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‘Flor de mayo’ en La Casa Encendida

La Casa Encendida de Fundación Montemadrid ha inaugurado Flor de mayo la segunda exposición dentro del ciclo Un rastro involuntario. La muestra es un diálogo entre las obras conceptuales de David Horvitz y Javier Cruz. Se podrá visitar hasta el 20 de junio.


La Sala A de La Casa Encendida acoge desde esta semana Flor de mayo, la segunda entrega en el ciclo expositivo Un rastro involuntario, que se propone fortalecer las conexiones con las manifestaciones más contemporáneas y así afianzar el espacio en el presente. Este proyecto está comisariado por This is Jackalopeuna organización independiente dedicada a la creación, producción y difusión del arte actual fundada y dirigida por Cristina Anglada y Gema Melgar.

La exposición gira en torno a la primera colaboración de David Horvitz y Javier Cruz, dos artistas que se mueven en la vertiente más poética del arte conceptual. Sus reflexiones son variadas y atacan grandes cuestiones filosóficas como la naturaleza del mismo tiempo y el espacio. Como previo a la Sala A, unas lonas con eslóganes ya anticipan este «hackeo del tiempo», expresión con la que la comisaria Cristina Anglada resume la búsqueda de distintas maneras de contabilizar el paso de las horas por Horvitz. Un reloj que se queda dormido y Un reloj que persigue las sombras de los gatos son dos de estas piezas.

El nexo –temático– más directo con el interior de la muestra, está en otras dos creaciones de Horvitz: una pareja de relojes digitales que en vez de estar sincronizados con la duración habitual de los segundos, toman como referencias, como unidad de medida, la respiración y el latido del corazón. No obstante, este relato de torsión y flexión del tiempo y el espacio encuentra otras muchas formas de expresión en la habitación.

La sala está dividida cromáticamente en dos secciones, una de paredes blancas bañadas por unos focos de tonos rojizos y otra de suelo, techo y paredes negras. Este balance lumínico hace referencia a los mecanismos más evidentes y ancestrales para contabilizar el paso de las horas y los días, la dualidad del sol y la luna. La experiencia simultánea de esos dos opuestos se manifiesta también en el espectro sonoro. La pieza principal es en la que se materializa más concretamente la colaboración de los dos autores: Pacífico.

Esta obra fue concebida para crear una experiencia imposible en los oídos del espectador. El 5 de enero de este año Cruz y Horvitz grabaron el sonido del océano Pacífico desde Concón –Chile– y Los Ángeles, reuniendo en una misma pista las frecuencias de zonas del mar separadas por miles de kilómetros. El Pacífico Norte suena en dos altavoces en la pared norte de la sala, y el Pacífico Sur en el lado opuesto. Además, la grabación dura 22 minutos, lo que puede contener un vinilo, que es utilizado como manifestación física de ese lapso.

En esa misma zona de oscuridad cuelga del techo un pendiente de plata justo a la altura del lóbulo de David Cruz. Este símbolo lunar también tiene una lectura solar. Esta pieza –que es parte de una serie mayor– fue concebida con la colaboración de Alejandro Gómez Pérez, químico, que preparó un nitrato de plata muy concreto que al ser calentado desprendió un humo rojizo, del tono del atardecer, para revelar al final de la reacción un disco plano de plata. La fabricación de la pieza sirvió como metáfora de la salida de la luna, y se usa en contraposición a la puesta del sol representada en el lado opuesto del espacio.

En el extremo crepuscular la luz que baña las paredes, de ese mismo tono rojizo que referencia explícitamente los atardeceres –contaminados– de Madrid procede de una tintura que se ha extendido en los filtros de los focos. Ese tinte se compone de un compuesto similar al que conforma la infame «boina» de la capital, con un alto contenido de nitrógeno. Más concretamente, se alude a ese breve momento de la puesta de sol con la perforación de una frase de Horvitz Whatching you become the sunset –viendo como te conviertes en atardecer– en la falsa pared que tapia las ventanas originales del edificio.

A través de los agujeros se ve la luz exterior que también va cambiando con el paso de las horas. Este juego de referencias cruzadas se cierra con una pequeña pieza frente a la frase –y más concretamente frente a las dos letras finales de become: Me, es decir, yo– consistente en dos recortes de papel de las mismas dimensiones y a la misma altura de las pupilas de Cruz. Estos están teñidos de negro gracias a una solución de haluro de plata –material imprescindible en la historia de la fotografía– que reaccionó con la luz de un eclipse lunar.

Todas estas capas de significado se superponen y entremezclan y sobre todas ellas, la más sutil y la que da el título a la exposición. Flor de mayo es una referencia a muchos conceptos. Primero al de migración, ya que el famoso barco que llevó a los peregrinos a América se llamaba Mayflower. Pero también a una planta en particular, la primera que esos colonos vieron florecer en la siguiente primavera. La relación explícita con la muestra viene de un ejemplar de esta especie que conservaba en el patio la abuela de Horvitz y de la que regaló un esqueje al comisario Álex Alonso Díaz que la plantó en el jardín de su propia abuela. Ese viaje de vuelta del Mayflower embriaga la sala con una fragancia creada a partir de la descripción que la abuela de Alonso hizo a unos perfumistas. La traducción de la experiencia directa.

El visitante podrá adentrarse en esta maraña de símbolos y alegorías y disfrutar tirando del hilo que lleva de una a otra creación sin que el camino sea único, predefinido, o posiblemente repetible. Se podrá visitar hasta el 20 de junio. Héctor San José.

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