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El nuevo imaginario de la Gran Vía

Los arquitectos Jorge Gabaldón y Néstor Montenegro reflexionan sobre la importancia del edificio Telefónica –construido por Ignacio de Cárdenas– en la modernización de Madrid y su conexión con la arquitectura neoyorquina.


Si alguna vez levantó la vista en su paseo por la Gran Vía, seguramente apreció la riqueza tipológica y formal de los edificios que la acotan. Este relevante eje construye no solo la trama urbana de la ciudad de Madrid sino también de la historia de la Arquitectura de comienzos del siglo XX. De entre la secuencia de edificios, hay uno de aspecto masivo con 13 plantas y rematado con un torreón que seguro captó su atención.

El edificio Telefónica ha sido, antes incluso de su construcción, un icono. La expansión de la empresa privada de telefonía en el ámbito nacional y la herencia americana marcarían dos estrictas líneas de actuación en lo referente a su imagen corporativa. La obsesión por el carácter que se buscaba plasmar desde la compañía tuvo su mayor reflejo en la arquitectura que, como la empresa, miraba hacia Estados Unidos. Una arquitectura que constituía en sí misma el mejor marco publicitario para la firma y una oportunidad de impregnar Madrid del carácter moderno de esta empresa puntera.

De la misma manera que suponía un reto conectar la capital con los pueblos de la península a través de una infraestructura nueva, la construcción del edificio Telefónica se convierte en un desafío equivalente: importar los avances que sobre los modelos de edificios corporativos y grandes sedes empresariales se estaban desarrollando al otro lado del Atlántico. En consonancia con el momento concreto de transición en los sistemas constructivos de estos programas, tras la gran mole de piedra que envuelve un espacio de oficinas radicalmente concebido según los nuevos estándares, se esconde un esqueleto enormemente tecnológico para la época.

Ignacio de Cárdenas fue el arquitecto escogido para llevar a cabo el proyecto. Inicialmente, desarrolló –bajo la dirección de Juan Moya– una serie de anteproyectos que celebraban con continuismo histórico aquello que este último venía construyendo con éxito en Madrid, un estilo barroco y recargado que se adecuaba poco a las expectativas de la Compañía.

Tras esos intentos fallidos, Cárdenas colaboró directamente con el arquitecto americano Louis S. Weeks –autor del 75 Broad Street de Manhattan– para el desarrollo del nuevo anteproyecto. Tuvo así la oportunidad de conocer en primera persona los edificios que se estaban haciendo coetáneamente en Nueva York.

Las visitas a Estados Unidos del autor español imprimieron en él un gusto por la sobriedad y racionalidad compositiva, el orden vertical, la limpieza y homogeneidad de huecos y paños, que se vio inevitablemente contagiado por la necesidad de integración en el entorno histórico del casco antiguo de Madrid (que aún miraba al pasado nacional como renacer de la Gran Depresión del 98).

La fachada de Telefónica, una conjunción tensa de ornamento superpuesto a la sobriedad compositiva de huecos y paños, no es sino la herencia de la exaltación historicista española y de la construcción vertical referenciada en Estados Unidos. Con aspecto recio y textura almohadillada al estilo italiano, los niveles bajo y primero componen un basamento que abre sus puertas a la Gran Vía con un pórtico de estilo barroco que recuerda a Pedro de Ribera.

Por encima del basamento y en contraste con este, el orden marca una composición de sobrios huecos que reproducen con exactitud los planos retranqueados, los set becks de los rascacielos americanos de principios de siglo. Y las carpinterías, en su momento guillotinadas, mostraban una intención de contraste con el tratamiento de los huecos del resto de edificios de la Gran Vía de carácter neoplateresco.

Este permanente recorrido entre lo aprendido y lo que queda por aprender, lo determinado y lo indeterminado, el futuro y la integración histórica, es el que concreta la relevancia del edificio en su contexto temporal; y, por tanto, su aportación definitiva a la modernización de los estándares construidos.

Pensemos de nuevo en ese paseo por la Gran Vía, pero ahora remontándonos a 1927, con esa estructura que, como una nebulosa de barras de acero, comenzaba a elevarse sobre la ciudad queriendo tocar el cielo. Imaginemos la extrañeza, la curiosidad, la sorpresa. Pensemos en esa visión de lo desconocido. En la manifestación del contraste entre la tecnología que permite levantarla y en las manos que lo levantan.

Entonces valoraremos el avance no como una construcción razonada desde el conocimiento teórico de la historia de la arquitectura, sino como la transposición de una sociedad y su memoria hacia imágenes, hoy icónicas, que permiten soñar con aquello que aún se desconoce.

El estado intermedio de esta nube sobre el eje de Gran Vía es a nuestros ojos el mayor hallazgo para describir el tributo que Cárdenas y sus socios americanos legaron a la ciudad de Madrid: un nuevo imaginario sobre el que construir el futuro. Jorge Gabaldón y Néstor Montenegro

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