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Fortuny, la revisión necesaria de un artista poliédrico 

El Museo del Prado presenta una antológica sobre el autor, donde ahonda en las múltiples facetas que desarrolló: pintor, dibujante, acuarelista y grabador. En esta ocasión, además, se descubre su gusto por el coleccionismo y se presenta parte de los objetos que tenía en su taller romano.


Era una obligación del Prado. Recuperar de sus almacenes las obras de Fortuny y exponerlas a los ojos del público para mostrar todo el genio creador de uno de los artistas españoles más relevantes del siglo XIX. Vivió apenas 36 años, pero su producción basta para reconocer la mano de un maestro de la técnica, la capacidad inventiva de un pionero del orientalismo y la figura de un buen conocedor de la tradición española.

Pintor, acuarelista, dibujante y grabador, Mariano Fortuny cultivó todos los géneros, desde el retrato y el paisaje, hasta el desnudo, la pintura costumbrista o el bodegón. Fue un artista poliédrico, un autor de trazo preciso y virtuosismo en el color que causó admiración entre sus coetáneos. Descubrió la fuerza expresiva de la luz en 1860, cuando viajó por vez primera a Marruecos como cronista gráfico de la guerra que enfrentó a Isabel II con los sultanes del país africano, y ya nunca más pudo desvincularse de ella. Inició así su propia revolución pictórica, fundamental para el orientalismo europeo.

Fortuny (1838-1874), la antológica que ahora le dedica el Museo del Prado, muestra todas las facetas desarrolladas por este autor catalán, a menudo condenado injustamente a los peines que llenan los almacenes de los museos. Calle del Darro, Granada, por ejemplo, solo se ha expuesto una vez en el British Museum, institución que custodia dicha acuarela desde 1950. El mismo Prado ha tenido que recuperar varios dibujos y acuarelas del depósito para la ocasión. Precisamente la acuarela del British es una de las obras que se exhibe por vez primera en Madrid. Igual ocurre con el soberbio El fumador de opio del Hermitage, que nunca antes había abandonado San Petersburgo.

La exposición reúne así hasta 67 piezas que no se habían mostrado fuera de sus colecciones previamente, a las que se suman una docena de pinturas inéditas. En total son 169 obras procedentes de instituciones públicas nacionales e internacionales –cabe destacar el MNAC de Barcelona y el Museo Fortuny de Venecia–, así como colecciones privadas (Arango, Brugarolas, Carlos Sánchez, Gerstenmaier y Vida Muñoz, que se sepa). Un esfuerzo titánico, sin duda, que ha servido para revisar la producción del artista, nacido en 1838 en Reus y fallecido en Roma en 1874 a causa de una úlcera.

Fortuny (1838-1874) es un proyecto que comenzó a gestarse en 2012. Javier Barón, jefe de Conservación de Pintura del siglo XIX y comisario de la muestra, defiende las novedades expositivas y biográficas a las que ha dado origen su investigación. Concretamente en lo que se refiere a su faceta como coleccionista, apenas conocida hasta el momento.

Una de las salas reproduce con acierto el atelier del pintor en Roma y muestra una selección de objetos tan diversos como singulares: un azulejo, copas venecianas, un casone florentino del XVII, varios cascos y escudos persas del XVIII, un cofre hispanomusulmán y un tapiz del XVI.

Otra de las novedades la encontramos en el montaje de La reina María Cristina y su hija la reina Isabel pasando revista a las baterías de artillería. Por primera vez se exhibe en el techo, como debió de colgar originalmente en el palacete de París. Sus escenas de niños jugando en la playa le sitúan como el gran artista del movimiento de su siglo. Aunque, sin duda, el mayor atractivo de la muestra son las obras ambientadas en África, como Árabe apoyado en un tapiz, una orgía de rojos, blancos y verdes de pincelada nerviosa pero magistral.

La exposición, patrocinada por la Fundación AXA, podrá visitarse hasta el 18 de marzo. Sol G. Moreno

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