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El amanecer de la vanguardia en Rusia

El Museo Barberini acaba de inaugurar una exposición en torno al Impresionismo desarrollado por los artistas rusos hacia finales del siglo XIX, tras viajar a París y verse influenciados por la pintura al aire libre. Cerca de 80 obras muestran los inicios vanguardistas de Malevich, Kandinsky o Goncharova, entre otros, llamados a crear su propia revolución pictórica.


“Cuando Kandinsky vio por primera vez una pintura de la serie Almiares de Claude Monet en una exposición en Moscú en 1896 observó una imagen compuesta de colores brillantes, pero no pudo reconocer ningún objeto en particular. Esta inquietante experiencia le llevó a renunciar al figurativismo e inspiró su desarrollo artístico hacia la pintura no representativa”, explica Ortrud Westheider, director del Museo Barberini.

Esta anécdota es solo una pequeña pieza en el mosaico de la compleja relación establecida entre el Impresionismo francés y el arte ruso durante el periodo comprendido entre 1860 y 1925. Porque los impresionistas no solo cambiaron la forma de concebir la obra de arte de Kandinsky, también fueron un revulsivo para otros muchos creadores rusos, que más adelante evolucionarían hacia el rayonismo, el cubofuturismo o el suprematismo.

Impresionismo en Rusia: el amanecer de las vanguardias muestra en el museo de Postdam cómo fueron esas influencias de la pintura francesa en Rusia, tema poco estudiado hasta la fecha. Cerca de 80 obras componen la exposición, en la que participan Ilia Repin, Kazimir Malevich, Konstantin Alekseevich Korovin, Mikhail Fedorovich Larionov o Natalia Goncharova, entre otros. 

Muchos de ellos fueron maestros de la vanguardia rusa, sin embargo antes aprendieron de los autores galos que habían modernizado la pintura europea en el último tercio del siglo XIX. Artistas como Monet o Renoir, quienes sacaron el caballete a la calle para captar con mayor detalle los matices lumínicos de amaneceres, puentes o paisajes, así como de la vida cotidiana urbanita.

Y es que París fue el principal destino de los artistas rusos desde la década de 1860. Como el resto de europeos, los creadores procedentes de las academias de Moscú y San Petersburgo también acudieron a la capital gala para vivir desde dentro el nacimiento de la vanguardia y participar de esa pintura moderna que se estaba gestando entonces. Más adelante, una segunda generación de creadores rusos viajó a esta misma ciudad para familiarizarse con el posimpresionismo y el fauvismo.

Por eso cuando Vasily Dmitrievich Polenov e Isaak Ilich Levitan regresaron a su país de origen, reprodujeron los géneros y estilos aprendidos en Francia. Liberados de las reglas académicas típicas del realismo local, estos y otros autores practicaron entonces una pintura más espontánea, libre y dinámica.

Buscaron representar la fugacidad de las luces eléctricas, los escaparates y los bulevares modernos; una iluminación nocturna que fascinó especialmente a Korovin y Tarkhoff. Por su parte Repin, Polenov y sus alumnos popularizaron el paisaje, un género poco habitual hasta ese momento. Ahora que el color se había liberado, los pintores encontraron la energía para representar el dinamismo, ese que luego encontraría su estilo propio en movimientos rusos como el constructivismo o el suprematismo.

La exposición podrá visitarse en el Museo Barberini hasta el 9 de junio de 2022.

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