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El año de Magritte

Bruselas y toda Bélgica se han vestido de surrealismo para celebrar los 50 años de la muerte del pintor Rene Magritte. Exposiciones, conciertos y recorridos turísticos por la capital belga. Incluso el Atomium dedica una de sus bolas al artista. Todo un año que comenzó el pasado lunes con la exposición más importante.


René François Ghislain Magritte fue un pintor surrealista belga conocido por sus ingeniosas y provocativas imágenes que, procedentes del surrealismo, acabaron tiñendo toda su obra de un realismo mágico que resulta enormemente atractivo para cualquier público.

Hijo de un comerciante de telas y de una madre depresiva, recibió sus primeras lecciones de dibujo en 1910. En 1912 su madre se suicidó y Magritte, que entonces tenía 13 años, quedó profundamente marcado por el suceso durante toda su vida. Entre 1916 y 1918, estudió en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, lugar de visita obligada durante este año Magritte. Y aunque sus primeras obras muestran influencias del cubismo, orfismo, y futurismo, la contemplación en 1922 de una reproducción de Giorgio de Chirico le hizo cambiar de estilo y técnica. Otra fecha clave de su biografía fue su matrimonio ese mismo año con Georgette Berger, amiga de su juventud y modelo para muchas de sus obras.

En 1927 se fue a París, donde contactó con los surrealistas. Dos años después ya estaba de vuelta en Bruselas, donde vivió hasta el final de su vida. Su casa de la reu Esseghemstraat es otro de los lugares de peregrinación de este singular año, pues conserva muchos de los recuerdos personales de su larga vida, e incluye algunas reproducciones de obras destruidas durante los bombardeos de la Guerra Mundial en Londres. Sus muebles originales y el jardín donde se retrató numerosas veces dan al lugar a ese aire mágico que respiran sus cuadros.

Esa magia es lo que hace de Magritte un surrealista singular; la utilización de imágenes ambiguas y el juego que establece entre las palabras y su significado, poniendo en cuestión la relación entre un objeto pintado y uno real. Ese realismo mágico se plasma también en escritos como La perfidia de las imágenes (1928-1929) donde pinta una pipa, y debajo, con igual precisión, pone la leyenda Ceci n’est pas une pipe –Esto no es una pipa–, cuestionando la misma realidad pictórica que vemos. Esta singular obra, prestada por Los Angeles County Museum of Art, es una de las estrellas de la exposición que se inauguró el pasado lunes en el Musées royaux des Beaux-Arts de Belgique y que concluirá en febrero del próximo año. Titulada Magritte, Broodthaers & Contemporany Art pone en relación la obra del pintor con otras piezas de su amigo y contemporáneo Marcel Broodthaers e incluso con interpretaciones de su obra por artistas pop como Keith Haring.

No interfiere esta muestra con la que habitualmente se exhibe en el vecino Museo Magritte. Inaugurado en 2009, no solo es uno de los museos más atractivos de Bélgica sino que posee un especial interés para un público de todas las edades. Y hablando de todas las edades, el renovado Atomium ha dedicado una de sus bolas a recrear una serie de pinturas del artista donde los niños pueden entrar, fotografiarse, tocarlas o jugar.

El interés de estas muestras es que incluyen algunas de sus obras procedentes de las exposiciones en Nueva York, París, Ginebra, Dallas y Houston. Aquel viaje por Estados Unidos en 1965 fue el canto del cisne. Moriría dos años después en la ciudad que ahora le rinde un sonoro homenaje. Pero no es solo la ciudad. Si viaja en Brussels Airlines puede tocarle sentarse en el tuneado avión Magritte. Todo respira con el aroma de sus nubes y luces mágicas, paloma que son plantas o águilas que parecen montañas. Un bombín y un no-rostro que van a dar mucho que hablar. Fernando Rayón

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