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El Prado replantea su discurso del Siglo de las Luces

La pinacoteca ha aprovechado su cierre parcial para idear una nueva propuesta de exposición del arte europeo del siglo XVIII en las salas 19-23 del edificio Villanueva, donde ahora conviven pinturas con piezas escultóricas, mobiliario y artes decorativas. Leticia Azcue Brea y David García Cueto han sido los responsables de esta reordenación, que muestra algunas obras recién restauradas y recuperado otras de los almacenes.


La idea es ofrecer al visitante una visión más panorámica y completa de la cultura europea durante la Ilustración. Por eso, pinturas habitualmente expuestas en sala como la Inmaculada de Gianbattista Tiepolo comparten ahora protagonismo con obras que raramente habían salido de los almacenes, como el caso de una pareja de bustos de cera atribuidos recientemente a Filippo Scandellari (hasta el momento, se consideraban de Francesco Pieri). Un feliz rencuentro de autores italianos que tiene lugar en la sala 23 del edificio Villanueva.

Las diferentes disciplinas desarrolladas durante el Siglo de las Luces en las cortes europeas, fundamentalmente en la española, confluyen en estas estancias recién abiertas en el Museo del Prado. Además de la novedad de ciertas piezas expuestas por primera vez, destaca el montaje con dobles registros de altura, tal y como debió de mostrarse en los palacios de la época.

La idea es ofrecer al visitante una visión más panorámica y completa de la cultura europea durante la Ilustración. Además, destaca el montaje con dobles registros de altura, tal y como debió de mostrarse en los palacios de la época.

Estos trabajos de remodelación se han llevado a cabo durante los ocho últimos meses, aprovechando el cierre parcial del museo –a causa de la pandemia sigue acotando la visita a un 60-65% de su espacio habitual– y gracias al apoyo de la Fundación Iberdrola. Durante ese tiempo también se ha aprovechado para restaurar obras significativas como Familia en un jardín de Jan Van Kessel el joven, o la Sagrada Familia de Jacinto Meléndez, que ahora lucen como nuevas.

El nuevo recorrido por las salas del XVIII se estructura de forma cronológica, desde los años finales del hechizado Carlos II –con quien acabaría la dinastía de los Austrias– y el ascenso al poder de Felipe V como primer soberano de los Borbones, hasta la primera década del monarca Carlos III en España, tras su paso por las Dos Sicilias. Cinco salas que relatan la historia de cuanto ocurrió en la Corte y capital de España durante la Ilustración, para terminar el discurso a escasos metros de las salas de Goya.

La sala 19, por ejemplo, recibe al espectador con un duelo de retratos reales: Carlos II con armadura de Carreño de Miranda y Luis XIV de Rigaud muestran los modelos estéticos de las cortes madrileña y parisina respectivamente. El cambio de dinastía se aprecia también en las obras de la etapa inicial de Felipe V, quien trató de buscar un equilibrio entre la tradicional imagen de la Casa de Austria y los nuevos tiempos que él mismo encarnaba.

Acompañan a las efigies reales otros tantos retratos ecuestres, esta vez en bronce, del primer monarca borbón y de su tío abuelo (este último vestidos a la romana y con la postura del caballo en corveta, siguiendo las enseñanzas de Pietro Tacca). Sin embargo, la novedad reside en dos pequeños medallones en bronce dorado con Carlos II y su esposa Mariana de Neoburgo con su formato original, liberados ya de esos portapaces añadidos en el siglo XIX.

La sala contigua recoge una selección de lo que fue la segunda mitad del reinado de Felipe V y su giro hacia las formas francesas debido, en parte, a Jean Ranc, retratista oficial de la real familia, y a Michel-Ange Houasse, renovador del paisaje y del género mitológico. Un par de obras de Wateau y un relieve escultórico atribuido a Antonio Dumandré ilustran bien el gusto rococó del momento.

Tercera estancia (sala 21): reinado de Fernando VI y su gusto por las formas italianas, que ilustra a la perfección el trabajo de Corrado Giaquinto, así como el de su maestro Francesco Solimena y Sebastiano Conca. Completan el espacio un par de consolas de la real fábrica del Buen Retiro con tableros de piedras duras. Asimismo, se incluyen dos vistas de Nápoles de Antonio Joli que ilustran cómo Carlos III parte hacia España; parecen preconizar la inminente llegada del sucesor del Rey Prudente.

El ascenso al trono del Mejor alcalde de Madrid lleva consigo un cambio de sala (22) y de estilo: el Neoclasicismo, cuyo mejor representante es Mengs. Basta citar sus retratos reales, por ejemplo el de un jovencísimo Fernando IV rey de Nápoles. Señalamos esta obra porque precisamente bajo ella se ha ubicado una consola –restaurada para la ocasión– muy similar a la que aparece en la pintura realizada por el alemán en 1760.

Finalmente, el siglo XVIII se despide en la estancia 23 con una de las sagas de artistas más fructíferas de la época: los Tiepolo. Giambattista trabajó, junto a sus hijos Giandomenico y Lorenzo, al servicio de Carlos III, decoró la bóveda del Salón del Trono en el Palacio Real y encarnó el canto del cisne del Barroco europeo hasta pasada la mitad del siglo.

Es aquí donde se exhibe la rarísima pareja de bustos recientemente atribuidos a Filippo Scandellari, gracias al profesor Andrea Daninos (aunque el estudio no se ha publicado aún). Este autor trabajó en Bolonia en una especialidad muy escasa: la escultura en cera. De gran refinamiento y sorprendentemente hiperrealistas –pelo natural, ojos de vidrio, hueso para los dientes o textiles para las ropas–, estos dos bustos abandonan las salas del depósito del museo tras más de un siglo de olvido y se muestran en todo su esplendor, gracias a una reciente restauración. Sol G. Moreno

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