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Jenny Holzer, la versatilidad de una artista comprometida


El Museo Guggenheim Bilbao durante sus más de 20 años de historia ha tenido a varios artistas ligados en su trayectoria: Richard Serra, Louise Bourgeois, Jeff Koons y Jenny Holzer, entre otros. Esta última ha estado presente desde la apertura del Guggenheim Bilbao con su conocida Instalación para Bilbao, 1997, una pieza ubicada en el atrio y compuesta por nueve columnas luminosas, cada una de ellas de 12 metros de altura y que en 2018 se complementó con Pareja de Arno, hecha en 2019, una pareja de bancos de piedra con inscripciones que donó la artista al museo. Ahora el Guggenheim organiza la exposición retrospectiva Jenny Holzer. Lo indescriptible, comisariada por Petra Joos, curator del Guggenheim y patrocinada por la Fundación BBVA, que abarca una buena selección de cuatro décadas. La muestra permanecerá abierta desde mañana y hasta el 9 de septiembre.

La obra de la artista norteamericana, nacida en Ohio en 1950, ha girado en torno al lenguaje y con gran versatilidad en numerosos formatos: dibujo, pintura, instalaciones y acuarelas, entre otros, en los que incluye textos categóricos que abordan aspectos fundamentales de la existencia humana: el sentido del poder, la violencia, las creencias, la memoria, el amor, el sexo o la muerte, que le sirven para evocar espacios compartidos con el público, al que invita a participar, dando su opinión pero que pretenden que los observadores conozcan y visibilicen crisis globales como la de los refugiados, la violencia contra las mujeres y los abusos sistemáticos que hace el poder con diferentes colectivos.

Jenny Holzer estudió en la Escuela de Diseño de Rhode Island y actualmente vive y trabaja entre su residencia en Hoosik, pequeño pueblo cercano a Albany, capital del Estado de Nueva York, y su espacioso estudio en Brooklyn. Desde los años 80 hasta la actualidad y en diferentes soportes Holzer ha presentado sus ideas, argumentos y preocupaciones en temas sociales y siempre con un medio muy definido: el lenguaje. Y lo ha hecho en espacios públicos, textiles, pósters o proyecciones de luz sobre paisajes y arquitecturas, que no dejan indiferente cuando se contemplan porque suscita que se tome postura en muchos de los temas planteados.

La retrospectiva se estructura en ocho salas de la segunda planta del museo, Y además de seguir un recorrido cronológico y temático, incluye nuevas piezas, destacando letreros electrónicos con dispositivos robotizados, pinturas y proyecciones de luz. Además durante 10 días, desde hoy y hasta el 30 de marzo, se van a proyectar sobre la fachada del museo textos de poetas vascos, españoles y de otros países como un evento interactivo nocturno.

El recorrido se inicia con la sala dedicada a Truismos, Ensayos incendiarios y Lamentos. La serie Truismos (verdades) engloba más de 250 declaraciones por una frase, escrita por Holzer entre 1977 y 1979, que funcionan como si fueran aforismos y que sirven como análisis de la construcción social de creencias o costumbres, mientras que los Ensayos incendiarios (1979-1982), se imprimían sobre papel en espacios públicos de Nueva York, que estaban influidos por la experiencia lectora de temas artísticos, políticos y religiosos. En esta propuesta, la artista invita a que los lectores se plantearan la necesidad de un cambio social y el potencial de la propaganda para manipular a la opinión pública. Y en esta misma sala se exhiben dos sarcófagos de piedra con fragmentos del texto de Holzer, Lamentos (1989), que describe en primera persona la muerte innecesaria de esos hablantes desconocidos y anónimos, tanto de mujeres, hombres, niños y un bebé. Y cerca de ellos un tercer sarcófago, con mármol de Sevarezza, con un pasaje del poema de la polaca Anna Swirszczynska titulado Naturaleza muerta, que es una demoledora crítica de la brutalidad de la guerra.

La propia Holzer afirma: “Cuando las palabras están grabadas en piedra, se pueden tocar, se pueden leer con la mano, y quizá podrían percibirse de forma distinta a cuando están escritas en papel. El mármol y el granito congelan el tiempo, mientras que los letreros electrónicos y las proyecciones comunican de un modo diferente. Pensé que las hileras de bancos podrían hacer que la gente se imaginara salas de espera, tribunales de justicia, hospitales e iglesias, para bien y para mal.”

