Un huevo de invierno de Fabergé cargado de secretos se remata por 26 millones
La joya, que fue un regalo del zar Nicolás II a su madre, ha triplicado el récord de venta anterior de una pieza de este tipo y viene a sumarse al resto de marcas mundiales de las últimas semanas: Kahlo y Lalanne, entre ellas.
Normalmente, durante las navidades nos volvemos más flexibles con el despilfarro (cada uno al nivel de su poder adquisitivo). Quizá por eso, con el impulso de hacer un regalo espléndido, uno de los pocos huevos de Fabergé que quedaba en manos privadas se remató en subasta el pasado 2 de diciembre por un precio de récord.
Fue en la sede londinense de Christie’s, donde el conocido como Huevo de invierno se remató por 22,89 millones de libras, lo que al cambio serían unos 26 millones de euros. Supera así con mucho la anterior marca alcanzada por una de estas piezas, que databa de 2007 y se encontraba cifrada en nueve millones de euros.
Este remate demuestra el entusiasmo e ilusión con que los coleccionistas acaban el último mes del año, tras unos días en los que ha habido otras piezas que han disparado su precio, como la pintura de Frida Kahlo.
De los 69 huevos que fabricó Fabergé entre 1885 y el inicio de la Revolución Rusa, solo se conservan 61. Además, no todos fueron fabricados para la familia imperial rusa, solo 50 de ellos (de los cuales solo se conservan 41). De hecho, el que hasta ahora ostentaba el récord de precios no era una de las joyas fabricadas para los zares, sino el conocido como Huevo Rothschild, que se vendió por 9 millones de euros.
El Huevo de invierno subastado en Londres es uno de los más excepcionales por su técnica y estética, así como uno de los más costosos ya en origen. Se trata de una pieza tallada en cristal de roca y cubierta por 4.500 diamantes de talla rosa montados en platino que forman múltiples copos de nieve. El resultado fue una joya que recuerda al fulgor del hielo y que esconde secretos aún más valiosos en su interior. Contiene un ramo de tallos de alambres de oro, de los que emergen anémonas de cuarzo blanco que simbolizan el nacimiento de la vida tras la época más fría del año.
Fue diseñada por una de las pocas mujeres que trabajaba en Fabergé, Alma Theresia Phil, quien recibió el imponente encargo a los 23 años, sumando otro pequeño detalle que lo hace aún más especial. Por supuesto, la poca cantidad de estas piezas que se conservan actualmente, y más aún si hablamos de manos privadas, es otro de ellos.
Pero además de por su pericia, la joya es también relevante por su emocionante historia. El zar Nicolás II lo encargó a la casa joyera para regalárselo a su madre, María Feodorovna, en 1913. Continuaba así con la tradición establecida por Alejandro III, quien comenzó a regalar estas peculiares piezas con motivo de la pascua ortodoxa, la fiesta más importante de su calendario. Aquel año Nicolás obsequió con un ejemplar a su esposa y otro a su madre, sin que ninguno de los miembros de la familia imperial pudiera imaginar que, cinco años después, se produciría en Rusia una revolución que acabaría no solo con su reinado, sino con la vida de todos ellos.
El gobierno soviético que les sustituyó en el poder se encargó de vender varias de las joyas más valiosas de los Romanov, entre las que se encontraba este Huevo de invierno, algo que seguramente propició su conservación. El comprador de entonces fue un joyero londinense. Posteriormente, la pieza pasó por varias colecciones privadas también británicas, hasta que se le perdió la pista en 1975.
Finalmente, reapareció en 1994 en una subasta en Christie’s, cuando se remató 4,7 millones. Ya a principios del siglo XXI, en 2002, volvió a salir a la venta, alcanzando esta vez los siete millones de euros que pagó el príncipe de Qatar y entonces ministro de Cultura, Saud bin Muhammad Al Thani. Un precio irrisorio en comparación con el que ha conseguido ahora.
Es muy probable que la valiosa joya diseñada por el orfebre Carl Fabergé recupere su naturaleza original, la de ser un regalo, y consiga deshacerse así de la trágica historia que la acompaña.
Pero, ¿cuál será su nuevo destino, tras haber pertenecido a la madre del zar, haber pasado por manos soviéticas, británicas y cataríes? ¿Será una ofrenda de Navidad que recuerde que las flores volverán a crecer en primavera? Y, sobre todo, viendo su histórico ascenso monetario: ¿Cuál será el precio que alcance si vuelve a subastarse en algún momento? Sofía Guardiola


