba mis dibujos”. Lo cierto es que su mentor supo reconocer su trabajo, aunque no estuviese muy acertado al verbalizarlo: “Es tan bueno, que nadie pensaría que estuviese pintado por una mujer”.

El paseo retrospectivo continúa con algunas de las obras expuestas en 1942 en la galería McMillen junto a sus amigos Willem de Kooning y Stuart Davis, además de Jackson Pollock. Ese fue su primer contacto con quien sería su marido, apenas tres años después.

Su primera individual, celebrada en Betty Parsons Gallery en 1951, fue un éxito de crítica y de público, pero no vendió casi nada. Inició entonces unos dibujos en blanco y negro que fue clavando en las paredes del estudio en busca de nueva inspiración. Pero en un arrebato destruyó aquel trabajo, dejando los trozos de papel tirados en el taller.

Cuando regresó al estudio semanas después, decidió reutilizar ese material desechado para comenzar una nueva serie de collages cargados de fuerza y belleza plástica. Recicló los lienzos no vendidos de la galería y les añadió hojas de periódicos, arpillera, papel fotográfico y alguna pincelada. Así surgieron Velas encendidas, Asclepia o Águila calva, todas de 1955.

Si avanzamos un par de años y de salas, encontramos un nuevo salto en el estilo de Krasner, más cercano ahora a las formas ondulantes y orgánicas de su amigo De Kooning. Buen ejemplo de ello es Profecía (1956), un lienzo con título premonitorio que comenzó antes de su viaje a París y que «le inquietaba enormemente». Marchó a Europa sin terminarlo, y sin la compañía de un Pollock que días después moriría en un accidente de tráfico.

La pérdida de su marido –a la que se sumó su madre poco después– le sumió en una etapa oscura y dolorosa, pero también le brindó la oportunidad de disponer de un estudio más grande y afrontar nuevos retos. El resultado es un conjunto de trabajos en gran formato hechos de noche y sin apenas luz, cuando padecía de insomnio, que el poeta Richard Howard bautizaría como “viajes nocturnos”.

El estallido del color se deja sentir de nuevo en sus cuadros de la década de los 60, en los que se produce una explosión de rosa, azul y verde. Son trabajos más matéricos, donde la artista emplea no solo el pincel, sino también sus propios dedos para trasmitir esa fuerza del gesto creativo. “Quiero que un lienzo espire y esté vivo. Estar vivo es la clave”, afirmó Lee Krasner en una ocasión. Posiblemente esa haya sido también la clave para mantener vivo su legado, que ahora reivindica el Guggenheim de Bilbao. Le Krasner. Color vivo está patrocinada por Seguros Bilbao y podrá visitarse hasta el 10 de enero de 2021. Sol G. Moreno

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