Julia Llerena en Río & Meñaka
A Julia Llerena, nacida en 1985 y arraigada en la capital hispalense, le queda ya poco acento andaluz. Afincada en Madrid desde hace trece años, ha realizado en esta ciudad gran parte de una carrera que, poco a poco, va cogiendo el vuelo que su calidad promete. No en vano expone actualmente en dos colectivas: Las costumbres de la flor, en la Fundación Madariaga en Sevilla (ver), y Red, red, red. 40 international female artists, en el MOLAA de Los Ángeles, organizada por la MIA Art Collection de la coleccionista Alejandra Castro con piezas de Abramovic, Hilma Klint, Louise Bourgeois o Nam Goldin, por citar sólo algunas (ver).
La obra de Llerena, como ha quedado claro en sus trabajos anteriores, transita con sigilo de los objetos más cotidianos a los sentimientos; miniaturas y fragmentos aparentemente inconexos, buscados y ordenados de forma casi arqueológica y archivística, para ubicarse ella misma, para entender su entorno. Es una silenciosa exploración de sus vivencias más íntimas, de sus propios cambios interiores y exteriores con motivo de la maternidad. Tan silenciosa que puede pasar desapercibida, como la fragilidad sobre la que trata. Eso sí, “de lo exterior a lo interior”, comenta.
El título de la muestra, Página 180, con texto de Bea Espejo, es una mirada hacia su pasado, cercano y lejano; es la página concreta donde su madre abandonó la escritura de su diario -escrito como mujer, como madre y como artista-, años antes de fallecer. Ha sido una oportunidad para reordenar ideas y emociones en instalaciones, y continuar con esas mismas indagaciones pero en la pintura, tras su reciente retorno a los pinceles.
La idea originaria era hacer una muestra con objetos nuevos, con lo último de su creación (con precios que oscilan entre 1.050 y 32.000 euros). Pero la realidad terminó imponiéndose y Julia necesitaba abarcar el espacio -horizontal, vertical y en el plano- y el tiempo -explicar dónde estaba y cómo trabajaba, y dónde está ahora, que ha vuelto a pintar-.
La muestra comienza con una instalación en el suelo. Sobre una base de arena, coloca más de 200 placas de cerámica, realizadas a mano con su mimo característico. Diferente cada una, con ondulaciones hechas con sus propios dedos; con un tono y un aspecto distinto, casi marmóreo, y que, unidas, conforman un lugar aparentemente inestable pero íntimo. Se titula Ombligo. Cuenco. Agua, como un tejido vivo y cambiante, que refleja los cambios en su propio cuerpo tras ser madre. Creada en una residencia en 2021 en el C3A de Córdoba, tras la pandemia (ver y ver), la posibilidad de trabajar la cerámica fue para ella todo un descubrimiento: “con la materia, me encontré”, sentencia.
Esta primera instalación, de marcado acento horizontal, dialoga con la siguiente, un conjunto de telas que cuelgan del techo, marcando la vertical y ocupando casi por completo la sala principal. Cada una de las gasas fue entintada a mano individualmente y junto a otras -inicio de ese retorno a la pintura-; cada una tiene múltiples tonos y transparencias, con detalles de color que vienen de otras telas con las que ha estado en contacto. “El color va de un lado a otro. A lo mejor estos rosas vienen de aquí, señala. Las junto y se forman como unas transferencias que me interesan muchísimo”.
Cada gasa una tiene un haz y un envés. Y en cada haz, aparecen objetos cosidos, ya sea una cadena, un trozo pequeño de un espejo, una concha… Y aunque cualquier ligero aire mueva la tela, los objetos no pueden caer, están amarrados. La inestabilidad del inicio había dado un paso hacia delante; estábamos en 2023, en una residencia en Matadero, cuando nació este trabajo.
Por último, acogiendo la primera instalación y mirando a la segunda, se disponen dos lienzos. Es su último trabajo, el fruto seleccionado de su pintura directa sobre el lienzo, sin bastidor siquiera. Porque cada obra es fruto de una única sesión, con sus pulsiones de cada día, cambiantes a diario. Es “como su diario pictórico”. Y es donde por primera vez, “aparece el paisaje”.
Al final, Julia reconoce que la exposición ha sido un regalo que se ha hecho, en el sentido de hacer lo que realmente quería hacer y como quería. Y que ha podido conjugar tres tiempos: una mirada hacia atrás desde el presente, pensado en el futuro. No es poco. Daniel Díaz @Invertirenarte




