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El cuerpo como hilo conductor de Miriam Kahn en el Reina Sofía


La artista suiza Miriam Cahn (Basilea, 1949) tras su primera exposición en la sala La Caixa de Serrano, celebrada en 2003 con motivo de que Suiza fuera el país invitado de ARCO 2003, presenta ahora en el Museo Reina Sofía de Madrid una gran retrospectiva  titulada Miriam Kahn, todo es igualmente importante, que reúne una selección de obras de diferentes formatos y disciplinas, que abarcan desde mediados de los años 70 hasta la actualidad. Comisariada por Ana Ara y Fernando López, este conjunto de dibujos, pinturas, esculturas, perfomances o videos, continúa siendo fiel a los grandes temas cotidianos y políticos que caracterizan su trayectoria plástica desde hace cuatro décadas. El cuerpo se erige como hilo conductor, bien sean las manos, las piernas, la cabeza y todo el conjunto que le sirven para expresar un núcleo que oscila entre lo personal y lo político, el feminismo, la sexualidad, la violencia, la guerra o la inmigración, entre otras preocupaciones que le han ocupado desde que comenzó su andadura artística.

En la presentación de la exposición, el director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja Villel dijo que todo el recorrido de la exposición revela la vulnerabilidad del ser humano y está impregnada de la gestualidad del cuerpo. Por su parte la artista suiza, durante una visita con los medios, fue desgranando los principales hitos de la exposición donde cobran especial importancia el drama de la inmigración, muchas veces huyendo de la guerra y la miseria y afirmó que la guerra de los Balcanes le produjo una fuerte conmoción y eso también tiene un influjo en muchas de sus obras, especialmente en salas donde algunas mujeres se tapan la cara ante el horror de la guerra.

Hay varios aspectos que llaman la atención al recorrer la muestra. Uno de ellos es la variedad y la capacidad polifacética de Miriam Kahn para dibujar, pintar, fotografiar, tomar imágenes de video, siempre con el cuerpo como impulsor de su tarea de artista; y otro el montaje de la exposición, que se articula en torno a temas, más o menos expuestos cronológicamente, excepto la última sala que se ha reservado a sus obras de juventud: una serie de dibujos sobre papel con esas formas figurativas de rostros, pero donde ya estaban incipientes muchos de los ejes de su producción futura. Ella misma comentó que esta sala simboliza “el final del principio”, en los que encontramos un componente sexual presente en muchas de sus obras. El dibujo nunca lo ha abandonado aunque haya cultivado la pintura al óleo y otras técnicas como el uso del carboncillo, tan frecuente en muchas de sus composiciones. Además el reloj biológico y las limitaciones que el paso del tiempo tiene en su cuerpo ha condicionado el modo de dibujar y pintar, antes lo hacía en el suelo y ahora pinta verticalmente. Es una innovación constante debido a las limitaciones que el cuerpo le ofrece.

El uso cromático también va variando, dependiendo de los temas y del momento en que fueron dibujados o pintados, así como la escala de los formatos. Alterna los negros profundos y los grises con los colores luminosos, con los tres colores primarios, como en esa sala de acuarelas de gran belleza, que a veces se junta con la violencia de lo que produce una bomba atómica. Muchos de sus seres y animales están colocados para que los espectadores de sus obras puedan confrontarlas a su altura, lo que implica una interacción constante en la que todos nos sentimos interpelados por la propuesta de Miriam Kahn, que se mueve en una reflexión sobre lo racional y la intuición, el pensamiento frente al sentimiento, y el sujeto frente al objeto, para mostrar la teoría de los contrarios.

