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 La fotografía 3D del siglo XIX a través de una mirilla


*El Museo del Romanticismo invita al espectador a descubrir 20 pares estereoscópicos, tissues y cartes de visite en perspectiva tridimensional a través de los visores que ha instalado en las diferentes salas de su colección permanente. 

*La exposición «Se va mi sombra pero yo me quedo. Ilusión y fotografía en el Romanticismo» ha permitido además identificar una nueva técnica entre sus fondos fotográficos: la imagen para megaletoscopio privilegiato. 

Cuando Louis Daguerre inventó el daguerreotipo en 1839, abrió un campo infinito de posibilidades para la fotografía. Era una época en la que los descubrimientos se convertían a su vez en punto de partida para muchos otros inventos, por eso se sucedieron los avances tecnológicos: calotipo, estereografía, diaphanorama… Es así como, en apenas unas décadas, se pasó de la placa de cobre única a los negativos de papel, de la fotografía en blanco y negro a la imagen coloreada. Incluso a la tercera dimensión. ¡Ya en el siglo XIX!

El Museo del Romanticismo recupera de los fondos de su colección parte de estas imágenes para ilustrar el nacimiento y desarrollo de la fotografía en una exposición que lleva por título Se va mi sombra, pero yo me quedo. Ilusión y fotografía en el Romanticismo. Los versos, entresacados de un poema de la escritora extremeña Carolina Coronado, son la metáfora de lo que la comisaria Carolina Miguel Arroyo ha querido transmitir: “Ese juego de presencias y ausencias, de luces y sombras, que refleja la vida cotidiana de mediados del siglo XIX”.

Como en ocasiones anteriores, el recorrido de la muestra discurre de manera paralela a la propia colección permanente. De esta forma, las piezas expuestas se contextualizan, al tiempo que dialogan con el resto de objetos presentes en las diferentes estancias. La peculiaridad, en esta ocasión, se encuentra en el montaje. Y es que, en vez de mostrar las fotografías en urnas o álbumes como suele ser habitual, se contemplan a través de unos visores inspirados en los que se utilizaban en la época, que ofrecen una imagen 3D de las escenas representadas. Se trata de una ilusión óptica, muy del estilo a la magia que ‘fabricaba’ por esos mismos años Meliés en el cine, que incita al espectador a curiosear y participar de ese juego de mirillas, cámaras oscuras e imágenes coloreadas.

En busca del color y la 3ª dimensión. La democratización de la fotografía se produjo hacia 1859, cuando Disdéri retrató a Napoleón III con el pequeño modelo fotográfico que había patentado en París cinco años antes. Entonces todo el mundo quiso emular al emperador e inmortalizarse en una carte de visite (CdV), como la que se exhibe del duque de Fernandina con traje de época en la estancia que recrea el salón de baile.

Sin embargo, la cultura de la imagen se cansó pronto de estas fotografías en blanco y negro, por eso buscó nuevas formas de divertimento relacionadas con la técnica recién nacida. Surgieron así los pares estereoscópicos, una imagen duplicada que, vista a través del estereóscopo (Charles Wheatson, 1838), creaba la ilusión óptica de la tridimensionalidad. La magia del 3D se hacía por tanto realidad ya en el siglo XIX.

Aún daría un paso más con los denominados tissues, que son imágenes estereoscópicas retroiluminadas (en ocasiones, el papel albuminado se perforaba para potenciar puntos de luz como ventanas, lámparas o velas). Este tipo de fotografías ofrecía un doble aspecto: en blanco y negro o coloreadas, según se aplicase la luz. El espectador tendrá que acercarse hasta los visores y asomarse a las mirillas para descubrir cómo se exponen en este recorrido.

Los pares estereoscópicos eran una imagen duplicada que, vista a través del estereóscopo (Charles Wheatson, 1838), creaba la ilusión óptica de la tridimensionalidad. 

Los tissues son imágenes estereoscópicas retroiluminadas. Este tipo de fotografías ofrecía un doble aspecto: en blanco y negro o coloreadas, según se aplicase la luz.  

 

Los ejemplares que presenta ahora el Museo del Romanticismo muestran diversas escenas relacionadas con las salas donde se muestran. En el oratorio, por ejemplo, se ve un bautizo y en la estancia de los niños hay una escena infantil. Las fotografías que pueblan el antesalón de baile recrean las tertulias y reuniones que entretenían a los burgueses en sus hogares.

Hacia el final de la exposición, ya en la sala XX, se muestra el Obrador de pintura, un homenaje al artista y su taller. Este tissue es, a mi juicio, uno de las imágenes estereoscópicas más interesantes de la muestra, pues asomarse a ella es como colarse literalmente en el estudio del pintor. Les aconsejo que se deleiten un buen rato en los lienzos, el caballete, la profundidad del espacio, las telas, la lámpara iluminada y la lumbre que se esconden tras la cámara oscura. Descubrirán la magia de la fotografía 3D desde una mirilla.

Solo hay dos piezas en el recorrido que no se esconden tras esa mirilla. Al contrario, se exhiben enmarcadas en un singular aparato: El megaletoscopio privilegiato. Durante la organización de la exposición, la comisaria descubrió entre los fondos de la colección fotográfica unas imágenes concebidas para dicho dispositivo, creado por Carlo Ponti entre 1858 y 1862. Este fotógrafo suizo afincado en Venecia llegó a ser el óptico del rey Víctor Emanuel II y, aunque murió ciego, creó diversos inventos relacionados con la ilusión óptica y la perspectiva. Las dos imágenes que se exhiben ahora en la muestra, una de ellas sobre un baile del rey de Italia, son fotografías translúcidas perforadas y coloreadas que juegan con el uso de la luz y sus efectos de claroscuro.

Se va mi sombra pero yo me quedo. Ilusión y fotografía en el Romanticismo podrá visitarse hasta el 13 de mayo de 2018. Sol G.Moreno 

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