En la siguiente sala incluye seis bancos de piedra, una selección de bocetos de trabajo realizados sobre papel de calco, letreros de metal pintados a mano y tres letreros electrónicos. Todos ellos le sirven a la artista para difundir sus textos, de lo intelectual a lo popular, de lo costoso a lo efímero, y muchos de ellos vinculados a objetos de la vida cotidiana. En dichos textos quiere plantear las contradicciones entre el lenguaje institucional que a veces dice algo distinto de lo que se supone. Aquí encontramos un banco de granito negro con el texto Bajo una roca, 1986, que indaga en los efectos de la política en el cuerpo humano y la persistencia del dolor. Resultan muy interesantes los dibujos a lápiz, a modo de bocetos preparatorios, porque poseen una belleza única, con un trazo inquietante.

Entre los letreros electrónicos hay fragmentos de textos muy importantes: Viviendo, 1980-1982, y Supervivencia, 1983-1985. Los primeros tienen un estilo periodístico para hablar de la vida cotidiana, mientras que el tono del segundo texto con esa afirmación Protégeme de lo que deseo, fueron concebidos para dichos letreros y aparecieron en grandes vallas de Times Square y otros centros urbanos para ser accesibles a los peatones y conductores de esas aglomeraciones urbanas.

Uno de los temas abordados en la exposición son las promesas rotas de la Primavera Árabe, y en esa parte Holzer presenta una pieza de led robotizada, Hubo una guerra, una instalación de bancos de piedra que evoca el caos y la destrucción con versos de la artista escritos en 2001: Arno. En la pieza buscó información sobre la crisis de refugiados de la guerra en Siria y logró más de un centenar de relatos de testigos presenciales entre 2011 y 2016 por ONGs como Human Rights Watch y Save the Children. Además podemos ver y tocar bancos grabados con fragmentos de Erlaug (1995), una especie de monumento a la paz en Austria y otros bancos con textos de Bajo una roca, Viviendo y Supervivencia.

Una nueva sala está dedicada a la violencia sexual con una instalación de leds robotizadas recién creada, Me desperté desnuda, con una serie de testimonios en primera persona de supervivientes de agresiones y textos en inglés, español y euskera, que recogen declaraciones de cooperantes de ONGs, expuesta junto a una pieza de 2008, Púrpura, que son leds curvos de 19 elementos que recuerdan a costillas humanas y que denuncian en textos como Lustmord, 1993-1995, como hay asesinos que cometen crímenes para obtener placer sexual, dando paso a la sección dedicada a Los abusos de la guerra, con dos obras muy impactantes: Declaración jurada, que denuncia la impunidad que muchas veces beneficia a los militares y contratistas del Ejército de Estados Unidos en situaciones de conflicto; y Ariete, un panel de leds de más de siete metros de largo diseñado en 2016 que, por un lado, alude al movimiento de los arietes militares o al sexo, y por otro contiene una selección de poemas de la poeta polaca Anna Swirszczynska, que se unió a la resistencia y fue enfermera voluntaria de partisanos heridos.

Hay una faceta pictórica de Jenny Holzer menos conocida pero de gran interés para conocer mejor la evolución de su trayectoria última como esas Pinturas de censura, que cuelgan en ordenadas filas en las paredes de la sala 203 del Museo Guggenheim. No conviene olvidar el compromiso político de Holzer y su interés por los documentos desclasificados del gobierno norteamericano, que reproduce en óleo sobre lino, con las operaciones militares en Afganistán e Irak o más recientemente la investigación que está llevando a cabo el fiscal especial Robert S. Mueller de la injerencia rusa en las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos con un curioso método: ampliar digitalmente, calcar para reproducir con fidelidad los textos pero también aplicar colores para resaltar el contenido, todo ello como invitación a la lectura y contemplación de las mismas composiciones.

Las dos últimas salas, están dedicadas a las acuarelas, que suele realizar Jenny Holzer sobre los bocetos de trabajo en papel de calco para transferir los documentos desclasificados mencionados anteriormente, pero donde la norteamericana demuestra agilidad y rapidez hasta conseguir aguadas de gran expresividad; y a una sala de inspiración, la 202, cuyas piezas sirven de reflexión sobre el proceso de dibujar como una forma de “pensar y conocer”, y sobre todo algunos artistas que han influido en su modo de mirar, desde George Grosz a Louise Bourgeois, pasando por Alice Neel o Paul Thek, lo que revela sus afinidades y precedentes para abordar los temas que han ocupado y preocupado a Jenny Holzer desde hace varias décadas: la violencia, la justicia, la belleza, el amor, el poder y su abuso, entre otros.

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