El nuevo Bellas Artes de Bilbao
La ampliación del museo ha sido el evento cultural que ha marcado el inicio de este curso. Un proyecto que añade metros cuadrados, depósitos y préstamos, ademas de recuperar el espíritu de la institución: su apuesta por el coleccionismo. TEXTO: Fernando Rayón
Muchos han atribuido el éxito de la ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao a la elección de Norman Foster y Luis María Uriarte. También a la dirección de Miguel Zugaza y su equipo. Y estoy de acuerdo. Pero una vez inauguradas las salas, me permito hacer una reflexión sobre otras razones que han contribuido al éxito de la inauguración.
Me he referido ya a tres motivos. Uno de ellos ha sido mantener el museo abierto a pesar de las obras. El propio Foster reconoció, durante la rueda de prensa previa a la inauguración, que no había sido fácil por las dificultades técnicas que la ampliación había supuesto.
Pero ese esfuerzo ha merecido la pena. Hay centros culturales que cierran durante años y, cuando reabren sus puertas, casi nadie recuerda lo que fueron o lo que ahora quieren ser.
El segundo motivo tiene que ver con la mezcla del arte contemporáneo con el antiguo. Cada museo es hijo de su tiempo, pero si el Bellas Artes de Bilbao se precia de abarcar desde las tendencias clásicas a las más actuales, la exhibición de las piezas puede resultar todo un reto.
Y a la vista de las exposiciones en curso, he de decir que esa alternancia entre arte antiguo y contemporáneo en las mismas salas resulta fresca y atractiva. Es lo que vemos tanto en las muestras de la familia Arango, como en la de Patricia Phelps de Cisneros con la instalación de Asier Mendizabal, y también en los nuevos espacios.
Finalmente, la tercera razón ha sido recuperar el espíritu fundacional de la institución: su apuesta por el coleccionismo. Desde sus inicios, el museo bilbaíno consiguió que la sociedad industrial vizcaína sintiera como propia aquella institución. Las importantes donaciones, adquisiciones y legados que ha recibido desde entonces han dado continuidad a aquel impulso inicial.
A eso le sumamos los actuales préstamos extraordinarios: el Bodegón de San Diego de Sánchez Cotán, la Niña de Velázquez de la Hispanic de Nueva York, el Bodegón de nueces de Pereda de los Achúcarro, o las esculturas contemporáneas de Anthony Caro: Toronto flats; Low line flats –donadas ambas por la familia Foster–, y África(perteneciente a la Colección Arango). Por no hablar de Pila de libros Safo (Sappho), la escultura de Anselm Kiefer donada también por los Foster.
Hay que reconocer que el Museo de Bellas Artes es algo más que el museo de Bilbao. Un lugar donde las instituciones, empresas, particulares y, cada vez más admiradores internacionales, quieren estar y colaborar con él. El Parque de Doña Casilda Iturrizar, pulmón verde en el centro de la ciudad, se encarga del resto: no solo hemos recuperado una de las pinacotecas más importantes de España, sino un entorno –jardines, estanques y paseos– que volverán a poner de moda a una de las zonas más visitadas de Bilbao.


