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El mundo de Disney en CaixaForum Madrid


El arte de contar historias ha ejercido una gran fascinación desde la antigüedad para millones de personas porque son experiencias compartidas, espacios de ficción y sueño, que normalmente terminan convirtiéndose en los hilos narrativos que conforman nuestro tejido cultural y social. La oralidad, la literatura y desde hace más de un siglo el cine han sido los vehículos por excelencia para contar historias. Elisa Durán, directora general adjunta de la Fundación Bancaria ‘la Caixa’, y Mary Walsh, directora de la Walt Disney Animation Research Library y comisaria han presentado en CaixaForum Madrid la exposición Disney. El arte de contar historias, que continúa la apuesta que ha hecho por el cine la Fundación ‘la Caixa’ con retrospectivas dedicadas a Chaplin, Fellini, Mèliés o en Arte y cinc. 120 años de intercambios, entre otras.

La exposición, que se podrá ver hasta el 4 de noviembre, dedicada al universo de Walt Disney (Chicago, 1901-Burbank, California, 1966) reúne 215 piezas entre dibujos, pinturas, impresiones digitales, guiones y storyboards, además de algunas películas, desde la primera de ella, Los tres cerditos, hasta Frozen, 2013. Talento y trabajo colaborativo que durante 80 años han creado numerosas obras maestras, bien como cortometrajes o largometrajes, que han emocionado a varias generaciones de todo el mundo. Muchas de esas películas se convirtieron en auténticas piezas  universales de animación, a la búsqueda constante de sensibilidad y belleza, que no solo se han dirigido a niños y jóvenes sino a públicos de cualquier edad en un diálogo intergeneracional.

La muestra se estructura en cinco secciones, que responden en cierto modo a la esencia de Walt Disney, nacido en Chicago y que a los siete años ya vendía sus bocetos a sus vecinos. Tras la Primera Guerra Mundial, ya en Kansas City este genio comenzó su carrera como dibujante de viñetas publicitarias, que más tarde perfeccionó al combinar imágenes reales y de animación. Unos años después se trasladó a Hollywood, y junto a su hermano fundó el estudio que revolucionaría la narrativa visual y un nuevo modo de entretenimiento cultural. Tras unos intentos de elaborar los primeros dibujos animados, en los que sincronizó imagen y sonido, en 1932 introdujo el sistema technicolor en el corte Flores y árboles, y un año más tarde su primera película Los tres cerditos. Cuatro años más tarde estrenaría el musical Blancanieves y los siete enanitos. 

 

La primera sección de la exposición está dedicada a los mitos, esas historias cargadas de simbolismo en los que dioses, héroes y seres sobrehumanos, muchos de ellos transmitidos de forma oral desde la antigüedad y luego transcritos en publicaciones, sirvieron al equipo de Disney de inspiración para trasladar visualmente, adaptándolas a los espectadores del siglo XX y de las primera décadas del XXI, historias que forman parte de la memoria colectiva.

Desde Fantasía (1940), en la que se citan los centauros, los faunos y todo ese mundo bucólico de los escritos de Virgilio en la Eneida, pero también dioses como Zeus o Apolo, que reflejan una parte importante de la mitología grecorromana acompañada de la Sexta Sinfonía de Beethoven hasta Hércules (1997). hijo de Zeus y de la mortal Alcmena, que respetando la narración clásica llegaron a conferir un tono de comedia épica, sin olvidar La diosa de la primavera (1934) y El rey Midas (1935).

En la segunda parte de la muestra, dedicada a las fábulas, vemos cómo la factoría Disney hizo un ejercicio de sencillez para mostrarnos a animales que hablan como si fueran seres humanos, siempre con el objetivo de comunicar una moraleja o reflexión final sobre las debilidades y fortalezas de la naturaleza humana, a través de personajes atractivos y amenos en varias de las películas de Disney.

