Emilia Pardo Bazán, protectora del patrimonio, regresa al Cerralbo
El museo madrileño expone un retrato de la autora gallega para subrayar su labor de cuidado y difusión tanto de la cultura como del patrimonio arqueológico en una época en la que, a menudo, las mujeres quedaban relegadas de estos ámbitos.
La escritora y periodista Emilia Pardo Bazán, autora de la célebre obra Los pazos de Ulloa, fue una invitada habitual en las fiestas que el Marqués de Cerralbo celebraba en su palacio de Ventura Rodríguez. De hecho, el vínculo entre ambos se cimentaba, en parte, en su interés mutuo por la arqueología, aunque tenían otros nexos en común como el carlismo, al que el marqués estuvo siempre vinculado y que la condesa apoyó durante un tiempo.
105 años después de su muerte, regresa a las estancias del palacio-museo de su amigo, esta vez en forma de retrato, como parte de la muestra Cerralbo y las mujeres protectoras del Patrimonio Cultural. Una propuesta que se incluye en el ciclo Obras de paso, donde habitualmente se presentan piezas de otras instituciones para integrarse temporalmente en la colección madrileña.
El cuadro recién llegado al museo se ha colocado en el recibimiento de verano. Proviene de la casa-museo de Pardo Bazán y fue pintado por Gustav Wertheimer en 1887. El artista y la retratada coincidieron aquel año en París, donde él cosechaba honores y premios mientras ella, divorciada, pasaba los inviernos.
Precisamente en aquel momento se encontraba preparando su charla para el Ateneo de Madrid sobre literatura rusa, lo que demuestra la importancia de su figura en el ámbito de la cultura en nuestro país. Pues no era nada habitual que una mujer pudiera impartir ponencias de este tipo, mucho menos en un foro tan respetado como el Ateneo, que no tuvo socias femeninas hasta el siglo XX.
Pero su papel cultural no se inscribe solo en el ámbito literario. Mucho más relacionado con los museos y con la propia colección del Marqués de Cerralbo, la autora ayudó a difundir nuevas perspectivas arqueológicas. Además, abordó cuestiones sobre cómo presentar y exhibir el patrimonio.
Un ejemplo de ello fue su columna “La vida contemporánea” en la publicación La ilustración artística, en la que abordó la labor de su amigo –el Marqués de Cerralbo– con respecto a la conservación arqueológica, así como la importancia capital de cuidar y proteger adecuadamente las recién descubiertas pinturas rupestres de Altamira.
El cuadro suyo que ahora se expone en el museo trata de recordar precisamente esa labor, recuperando su imagen rotunda, en esta ocasión representada con pañuelo negro en la cabeza, una rosa en el pecho y, según se ha dicho, un cierto gesto de coquetería en el rostro.
No fue el único retrato que se le hizo a la condesa. Seguramente, el más bello y famoso es el que pintó Joaquín Vaamonde, pero ninguno de ellos gustó al público.
Tal como escribió la propia autora en un artículo de prensa, “Mis retratos han tenido escasa fortuna. Ni el de Balsa de la Vega; ni el de Máximo Peña; ni el de Madrazo; ni el del célebre austríaco Wertheimer logran contentar a los que los miran. Cada uno le pone un defecto: la impresión general es de desagrado. Los he reunido en la biblioteca baja de las Torres de Meirás”.
Uno de ellos ha abandonado temporalmente su hogar gallego para colgar, hasta el 10 de enero de 2027, del Museo Cerralbo, donde la autora fraguó su relación con el marqués y otros eruditos de la época. Se suma así a otras protagonistas del ciclo dedicado a subrayar la importancia de las mujeres en la cultura, como Regla Manjón y Mergelina, condesa de Lebrija, cuyo retrato de Antonio Rivas pudo contemplarse hasta principios de septiembre. Sofía Guardiola


