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Cuerpo. 1850­‐1860. Museo del Traje. CIPE. Fotografía: ©Pablo Linés Viñuales.

CIEN AÑOS DE MODA ROMÁNTICA: EL ORIGEN DEL ‘FASHION VICTIM’

Una veintena de trajes y vestidos del siglo XIX ocupan las salas de la colección permanente del Museo del Romanticismo para ilustrar la evolución en la indumentaria durante el reinado de Isabel II y los años posteriores.

¿Qué significa “ir a la moda”? Eso debió de preguntarse la sociedad española durante las primeras décadas del XIX. La expresión, tan manida en la actualidad, comenzaba a florecer en los círculos de la burguesía moderna, que por primera vez sucumbió a las tendencias de temporada, los vestidos de firma y el protocolo en el vestir. Los años que sucedieron a la Revolución Francesa fueron decisivos para el desarrollo de la modernidad, entre la industrialización, la mecanización y las transformaciones en la vida cotidiana. Todos estos cambios afectaron también a la indumentaria decimonónica, que fue fiel reflejo de los usos y costumbres de aquella época.

La Moda Romántica propone un viaje en el tiempo a través de las telas y bordados de algunos de estos diseños, en una exposición cuyo recorrido transcurre por las salas del Museo del Romanticismo. De este modo, los trajes goyescos, vestidos de gala, chalecos y levitas masculinas se aprecian en su contexto, entre lienzos y esculturas que muestran a los personajes que realmente llevaron esa ropa, o en las salas donde posiblemente debieron de lucirla. El traje de baile en seda de color azul con aplicaciones de encaje (1860-1865) sorprende por su belleza y finura, pero adquiere mayor relevancia al exhibirse en el Salón de Baile del museo, junto a la Dama de verde de Esquivel y el retrato de Isabel II pintado por Madrazo; con esta compañía, es fácil imaginar a su dueña bailando a ritmo del piano de cola de Pleyel que completa esta sala y que fue fabricado expresamente para la reina de España, gran amante de la música.

Una melodía completamente distinta envuelve el vestido de boda que se presenta, solemne y silencioso, en el pequeño Oratorio. Por un momento, el espectador tiene la sensación de haberse colado en un espacio íntimo, donde quizá la novia se confiesa ante el mismísimo Papa, el San Gregorio Magno inmortalizado por Goya en 1796-1799 que cuelga de la pared. El color blanco de la tela se impuso casi de forma unánime a partir de 1840 en todos los casamientos, a raíz de la boda real de Victoria de Inglaterra. Su vestido blanco de satén liso con cola de encaje fue tan mediático, que muchas quisieron imitarlo.

Las fotografías del magno evento se sumaron a la proliferación de las revistas de moda, que desde los años 30 difundían los figurines más deseados y repetidos en París, Nueva York o Roma. Aparecieron entonces las primeras fashion victims de la historia y la indumentaria comenzó a bailar al son de los vaivenes que cada momento dictaba, sin olvidar las normas básicas de decoro. Esa evolución en la indumentaria es la que trata de abarcar la exposición con 22 diseños, procedentes en su mayoría del Museo del Traje. 

Todos ellos condensan cien años de usos y costumbres en el vestir, ofreciendo una visión global de la moda decimonónica. Esta comienza en 1810 con la herencia del traje imperio y el uso del punto para los vestidos; continúa en las décadas siguientes con las faldas pomposas y abullonadas bajo el miriñaque; y se moderniza hacia mediados de siglo con novedades como el tinte o el gusto por lo oriental (el traje de seda estampada colocado en el Comedor se mimetiza perfectamente con la pantalla de chimenea de la estancia, gracias a los motivos florares).

El auge del nacionalismo de finales del siglo XVIII también afectó a la indumentaria del momento, que enseguida adaptó los elementos populares a la vestimenta. Prueba de ello son los dos vestidos goyescos cuajados de madroños que se exhiben junto a varias escenas costumbristas de majas y embozados firmadas por Eugenio Lucas Velázquez y Leonardo Alenza.

No cambió tanto la indumentaria masculina, que apenas sufrió modificaciones desde que se impuso el pantalón y la camisa. Solo en los chalecos se permitían ciertas licencias (el dandi fue el personaje que mejor partido sacó a esta prensa). Otra de las piezas destacadas es la levita de Mariano José de Larra. Sencilla, sobria y sorprendentemente actual, se muestra ahora en un cuarto masculino, junto a diversos objetos que definen la vida cotidiana del periodista que se escondía tras el pseudónimo de Fígaro.

La Moda Romántica ofrece un paseo contextualizado por la indumentaria del siglo XIX, que tiene en la reina Victoria de Inglaterra a su máximo referente –la “it girl del momento”, según el comisario Eloy Martínez de la Pera, porque puso de moda el tartán y el negro para el luto– y en Larra al mejor ejemplo de hipster decimonónico.

Podrá visitarse hasta el 5 de marzo. Sol G. Moreno

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