Instantes de historia y puertas a lo trascendente, la nueva vida de la colección del MUN
Ad Ineffabilem: Una aventura de materia y espíritu y La Imagen Revelada son las exposiciones permanentes que ocupan ahora su planta principal y que invitan a recorrer la historia de la fotografía sobre España y a concebir el arte como una aventura de contemplación.
Cualquier asiduo visitante de museos puede relatar la agobiante sensación de entrar en una sala plagada de obras que se suceden sin apenas espacio entre ellas. La prisa por abarcarlo todo y acabar apreciando más bien poco. “El exceso se convierte en un problema”, explica en ese contexto Gabriel Pérez Barreiro, director artístico del Museo Universidad de Navarra.
Para evitar esa dispersión de la atención, procurar al visitante del MUN una experiencia pausada es el objetivo de esta nueva transformación bajo su dirección. Acomodar el espacio de forma que las obras cobren protagonismo y puedan ser apreciadas con el detenimiento que merecen. Esa idea ha cristalizado con dos exposiciones permanentes que separan la colección fotográfica de la pintura y la escultura.
La Imagen Revelada, comisariada por Ignacio Miguéliz, otorga a las fotografías un espacio fijo: las 24.000 piezas que componen el fondo irán rotando su exhibición sin modificar el discurso temático. Ordenada en tres apartados cronológicos, la exposición comienza con las primeras técnicas fotográficas que muestran vistas urbanas y paisajes del siglo XIX, los exóticos tipos populares de De Launay y los trabajos de Laurent que documentan la modernización de España sin olvidar sus raíces.
Transcurre después por el siglo XX, donde se observa tanto el avance de técnicas como el salto a tendencias vanguardistas y documentales, la Guerra Civil a través del ojo de Centelles o la mirada extranjera de Henri Cartier Bresson sobre el nuevo régimen.
El recorrido termina con un bloque del siglo presente: Fontcuberta reflexiona sobre la manipulación a través de las imágenes, y culmina con el proyecto Tender Puentes: obras actuales inspiradas en el estudio de fotografías del siglo XIX.
Ad Ineffabilem. Una aventura de materia y espíritu, propone pararse ante las pinturas y esculturas como una búsqueda hacia la aparición de lo trascendente. Las comisarias, María José Zegers-Correa y Marta García Alonso conciben el encuentro con la obra como el culmen de un camino en el que se va desvelando y que, al fin, sucede en intimidad. Muros que actúan como límite y envuelven cada obra en un espacio propio, juegos de luces, la variación en la altura de los techos, incluso el ligero gesto de la moqueta bajo el cuadro: cada detalle ha sido ideado para aprovechar la arquitectura concebida por Rafael Moneo, y todo se integra en armonía.
Cuatro conceptos fundamentales dan nombre a las salas, en las que antes de entrar hay curiosidad, después, un breve texto nos “ilumina”, nos predispone a contemplar la obra ya dentro del universo del artista. Nos incitan a atrevernos al desafío de la apreciación silenciosa y atenta.
La sala Tiempo está dividida en tres espacios, tres concepciones de la eternidad. En el primero, Picasso hace confluir perspectivas como momentos simultáneos en el rostro de Mousquetaire. Tete. A unos pasos, tras la veladura de capas de Sín título, 1969, Rothko reposa el anhelo imposible de infinitud. Por último, convive la suspensión del tiempo de Zóbel con el instante como Ráfaga de Sistiaga.
El color blanco lo tiñe todo en Espacio, sala que acoge las esculturas de Oteiza. Texturas, figuras y relieves a través de las cuales el silencio y el vacío pueden escucharse o palparse. En Homenaje a Bach y en Elías y su carro de fuego dejan de ser una nada: el silencio sugiere y el vacío toma forma. Inscrita una partitura en la materia, se desprende un “ritmo de los vacíos”.
En Forma, Palazuelo pinta el orden que subyace a todo lo que vemos en clave geométrica. En Omphale I o en Orto IV, persigue representar formas no reconocibles, las de la energía que hace nacer la realidad, oculta tras lo visible.
“Lo espiritual no acontece lejos de la materia, resplandece en ella” reza el texto que adentra al espectador en Materia, sala dedicada a Tàpies. Huellas, rasguños, cruces trazan una constelación de símbolos que emergen del cartón o el papel, materiales frágiles, de poco valor. En L’esperit català el artista escribió la frase que condensa la intuición central de la exposición “espiritualitat=materialisme”: son una y la misma cosa, a la primera se accede solo a través de la segunda.
Ordenada así, la colección del museo se dispone al observador como un paisaje que reclama atención en cada detalle, o como un laberinto en el que perderse con gusto. Pedro Luis Costa





