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Las facetas menos conocidas de Lucio Fontana

A partir de mañana se podrá visitar en el Museo Guggenheim de Bilbao la muestra retrospectiva del artista argentino-italiano Lucio Fontana. Ha sido organizada por el Metropolitan Museum de Nueva York con la colaboración del museo bilbaíno y de la Fondazione Lucio Fontana de Milán, el museo bilbaíno ha conseguido reunir 100 obras del autor que permiten un acercamiento en profundidad a su trayectoria, desde su etapa más temprana como escultor hasta su faceta de creador de instalaciones y ambientes donde inauguró el uso del neón; caras del artista muy poco conocidas incluso para el público europeo.


La exposición Lucio Fontana. El Umbral, comisariada por Iria Candela (“Estrellita B. Brodsky” Curator of Latin American Art, The Metropolitan Museum of Art, Nueva York) y Manuel Cirauqui, (Curator, Museo Guggenheim Bilbao), arranca cronológicamente con la primera obra. Fontana en América no es una figura muy conocida, sin embargo, en Europa ocupa la primera fila de artistas relevantes de la segunda mitad del XX. A pesar de ello, su etapa temprana tampoco es muy conocida en nuestro continente, aunque es fundamental para entender sus icónicos lienzos rasgados con los que cosechó tanto éxito.

Fontana se inició en la escultura por tradición familiar. Su padre era un escultor comercial bastante solicitado para monumentos y obras funerarias. De modo que Lucio aprendió el oficio y se fue a estudiar a Milán, donde desarrolló una faceta algo más artística y vanguardista que la de su padre. Cuando se graduó ya tenía una idea clara sobre su carrera: no utilizaría ni el mármol ni el bronce para crear como hacían  en la Academia. Él prefería materiales quizá menos nobles pero más expresivos como el yeso y el barro. Desde el principio Fontana buscó que su proceso creativo incluyese la experimentación e impulsividad para hacer marcas e incisiones sobre un material blando que lo permitiese. Desde ahí surgió la idea de la incisión y de la marca que le acompañará toda su vida.

En estas primeras obras se aprecia cómo no dejó de nutrirse de la Historia del Arte y de la tradición italiana. Se deja ver el clasicismo, la estética etrusca… aunque tampoco tuvo pegas en beber de las influencias coetáneas. De esta forma creaba por influencia e inspiración, pero siempre con la constante de ampliar la libertad creativa.

Esta etapa escultórica es la que justifica sus famosos lienzos rasgados. Fontana no quiso desvincularse de la escultura para dedicarse al lienzo, y por eso creó una fusión de ambas disciplinas a través de los Buchi (agujeros).

Lucio Fontana. En el umbral podrá verse en el Guggenheim Bilbao hasta el 29 de septiembre.

Y así arrancaron los primeros lienzos, a medio camino entre lo decorativo y lo artesanal. Creaba incrustaciones e incisiones que fueron dando forma a su estilo más puro. Siempre con la idea de la dualidad pictórica y escultórica en una misma obra. Poco a poco deja atrás las incrustaciones y opta por la simple incisión minimalista en un fondo plano y monócromo. Este cambio a la simplicidad del color y a la «planitud» la adoptó de Yves Klein, con quien entabló buena amistad. Estas obras con menos textura y más silenciosas fueron las que le hicieron llegar tan lejos. En esa etapa empezó a recibir mucha atención de la crítica, organizó numerosas exposiciones y los encargos no cesaban. Entonces Fontana entendió la creatividad de los cortes como su mayor logro. Pero el comisario insiste en que esto no fue un invento del momento, sino que venía del gusto por la incisión desde sus primeras esculturas en yeso.

El proceso creativo de estas piezas es algo más complicado de lo que parece. El autor primero pintaba el lienzo con una buena capa de pigmento, y cuando aun estaba mojado hacía el rasgado con un cúter. Después, con sus manos, abría la apertura a su gusto y colocaba por detrás una gasa negra, creando un pequeño espacio que aporta la tridimensionalidad escultórica de la que hablábamos.

La gran incógnita de estas obras es el significado o la simbología. Bien es cierto que él pertenecía a un ambiente de tradición cristiana, y la idea de Dios estaba presente en su pensamiento artístico. También conocía la simbología funeraria de las distintas religiones por el oficio de su padre, y se han llegado a relacionar los cortes con las rasgaduras de la ropa en los judíos como símbolo de luto. Pero las dos interpretaciones más famosas de estas obras son: por un lado la apertura genital femenina, y por otro la llaga del costado de Cristo crucificado, ambas haciendo relación a un inicio de la vida o una apertura al abismo vital.

Una vez dominado este estilo decide innovar, y como decíamos antes, ampliar la libertad creadora rompiendo con el formato establecido del cuadro. La muestra presenta una selección de obras perforadas y cortadas con formas fragmentadas o con geometrías aleatorias. Una de las más interesantes son los lienzos con forma de huevo, algo muy innovador y objeto de reflexión sobre las ideas del cosmos, de la destrucción y del fin encaminado a Dios.

También relacionado con la deidad y con lo misterioso, Fontana utiliza el material dorado. Dos ejemplos en la muestra son Retrato de Teresita y Concepto espacial. Buscaba la inmersión del espectador y el reflejo del mismo en la obra.

Por último, la muestra arroja luz (y nunca mejor dicho), a la etapa en la que Fontana trabajó con neón para hacer ambientes. Las instalaciones han sido recreadas por la Fondazione tras muchos años de trabajo, ya que ninguna original se conserva. Esto es porque Fontana recibía encargos específicos para museos que después autodestruía. Lo más sorprendente de esta etapa es que el italiano fue el primero en utilizar esta luz, antes que Newman y que Flavin.

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