Miriam Cahn se implica mucho en el montaje de sus exposiciones porque para ella el concepto es “una forma biográfica de ver el mundo”, un relato en el que narra parte de su vida y sus propuestas artísticas. No es baladí que arranque la muestra con ese homenaje a Gustave Courbet en su conocido cuadro El origen del mundo, con esa mujer desnuda tumbada, que Miriam Kahn interpreta y le pone cara con un colorido particular, y donde también incluye fotografías, dibujos al carboncillo y óleos. Casi todos cuerpos desnudos masculinos y femeninos, que enfatiza con los órganos sexuales, pero también con las casas (el hogar), los árboles o las camas denotan un universo propio.

Aunque conoce bien las obras del pasado y la huella que dejó Picasso en el siglo XX a Miriam Cahn le interesa crear desde el presente. Y por ello, en esa escritura del cuerpo encontramos una estancia en la que bien en el suelo o en las paredes observamos algunas de las piezas más actuales, que son pinturas de gran tamaño de distintos colores, sin figuras ni objetos, intercaladas  con paisajes, animales o cuerpos humanos y cuadros más pequeños con una sucesión de rostros y que hacer referencia entre otros, a sus temas de siempre.

La primera de sus Räume (habitación) dedicada a La familia ocupa otra sala. Son lienzos al óleo de diferentes tamaños en la que Cahn dibuja a sus padres y hermanos y a ella misma, figuras desnudas, representando también las relaciones que se establecen entre ellos.

Casi a la mitad de la retrospectiva encontramos tres vitrinas en las que están expuestos varios cuadernos de dibujos tempranos, de comienzos de los años 80, en los que late el compromiso feminista de Miriam Kahn, obligando a que el espectador se esfuerce al contemplar las formas sugeridas. Más allá, su homenaje a Sarajevo, una serie de dibujos pequeños, hechos con tiza, lápiz, carboncillo, cera y pigmentos que coinciden en el tiempo con la Guerra de los Balcanes y que Cahn vivió profusamente en imágenes a través de la televisión pero cuya cercanía (se trataba de la primera guerra en Europa tras la caída del muro y el fin de la Guerra Fría) reconecta con la memoria familiar e influye en su modo de abordar un tema –el de la guerra– presente en su trabajo desde inicios de los años 80. También vemos maletas, carros, que evocan la fugacidad y la vulnerabilidad que siente el ser humano en los conflictos armados como víctimas de los mismos, sin dejar de mencionar ese guiño a Picasso y la guerra civil en esa serie de Mujeres llorando.

Más adelante vemos una instalación El amor salvaje, a base de grandes lienzos de papel con dibujos de creta y carbón pintados con los dedos que representan figuras humanas, de mujeres y niños, con rasgos primitivos y difuminados, pero con rostros y ojos de aspecto impactante y otros dos dibujos con el motivo de la casa y la cama. El conjunto se completa con esculturas de plastilina y un vídeo performativo en el que se ve a la artista modelando la plastilina.

En la penúltima sala llama la atención su representación de la violencia, un tema constante para Miriam Cahn, visible en la reproducción en blanco y negro de una serie de pequeñas pinturas al óleo en color, realizadas entre 1989 y 1991, que representan vistas aéreas de zonas de muerte o de peligro, como el complejo de Auschwitz, una fábrica química o una central nuclear. En la serie de 1987, titulada Bombas atómicas, paradójicamente aparece la belleza en esas acuarelas sobre papel, que pintó como reacción al desastre nuclear de Chernóbil. Así como en Dormir, pinturas realizadas diez años más tarde encontramos 13 obras que representan cuerpos recostados que evocan el sueño y la muerte.

Y la última sala con los trabajos tempranos de la artista suiza, una serie de dibujos performativos que hacía en el suelo, arrodillada o sentada sobre grandes hojas de papel, en ocasiones con los ojos cerrados o la mano izquierda. Pero no sólo pintaba en el interior, también intervenía en el exterior: en las paredes y columnas del puente Alma en París o en los muros de la Nordtangente, una autopista en construcción a la que se oponía, a los que se unen dibujos sobre escritura y lectura a los que acompañó con una pieza de música. Julián H. Miranda

  • Hasta el 14 de octubre de 2019
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