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LA POÉTICA DE UNA TAZA DE VÁTER

El Museo Thyssen-Bornemisza presenta, con el apoyo de la Comunidad de Madrid, Realistas de Madrid, un paseo evocador y nostálgico por los rincones más íntimos de la ciudad que inmortalizaron Antonio López y su círculo a mediados del siglo pasado. 

Cuando Isabel Quintanilla pintó Barrio de Vallecas (1981) no existía todavía el ensanche. Tampoco se había abierto la tienda de Apple en la Puerta del Sol que dibuja Amalia Avia en 1979, por eso, la esquina más conocida era la que ocupaba la Librería San Martín donde, por cierto, asesinaron a José Canalejas. Entonces, el perfil urbano de Madrid apenas tenía rascacielos y la Gran Vía no se había convertido aún en el broadway madrileño, aunque ya estaba plagado de cines. Este es el retrato que captaron los creadores que participaron en la llamada escuela realista madrileña, con Antonio López a la cabeza, y que ahora se puede ver en el Thyssen; una vista panorámica de la ciudad que se completa, además, con escenas de interior que retratan la vida cotidiana durante la segunda mitad del siglo XX.

Según Guillermo Solana, comisario de Realistas de Madrid junto a María López, la exposición refleja “el arte de los umbrales”, ese que ofrece ventanas abiertas al exterior, pero también puertas que conducen a espacios íntimos, como la sala de costura, el dormitorio o el cuarto de baño. Los artistas presentes en la muestra se sitúan, igualmente, en el umbral de la modernidad –que en la década de los 50 caminaba hacia el informalismo– y del propio movimiento realista, que rechazan.

Antonio López, María Moreno, Julio López, Esperanza Parada, Francisco López, Isabel Quintanilla y Amalia Avia niegan la etiqueta que tradicionalmente ha definido su estilo. Además, tampoco se consideran un grupo como tal, por eso reclaman un espacio propio en las salas temporales del museo. Julio con sus particulares retratos escultóricos, que difieren de los bustos infantiles de su hermano Francisco; Isabel con sus estancias magistralmente iluminadas y Amalia con el encuadre casi fotográfico de sus composiciones. Antonio destaca por su capacidad para captar la poesía del objeto cotidiano, ya sea un lavabo o una taza de váter, mientras su esposa María prefiere la luminosidad que irradian los jardines frutales de su casa.

Aunque cada uno de ellos ha seguido su propio camino –algunos todavía continúan trabajando–, lo cierto es que en más de una ocasión se han cruzado, ya que la mayoría estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Lazos familiares, intereses comunes y carreras paralelas permiten agruparlos ahora en esta muestra, que reúne 90 óleos, esculturas, relieves y dibujos. Juntos, ofrecen un paseo nostálgico y evocador por el Madrid de hace décadas, en un montaje que prescinde del orden cronológico y apuesta por un recorrido temático dividido en cinco secciones.

El itinerario comienza en el hogar, con varios bodegones que inundan la primera sala, continúa en las siguientes con lienzos y dibujos que nos guían por las diversas dependencias de la casa –pasillos, rincones escondidos, cocinas– y termina en el exterior, de forma tímida con los huertos caseros. Finalmente, culmina con las panorámicas urbanas de las últimas salas. Un recorrido, por tanto, que va de lo privado a lo público, de la pequeña escala o la dimensión urbana.

“Es una exposición donde se concentran muchas emociones”, confiesa María López, como la que produce contemplar ese descarnado Lavabo y espejo (1967) de su padre, Antonio López, o la mesa de trabajo que representa Quintanilla en El teléfono (1996), cuando un bolígrafo y un cuaderno de notas bastaban para escribir lo que ahora se apunta en el móvil. “¿Qué es el realismo?”, se preguntó Solana a la hora de organizar la muestra. Para él es “la sensación de eterno presente”. Para otros, en cambio, es contemplar una taza de váter y evocar los recuerdos de una casa familiar. Sol G. Moreno

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