Todas esos filmes  y cortos se hicieron en la década de los años 30, desde Los tres cerditos (1933), que resalta la virtud que inspira una persona práctica y trabajadora, hasta Lo mejor de Donald y El sastrecillo valiente, ambas de 1938, que apela a la conciencia y a la confianza en uno mismo, respectivamente, sin olvidar historias tan potentes como El saltamontes y la hormigas (1934), que apela a la perseverancia inspirado en la fábula de Esopo, y La liebre y la tortuga (1935) que lo hace a través del conocido dicho: “sin pausa pero sin prisas se gana la carrera”.

El ecuador del recorrido se centra en las leyendas, esas historias tradicionales que han llegado hasta nuestros días a través del tiempo, y donde volvemos a encontrar héroes y heroínas haciendo hazañas extraordinarias. La factoría Disney supo adaptar estas historias para el cine, desde El Flautista de Hamelin (1933), que parte de un conocido cuento de los hermanos Grimm, al narrar la leyenda sajona del siglo XII en la que un hombre sin nombre hizo un trato con la ciudad alemana de Hamelin para acabar con una plaga de ratas tocando la flauta, consiguiendo que estos roedores le sigan y se ahoguen en el río. Con su música conseguía atraer a los niños y niñas con la embriaguez que producía el sonido de su flauta.

A esa película le siguió Merlín el Encantador (1963), que seguía la estela de la leyenda artúrica, con los testimonios escritos del siglo IX, porque la literatura europea siempre le interesó a Walt Disney; y diez años más tarde con la leyenda de Robin Hood en los bosques de Sherwood, que fue proscrito por el sheriff de Nottingham por considerar los actos de Robin como robos. Hubo una cierta  originalidad al convertir a los compañeros de Robin en personajes antropomórficos con comportamientos humanos que permitían perpetuar el halo de leyenda que rodeaba a estos protagonistas.

La cuarta sección, Tall Tales, Los cuentos norteamericanos, casi siempre son historias exageradas  sintetizaban la conquista del Oeste. Son personajes con cualidades de los pioneros, que perseveraban hasta conseguir lo que querían y, en cierto modo, mostraban la esencia del espíritu norteamericano. A finales de los años 40, el equipo liderado por Disney realizó dos películas que tenían como objetivo reinterpretar la historia de finales del siglo XIX como en Tiempo de Melodía, tanto La leyenda de Juanito Manzanas, un hombre que en la penúltima década del siglo XIX se dedicó a plantar semillas de manzano y diseminar la palabra de Dios; y Pecos Bill, la historia de un niño perdido durante una travesía y que vivió entre coyotes hasta que un vaquero lo consiguió  reinsertar en la sociedad. Y por último, ya en el año 2000 a John Henry, un ferroviario de color que trabajó duro para demostrar la fuerza del hombre por encima de la máquina.

Por último, las historias que giran en torno a los cuentos de hadas: príncipes, princesas, trols, sirenas o brujas, y donde el estudio Disney supo adaptar estas narraciones inmortales de diferentes tradiciones culturales para apelar a las emociones. Blancanieves y los siete enanitos, primer largometraje de animación estrenado en 1937 por Walt Disney hizo más accesible el cuento de los hermanos Grimm. Y a partir de ahí otros hitos como La bella durmiente (1959), una historia que forma parte de la tradición oral y escrita europea, aunque la versión de Perrault ayudara a difundir todavía más esa historia, algo que también hizo que se innovara con la película al reducir el número de hadas y donde a Maléfica se le dotó de mayor protagonismo. Treinta años más tarde, con La sirenita, el equipo Disney optó por musicalizar la versión del cuento de Andersen, algo que también se hizo en Fantasía 2000, mientras que en Frozen. El reino del hielo, realizado en 2013, también inspirado en un cuento de Andersen basado en la fuerza del amor, que hizo que las imágenes y la música tuvieran un gran impacto para los espectadores, porque como dijo Elisa Durán durante la presentación este universo “es un juego entre lo imaginario y lo real” y en ello ahondó Mary Walsh, ya que la búsqueda de la calidad también tenía como objetivo tocar los corazones de los millones de personas que veían sus películas. Julián H. Miranda

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