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La cosmovisión de Nikolái Roerich en la Colección de Arte Ruso de Málaga


Mañana se inaugura en Málaga la exposición dedicada a Nikolái Roerich (1874-1947) uno de los maestros del simbolismo ruso desde finales del siglo XIX hasta la década de los años 40 del siglo pasado. Hombre polifacético al que le gustaba viajar, escribir, filosofar y ser un activista social, interesado por casi todo, lo que le hizo ser un personaje muy conocido en el período de entreguerras. A través de las 70 obras, que abarcan casi toda su trayectoria, seleccionadas por la comisaria Yevguenia Petrova, podemos ver su evolución como artista y su legado espiritual que conectaba con el de su admirado Leon Tolstói. No conviene olvidar que su activismo social tuvo su momento álgido con el primer documento relativo a la conservación de los monumentos culturales, que fue adoptado posteriormente por la ONU y la UNESCO y recibió el nombre de Pacto Roerich.

Dentro de esa búsqueda por el conocimiento que caracterizó a Roerich llama la atención cómo supo encontrar los nexos que conectan la historia, la cultura y la religiosidad de los diferentes pueblos, en un intento de perseguir ese concepto de lo que une a la civilización, tanto desde un punto de vista terrestre como cósmico, algo común a pensadores y artistas occidentales, sobre todo rusos, y orientales de ese período histórico que le tocó vivir a Roerich. La creencia en la existencia de fuerzas superiores, no accesibles para gente común y que solo podían vislumbrar algunos visionarios, le hizo bautizar a esa capacidad como Shambhala, una especie de esperanza en un futuro mejor para toda esa humanidad que tenía unas raíces comunes que se fundían en el pasado.

En sus viajes y en su calidad de historiador y arqueólogo en varias excavaciones por urbes antiguas de Rusia le sirvieron tanto para buscar esos nexos de unión como para ser fuente de inspiración de sus creaciones como pintor, visibles en obras como Los visitantes (1901) y Los visitantes de otras tierras (1902). Roerich quería en sus composiciones emocionar con las historias, los mitos y las leyendas que iba fijando en sus pinturas. Desde las costumbres primitivas de los primeros eslavos en Los ídolos, pintado en 1901; o los rituales extraños e incomprensibles del siglo XX en La conjura terrenal, de 1907, que se ocupan del lejano pasado de la Humanidad.

Roerich colaboró con Serguei Dyaguilev en 1909 cuando este creador le invitó por primera vez a participar en la puesta en escena de la ópera Blancanieves de Nikolái Rimski-Korsakov.

Su búsqueda por las antiguas civilizaciones de India, China y Siberia le permitieron descubrir su influencia en otras sociedades posteriores. Sus últimos años los pasó en la India, país donde entró en contacto con líderes religiosos y personas humildes pero sabias, recuperando parte de las historias orales en aldeas y monasterios.

En el recorrido, con mayoría de obras de la colección del Museo ruso de San Petersburgo, muchas de ellas donadas por Roerich y sus hijos Yuri y Svyatoslav,  podrán verse multitud de paisajes de montaña, con ligeras variaciones, para plasmar lo que tienen de eternos y misteriosos por su monumentalidad y fuerza. De hecho entre 1930 y la década de los 40 casi todo fueron cuadros de montaña, excepto algunos que abordan la mitología rusa: La cruzada de Ígor, 1942; El combate entre Mstislav y Rededey, 1943; y una composición realista del mismo año, Los partisanos, Dos años más tarde Roerich pintó el cuadro ¡Recuerda!, 1947, de carácter simbólico, donde fijó montañas que se elevan al cielo y un viajero a caballo que mira en dirección a una casa rodeada por varias figuras. A lo lejos se ven cumbres nevadas y en una de ellas se aprecia una suerte de construcción que parece un templo. La muestra se podrá ver hasta el 1 de marzo de 2020. Julián H. Miranda

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